RELATOS Y MITOS


De la guerra de cifras a la de términos

En la segunda mitad del siglo XIX, inmersa en una discusión entre la comunidad científica y los políticos sobre la utilización de las estadísticas, se presentó en Europa, y en especial en Bélgica, una verdadera guerra de cifras entre los defensores del modelo reglamentarista para la prostitución y los que buscaban la abolición de cualquier regulación, y de la actividad misma [1]. Ambas partes hacían ingentes esfuerzos por defender lo que mejor se adaptaba a sus principios y objetivos políticos con armas que iban desde los discursos falaces hasta la franca manipulación de los datos [2].

Siglo y medio más tarde, cuando cerca de 30 países con amplio consenso legal buscan adoptar una constitución común, alrededor de la prostitución persiste, con síntomas de haberse polarizado, el ancestral debate entre quienes buscan legalizar el fenómeno y quienes pretenden abolirlo. La guerra de cifras se ha transformado en una guerra de términos -en realidad dos monólogos- en la que cada una de las partes defiende su léxico, su agenda y sus principios con escasa atención a los argumentos de la otra.

En la literatura contemporánea sobre prostitución se pueden distinguir varias vertientes. La primera, políticamente comprometida, está constituida por sectores activos del feminismo. La segunda es el periodismo, tanto de investigación como sensacionalista. La tercera está compuesta por etnografías, testimonios y autobiografías de prostitutas. Enfrentadas entre abolición y legalización, estas tres vertientes se alían y retroalimentan para promover cambios legislativos. De manera sorprendente, dado que se trata de un debate más que centenario, no son comunes en esta controversia las referencias a una rica serie de trabajos de historia de la prostitución. También brillan por su ausencia en el debate los estudios cuantitativos, que pongan en perspectiva los testimonios, las historias de vida y las investigaciones periodísticas  puntuales. En particular, se sigue ignorando un importante volumen de trabajos realizados en el área de la salud pública en casi todos los lugares en los que el fenómeno es relevante.  

Tampoco abundan los esfuerzos de tipo conceptual o teórico que ayuden a entender, con herramientas distintas al feminismo combativo y al materialismo histórico trasnochado, lo que sigue siendo un misterio: por qué, en cualquier sociedad, en todas las épocas, bajo un mismo escenario económico, social, legal, religioso, cultural y patriarcal unas personas -una baja proporción- venden sexo y otras no. Ante este desafío, también sorprende el aislamiento al que han sido sometidas dos valiosas fuentes de reflexión sobre el comercio sexual: los novelistas y los análisis con minucioso trabajo de campo realizados por médicos europeos en el siglo XIX y que en varias dimensiones mantienen relevancia.

La pobreza conceptual y teórica progresivamente impuesta es tal que se ha llegado, en buena parte de la legislación, a un cúmulo inconcebible de inconsistencias y a una caricatura de la prostituta ajena a cualquier descripción razonable del ser humano, e inconsistente con el grueso de la evidencia disponible. Un síntoma revelador de estas deficiencias es que para los curiosos del fenómeno del sexo pago, para quienes aún tienen más interrogantes que respuestas nítidas y contundentes, se siguen reeditando y vendiendo tanto las novelas clásicas sobre prostitutas como, difícil creerlo, trabajos de los médicos higienistas del siglo XIX [3].

Con algo de perspectiva, y simplificando el debate, se podría decir que el activismo se ha centrado en los dos extremos de lo que en realidad es un continuo de situaciones bajo las cuales se puede dar la venta de servicios sexuales. En la actualidad, dependiendo del lugar, existe evidencia de sexo venal por parte de personas tanto secuestradas, como coercionadas, como engañadas, como empujadas por sus familiares o amigos, como seducidas y abandonadas, como demandantes de servicios de traficantes, como totalmente voluntarias.

Cabe anotar que basta un mínimo de vocación por lo empírico para sentirse mejor identificado con el ala más liberal y pragmática del debate. La fracción abolicionista, más dogmática, es responsable de alimentar los mitos más protuberantes y de algunas propuestas casi alucinantes. En el sólo terreno del léxico, Coalition Against Trafficking in Women (CATW), por ejemplo, ha propuesto que tráfico de mujeres y prostitución se conviertan en sinónimos [4].

El irrespeto con los números

La lectura de algunos reportajes de prensa, o de los trabajos que promueven la abolición, deja a veces la impresión que el diagnóstico sistemático y riguroso basado en la observación y el trabajo de campo de calidad se considera ya irrelevante e inocuo. Desafortunadamente, no sólo los grandes interrogantes alrededor del fenómeno siguen abiertos sino que la discusión se ha hecho cada vez más opaca, dogmática y fundamentalista. Para desgracia de la prostitución, no sólo como tema de discusión académica e intelectual, sino como asunto que requiere un mínimo de comprensión si se pretende legislar sobre él, el ala más activa ha sido colonizada por una extraña mezcla de herencias del cristianismo, del puritanismo, del materialismo histórico y de vertientes radicales del feminismo.

Un síntoma evidente del retroceso en el diagnóstico tiene que ver con que se logró sacarlo de su verdadero ámbito –el de la sexualidad- para tratar de acomodarlo en otros -como el laboral, los conflictos de género, la delincuencia transnacional o los derechos humanos- que lo atañen pero están lejos de constituir su esencia. Por esa razón, la legislación que se debate no parece ser la más relevante y, simultáneamente, se han ignorado las políticas más pertinentes.

Una de las más serias limitaciones de los trabajos contemporáneos sobre prostitución es la carencia de elementos que permitan tener una idea, siquiera aproximada, sobre la magnitud, la geografía, la dinámica y las principales características del fenómeno. Para tratar de compensar la absoluta falta de cifras –un requisito de seriedad de cualquier publicación oficial- no hay objeción en recurrir a las estadísticas de lo que con mucho acierto Laura Agustín (2008) denomina la Industria del Rescate. Un buen ejemplo en ese sentido es un estudio sobre “Trata de Personas en Colombia” en el cual las dos únicas gráficas son la “Localización (por departamentos) de ONGs que brindan asistencia a víctimas de la trata” y las “Fuentes de Financiación de las ONG”. En el correspondiente a los Estados Unidos la perspectiva es más global. Se muestran el número de programas y el número de países a los que, entre el 2001 y el 2004 se dirigieron los recursos norteamericanos contra la trata de personas [5].

Fuera de la falta de información confiable, una carencia del diagnóstico actual, consecuencia directa de su alta politización, es el manejo poco riguroso que se le da a la escasa evidencia disponible. Se puede llegar a añorar la época del reglamentarismo, hace más de un siglo cuando, por lo menos, y a pesar de la fuerte influencia de los prejuicios morales –que aún persisten- se discutía sobre evidencia más sólida.

En la que pretende ser una de las mayores compilaciones sistemáticas de información sobre el tráfico de mujeres para explotación sexual a nivel mundial [6], no sólo se reconoce el problema de la enorme inconsistencia entre las cifras de diversas fuentes sino que se abandona la pretensión de buscar cierta coherencia o evaluar la calidad de las variadas estadísticas. Este obstáculo, sin embargo, no impide que se aventuren cifras oficiales de casi cualquier magnitud tanto sobre el número de personas envueltas en la actividad como sobre la dimensión del negocio. “El tráfico de mujeres y niñas con propósitos de explotación sexual es un mercado oscuro valorado en siete mil millones de dólares al año ... Es difícil saber cuantas mujeres han sido traficadas para explotación sexual ... Las cifras exactas no se conocen pero las agencias internacionales y oficinas gubernamentales estiman que cada año más de un millón de mujeres y niñas son víctimas del tráfico para explotación sexual” [7].

En las investigaciones periodísticas realizadas por medios supuestamente serios, como el Time,  también se han aventurado cifras que desafían la razón, como que en Tailandia había, a principios de los años noventa, dos millones de prostitutas [8]. Esta misma cifra hizo carrera en publicaciones de divulgación, en las que se atribuye a estimativos oficiales [9]. En Marzo de 1994, los Estados Unidos situaban a Tailandia en el primer lugar de la lista de los países acusados de violar los derechos de las mujeres y los niños y el Secretario de Estado norteamericano estimaba en 800 mil las mujeres menores de 18 años explotadas por los traficantes de sexo [10]. De acuerdo con varias estimaciones realizadas en ese país, la cifra más razonable para el total de prostitutas parece ser doscientas mil, o sea la décima parte de la lanzada por la prestigiosa revista; y la de menores involucradas en el negocio, de 30 o 40 mil, o sea una veinteava parte del dato oficial norteamericano. Una anécota de una investigadora sobre estos datos es ilustrativa. “Una periodista me llamó y me pidió que le confirmara algunas estadísticas sobre prostitución y prostitución infantil en Tailandia. La afirmación que ella quería que yo comentara es que Tailandia tiene 2 millones de prostitutas, 800 mil de las cuales son menores. Le dije, primero, que esas estadísticas no existían. Como la prostitución no es totalmente legal, funciona en parte clandestinamente y ningún investigador es capaz de contar exactamente cuantas prostitutas hay. Segundo, de acuerdo con varios estudios emprendidos en Tailandia, la cifra más confiable sería 200 mil, no dos millones. Y de este número, la niñas prostitutas serían unas 30 o 40 mil. Además, todos estos eran estimativos. “Eso es muy bajo” me dijo casi gritando. Decepcionada, me colgó el teléfono” [11].

A principios de la década, hizo carrera en España la cifra de 300 mil prostitutas “de las que un 70 por ciento procede de países extranjeros y algo menos de la mitad se encuentra en situación ilegal ... según los datos oficiales, el 50 por ciento de estas mujeres son de nacionalidad colombiana, un 10 por ciento proceden de los países del este de Europa y un 6 por ciento son nigerianas” [12]. Con base en algunas cifras del sector salud sobre atención a prostitutas y los datos de inmigrantes por nacionalidades se estimó que una cifra más verosímil para el años 2001 era del orden de 40 mil mujeres, la séptima parte del dato oficial [13]. También sobre España, una estudiante doctoral que hacía trabajo de campo en Marruecos  se enteró en Rabat, por el director de una revista femenina, que en la costa española trabajaban 50 mil prostitutas de lujo marroquíes. Aún para el estimativo total de 300 mil prostitutas, 50 mil en un segmento tan específico parecía poco creíble. La verificación sobre el terreno llevó a la investigadora a la conclusión que las prostitutas marroquíes en España no pasaban de veinte [14].

El rigor y el análisis sistemático de los datos han perdido relevancia para dar paso a opiniones sin respaldo, o a afirmaciones simplemente incorrectas. Parecería que siempre que se mantenga intacto el escenario de un macho que domina mujeres es lícito decir casi cualquier cosa: “el tráfico de mujeres y la prostitución en América Latina se remonta a la época de la conquista cuando los españoles, en cumplimiento de la ley de guerra, tomaban o entregaban  el botín de mujeres al vencedor” [15]. La imprecisión y las argucias no son exclusividad de panfletos marginales. Se encuentran manipulaciones de la evidencia por parte de personas vinculadas a entidades académicamente solventes y de las cuales se esperaría un mínimo de rigor. Un ejemplo revelador lo brinda la directora del Protection Project de la Escuela de Gobierno de  Harvard  quien para ilustrar el problema del tráfico de mujeres recurre a la siguiente metodología: a) Construye, como una amalgama de varios casos reales la historia de Lidia , una joven de 16 años que en algún país de Europa del Este -puede ser cualquiera- es secuestrada, drogada y llevada a algún país industrializado –cualquiera- dónde, al despertarse un hombre le dice “Yo soy tu dueño, tú eres mi propiedad, y trabajarás para mí hasta cuando yo lo desee”. La amenaza con golpearla si trata de escapar y le comunica que tiene una deuda de U$ 35 mil que deberá pagar trabajando en un burdel ofreciendo servicios sexuales a 10 o 20 hombres al día. Lidia se rehúsa, entonces la golpea, la viola y llama a todos sus amigos para que también lo hagan. b) Con base en este dramático collage, procede a la generalización: “Ahora, multiplique la historia de Lidia por cientos de miles y de allí emerge una imagen de la magnitud del problema” [16].

Esta cómoda y poco rigurosa metodología, heredada del relato típico de los medios de comunicación, es recurrente. Se citan unos dos o tres casos reales, los más dramáticos, a partir de los cuales se procede a tomarlos como representativos del fenómeno. De los pocos testimonios particulares con que se ilustra la situación se pasa, con generosa utilización de vocablos como muchos, o la mayoría, a inferir que se trata de lo predominante. Se busca transmitir la sensación que, siendo tan dramáticas las situaciones puntuales que se revelan, las cuantificaciones son irrelevantes y excesivas, serían casi inhumanas.

Classen y Polanía (1998), por ejemplo, para describir la situación de las prostitutas latinoamericanas en los lugares de destino mencionan tres casos, el de Amparo, Patricia y Marta, que fueron sometidas a venderse mediante amenazas, para de allí, sin atenuantes, saltar al escenario típico y representativo. “Cuando las mujeres llegan a los países de destino, en muchos casos les quitan los pasaportes y ellas quedan indocumentadas e indefensas ante la ley del país de destino. Las mujeres tienen que enfrentar violencia y amenazas por parte de los traficantes y los clientes. Muchas son violadas antes de ser obligadas a trabajar en la prostitución ... Muchas mujeres son obligadas a atender todo tipo de clientes, y a veces a tener relaciones sexuales sin preservativo” [17].  Las afirmaciones anteriores se hacen a pesar de que, en el mismo trabajo, se ofrecen testimonios que apuntan en la dirección opuesta. Cuando, por ejemplo, Claudia se pregunta por qué los alemanes prefieren las latinas, de su respuesta es imposible inferir el escenario de violencia y sometimiento que se considera la norma. “Es que tenemos esas ganas de vivir, tenemos como ese calor en la sangre, esas sonrisas que ellos no las tienen, precisamente por ello nos buscan a nosotras. Y nosotras nos vamos al lado más humano. En este trabajo se tiene que utilizar la psicología, porque muchas de nosotras somos sus consejeras” [18]. De acuerdo con un cliente holandés, mencionado en el mismo trabajo, la situación de una relación amigable, no violenta, parece no ser del todo excepcional. “Las dominicanas no se complican tanto la vida ... No son tan codiciosas como las holandesas ... No son tan mezquinas y no andan mirando el reloj. Eso hace que la cosa se realice de una manera más natural. Y también tienen mucho más contacto físico. Eso es muy placentero” [19]. Sería tan arriesgado generalizar a partir del testimonio de Claudia o de lo que opina un cliente holandés, como lo es a partir del de Amparo o Patricia. El primer desafío de un análisis desprevenido es, precisamente, tratar de determinar qué tan representativos son los casos extremos o particulares.

A pesar de que su trabajo, Putas a la fuerza, contiene apenas unos diez testimonios, y que para llegar a estos encontró que “la mayoría de ellas llegan a Europa con la voluntaria decisión de ejercer la prostitución”, Peñalver (2006) no tiene mayor reparo en afirmar que “cada año, miles de jóvenes que han sido secuestradas o engañadas llegan a nuestro país procedentes de Europa, África o Sudamérica” [20].

En ocasiones, se reivindica la falta de datos cuantitativos, como un síntoma saludable de una investigación que se hace sin sesgos neoliberales. “Es parte de la lógica capitalista: contar siempre, cuantificar, no hacerse preguntas sino sobre las realidades con cifras” [21].

El supuesto volumen del negocio

Un elemento recurrente, reflejo de la falta de rigor en el manejo de las cifras, son las supuestas estimaciones sobre el volumen monetario del negocio en varios miles de millones de dólares a nivel mundial. No sorprende que nunca se citen las fuentes de estos cálculos de novela, literalmente imposibles de realizar para un negocio informal, cuando no ilegal y clandestino, y centrado en transacciones en efectivo. Lo que se sabe de los países europeos en donde el negocio está legalizado, como Alemania y Austria, ambos con sofisticados controles a la evasión, es que las autoridades fiscales locales han encontrado tan arduos los estimativos de ingresos de las pocas prostitutas bajo su jurisdicción, que han optado por imponer, a dedo, una especie de renta presuntiva común para hacerlas pagar, a todas, el mismo impuesto fijo. Esto para no bajar más en la escala de los controles trayendo a colación testimonios de proxenetas que mercantil paranoia hacen caja, a diario y a golpes, de su protegida.  “Mi compañero me había pegado la noche anterior con el cinturón y, borracho total, me había dado puñetazos en la cara … ese día estaba ciego porque yo no había logrado ganar las 150.000 pesetas que me exigía todas las noches” [22].

Incluso en el eslabón inicial de la cadena, sin ningún intermediario, el manejo de las cuentas monetarias de la prostitución parece ser, con frecuencia, bastante impreciso. Son recurrentes las alusiones a los ingresos de las prostitutas, no sólo desproporcionados para su nivel educativo, sino mal contabilizados. En un estudio realizado en Medellín entre 500 prostitutas se señala que estas mujeres “demuestran dificultades al cuantificar sus ingresos mensuales” hasta el punto que “no se han considerado atendibles las respuestas que han dado con relación al asunto (del dinero) en el cuestionario” [23]. Algunos testimonios son gráficos sobre este asunto. “Allá (en el Japón) cada ocho días me daban un sobrecito pero nunca supe ni cuanto valía el yen ni cuanto ganaba. Los cambiaba en dólares y nunca me di cuenta del valor del dólar, nunca, nunca. Pero cuando llegué sí, traje unos dólares, tampoco me acuerdo cuánto traje, pero sí traje, como para pasar un mes tomando o más” [24].

A diferencia de otros mercados informales o clandestinos, en los que tiene algún sentido definir el quantum y el precio de lo que se transa, en el del sexo venal las cantidades, las calidades, las condiciones, las tarifas del intercambio están lejos de poderse considerar homogéneas. Para la droga, por ejemplo, que comparte con la prostitución la carcaterística que ni el comprador ni el vendedor tienen interés en registrar su transacción, que se hace en efectivo, hay por lo menos una unidad de peso común y algo que se aproxima a un precio de mercado, del que se conocen las variaciones. Hay también algún tipo de chequeo por el lado del suministro del producto, como el área cultivada, o los decomisos.  En el comercio sexual, y aún haciendo caso omiso del problema básico de conocer los ingresos por período de una prostituta, la variedad de servicios, y de tarifas, hace en la práctica imposible, sin que se conozca la participación relativa de cada segmento, tener una idea siquiera aproximada, y a nivel local, de la magnitud del negocio. A principios de 1998, por ejemplo, los sabuesos del Economist, encontraron que una mujer de Latvia, que trabajaba en un hotel de lujo en Riga, cobraba U$200 por servicio, de donde se podían estimar U$ 5000 al mes. Las gitanas o Ucranianas que trabajaban para camioneros en la autopista entre Praga y Berlín recibían U$ 10 de cada uno. Una call girl londinense, especializada en banqueros de inversión podía obtener U$ 1500 por una noche. Docenas de trabajadoras sexuales de un eros center en Kiel, Alemania, cobraban unos U$ 25 por servicio. Algunas mujeres de los estados del Golfo podían llegar a ganar U$ 12.000 por un servicio con un aristócrata árabe [25].

Una muestra de 347 prostitutas que atienden en locales de características similares en 6 barrios relativamente homogéneos de Bogotá, reportaron en el 2007 como promedio de lo que recibían por cada cada cliente, cifras que variaban entre U$ 4 y U$ 250, o sea una diferencia de uno a sesenta [26]. Al interior de un segmento aún más específico, el de escorts de lujo, en una localidad concreta, Barcelona en el verano de 2008, y dentro de lo que se puede considerar el mismo burdel virtual, un portal web [27], el precio del servicio básico, de una hora,  presentaba, para 134 mujeres, una variación de uno a quince (40€ a 600€) y para los 100 travestis un rango de uno a tres (50€ a 150€). Un 20% de las primeras y un 70% de los segundos no hacían pública su tarifa básica, y cualquier estimación del número de servicios por noche, o por mes, se puede considerar un ejercicio que está tan sólo al alcance de los patrones del portal, quienes de todas maneras ignorarán cualquier servicio extra.

A esta gran variabilidad en la tarifa básica se suman otras. Como la eventual estacionalidad del negocio, “Hay épocas que se trabaja a tope  y otras muy poco. (En Río) cuando empieza el invierno, aumenta la clientela” [28]. O aún más difícil de estimar, la discriminación de precios según el cliente. La evidencia recogida por una etnógrafa francesa sugiere la posibilidad de un cobro de acuerdo con la capacidad económica del demandante,  que se percibe fácilmente. Y depende de cuestiones como, por ejemplo, el tamaño y la marca del vehículo. “Más de una vez he visto personas prostituídas revisar hacia arriba o hacia abajo sus tarifas según el aspecto del vehículo … Una silla de bebé en la parte trasera no deja de conmover a las putas, sobre todo si se trata de hombres y travestis” [29].


Teniendo en cuenta esta gran ignorancia sobre lo más elemental, el producto de la venta de servicios sexuales por parte de una persona en un determinado período, a la que se suma una gran variedad temporal en el ejercicio de la actividad  y, además, una incertidumbre aún mayor sobre el número de personas envueltas en ese comercio, incluso en los países desarrollados, con sistemas estadísticos sofisticados, resultan dudosos, por decir lo menos, los supuestos estimativos de los montos monetarios que mueve la prostitución a escala global. 

El dramatismo como herramienta

La pretensión de lograr importantes cambios legislativos a partir del hábil manejo en los medios de comunicación de unos pocos casos dramáticos tiene un antecedente digno de mención. En el año 1875, la brillante maniobra de un periodista militante, William Thomas Stead, logró convencer a los legisladores ingleses de aumentar la edad de consentimiento sexual de 13 a 16 años. Su campaña sensacionalista contra los devastadores efectos de la prostitución sobre las niñas terminó de manera tan audaz como poco ortodoxa. En primer lugar, logró publicar las declaraciones informales de un oficial de la policía de Londres sobre la forma como las autoridades eran negligentes con la utilización de menores en los burdeles. Luego, por intermedio de una matrona negoció por cinco libras, comprándosela a la madre alcohólica en Navidad, una pequeña de apenas 13 años llamada Eliza. Hizo comprobar que se trataba de una virgen. Con el certificado, logró colocar a la niña en el burdel de Mme Jeffries, en Regent St, que la aceptó sin problemas y en dónde la tranquilizaron con cloroformo para recibir a su primer cliente, que resultó ser el mismo Stead disfrazado. Encerrados, se oyó en el burdel el grito de Eliza que pedía que la salvaran del hombre que había entrado en la habitación. El periodista publicó con lujo de detalles la historia y se las arregló para que la niña saliera de la cruel Inglaterra para instalarse a salvo en Francia. El relato, “The Maiden Tribute of Babylon” hizo furor. Un obispo llegó a declarar que un “verdadero sismo sacudió los fundamentos de Inglaterra”. Las revelaciones del periodista provocaron la ira de la opinión pública. Con la presión de una petición firmada por 400 mil personas los legisladores, algunos de ellos clientes de Mme Jeffries, por fin cedieron y elevaron la edad de consentimiento sexual a 16 años. La ironía es que la justicia inglesa acabó persiguiendo y condenando a Stead por tráfico de menores al extranjero sin autorización de los padres. A los 62 años, como candidato al premio Nobel, Stead moría a bordo del Titanic [30].

Sin pretender poner en tela de juicio la justicia de este cambio legislativo, se puede sin embargo hacer una breve anotación sobre su relevancia. De acuerdo con Walkowitz (1982), a lo largo del siglo XIX entre las prostitutas inglesas la edad de inicio de su actividad sexual permaneció estable alrededor de los 16 años. Empezaban sus relaciones con un joven conocido, de su misma clase social, y había luego un lapso de uno o dos años antes de entrar al comercio sexual. El fantasma de la prostitución infantil, que recibió tanto cubrimiento en los medios puede, según esta historiadora, considerarse “un producto imaginario del sensacionalismo periodístico orientado a captar la atención del público Victoriano. La policía prácticamente nunca arrestó una niña menor de 16 años por prostitución; también la policía metropolitana y provincial reportaba la virtual ausencia de prostitutas conocidas menores de 16 … Entre 1849 y 1863 la propporción de internas menores de 16 en el London Lock Hospital era de tan sólo 6.5%; esta cifra bajó a 2.3% entre 1857 y 1863. La Rescue Society of London, especializada en rescatar jóvenes, vigorosamente negaba la existencia de niñas prostitutas en Londres, supuesamente la meca de la prostitución infantil y las vírgenes de cinco libras[31].


[1] En el Anexo 2 se hace un breve resumen de los distintos regímenes legales ante la prostitución.
[2] François y Machiel (2007)
[3] Estas dos vetas son tan ricas como fuente de reflexión sobre la esencia del comercio sexual, y de hipótesis susceptibles de contrastarse con la evidencia, que superan el alcance de este trabajo y se reservan para otros posteriores.
[4] Agustín (2008) p. 39
[5]  OIM (2006) pp. 40, 41 y 63
[6]  Hughes et al, (1999)
[7] Hughes (2001) p. 9. Subrayados propios
[8] “Sex for sale”. Time Magazine, Junio 21 de 1993
[9] Legardenier (1996) p. 23
[10] Wilson y Henley (1994)
[11] Vanaspong (2001) p. 143
[12] Declaraciones del comisario jefe de Seguridad Ciudadana de La Coruña en el I Foro Internacional de Galicia sobre prostitución celebrado en Vigo. La Razón, Noviembre 18 de 2001.
[13] Rubio (2002)
[14] López Lindstrom (2002) p. 157
[15] Chiarotti (2002)
[16] CSCE (1999)  pp. 21 y 22.
[17] Claassen y Polanía (1998)  pp. 67 y 68. Énfasis propios
[18] Ibid, p. 38.
[19] Ibid, p. 39
[20] Peñalver (2006) p. 9
[21] Entrevista a una socióloga especializada en Género y Políticas Sociales, realizada  por Claudine Legardinier y publicada en Prostitution et Société Nº 158 / jul - sept 2007.
[22] Pisano (2004) p. 252
[23] Trifiró (2003) p. 108
[24] Ibid p. 111
[25] Citado por Agustín (2008) p. 71
[26] Beltrán et. al. (2008)
[27] http://www.erosguia.com/es/escorts.php
[28] Surfistinha (2007) p. 125
[29] Deschamps (2006) p. 78
[30] Abbott (1999) pp. 353 a 355
[31] Walkowitz (2002) p. 17