Las auyamas y el apecho de los esmeralderos

Septiembre de 2013

Cuando supe que un colega estaba escribiendo su tesis doctoral sobre los esmeralderos, y que llevaba dos décadas de trabajo de campo en la zona, quise corroborar el relato que un alumno originiario de Muzo me había hecho. Tras la sangrienta guerra surgida a raíz del descubrimiento de la mina de Peñas Blancas a finales de los sesenta, contaba mi alumno, el gran patrón esmeraldero Isauro Murcia había importado prostitutas del Viejo Caldas para, arreglando matrimonios con los combatientes, aplacar los ánimos.

El colega no pudo confirmarme esta pacificación con políticas de familia del líder, pero me señaló que las mujeres paisas siempre fueron bien acogidas en esa región en la que por muchos años coexistieron varios tipos de comercio sexual. En los prostíbulos de las zonas de tolerancia en Muzo, Otanche, Borbur, Coscuez o Quípama, permanecían internas las mujeres que recibían con ciertas comodidades: cuarto, cama y baño compartido. El trabajo era intenso entre viernes y domingo, cuando los mineros subían al pueblo. Otras mujeres de menor categoría, por el contrario, bajaban el fin de semana a las minas. Prestaban sus servicios en condiciones bien precarias, “detrás de cualquier tabla”.

En el otro extremo estaban las damas acompañantes “de doble vida” que viajaban periódicamente desde Bogotá para ocuparse de mandos medios y líderes. En la época que funcionaba el aeropuerto de Quípama llegaban en avión. “Yo conocí una estudiante que bajaba todos los viernes para ver a un par de tipos con los que tenía una relación casi estable”. Los había conocido en una rumba en Bogotá y los fines de semana se acostaba una noche con uno y la siguiente con el otro. Con ese tiempo parcial y compartido ganaba casi tres veces lo que una entidad oficial le pagaba a mi colega recién graduado.

Independientemente de su nivel, los esmeralderos llaman auyamas a las mujeres que ofrecen servicios sexuales. Es un nombre genérico para indicar que son “lo que todo el mundo come” y evitar el término peyorativo de puta.

Cuando en Muzo se hacían reinados, o para las ferias y fiestas, la afluencia de todo tipo de mujeres era masiva, incluyendo modelos cotizadas de la capital. Algunas iban contratadas por líderes o por empresarios que las ofrecían a sus amigos y socios o a políticos que asistían a los eventos. “Era una manera de intercambiar favores. Ellas sabían que con la persona que el patrón les dijera, ellas tenían que pasar un rato”. También los líderes aprovechaban para mostrar sus conquistas y lucirse con las acompañantes más bellas. Todo esto se hacía con los rituales y el protocolo de los reinados: había un jurado, varios desfiles y una supuesta ganadora.

Hace unos años, con la enfermedad del último gran patrón y la consecuente tensión para sucederlo, se interrumpió esta práctica en la que participaban activamente todos los empresarios duros de las minas: organizando el reinado, escogiendo las candidatas locales, invirtiendo en cirugías,  trasladándolas a Bogotá para el arreglo de los dientes, pagándole a una agencia de modelos el entrenamiento de pasarela y contribuyendo a “todas las cosas necesarias para fabricar una reina”. Fue un mecanismo específicamente diseñado para que los empresarios de esmeraldas se reunieran en Muzo, confirmaran su lealtad al jefe y limaran cualquier aspereza. Estas mujeres, que definitivamente no eran comida para todos, ya no se denominaban auyamas. Se las conocía como reinas, modelos o prepagos.

En la región se da cierta circulación de mujeres entre los distintos niveles de esmeralderos. Hay una tradición que se conoce como el apecho, que es la versión local del derecho de pernada. Un líder o patrón va por una carretera o está en el pueblo y ve una niña o adolescente que le gusta. Dependiendo de la edad habla con ella o con sus papás y compra la prerrogativa de ser el primero en ponerle el pecho encima. Paga por ella para tenerla una noche, una semana, o el tiempo que sea. Si así lo decide, la vuelve su esposa, o su amante durante algunos años. Puede tener hijos con ella, pero el inicio de la relación ha sido una compra. Con la transacción, las familias campesinas pobres logran un período de bonanza. El padre o los hermanos son contratados, o les permiten un rebusque en la mina, a cambio de los favores sexuales de la muchacha. En la práctica, el abominable apecho se puede considerar el destino que le espera a cualquier joven campesina bonita de la zona.

Cuando quien ha pagado por una mujer ya no la quiere a su lado la endosa a uno de sus subordinados. Es común que una ex amante pase a tener relaciones con los escoltas del patrón. Por lo general, este proceso de degradación no termina en prostitución. Las mujeres de los burdeles, o las de lujo, han venido siempre de otras regiones del país. Las apechadas, originarias de la zona, mantienen su estatus de amantes, o mantenidas por los mineros. Puede que acaben siendo llevadas a Bogotá o a las fincas de los patrones en los llanos.  Aunque lo normal es que los esmeralderos sigan respondiendo por sus hijos cuando cambian de mujer las demandas por alimentos o abandono han sido un rubro importante de la actividad de los juzgados.

El desequilibrio por géneros en estos pueblos esmeraldíferos ha sido una constante. Prácticamente la totalidad de una importante población flotante fue siempre masculina. Sólo en la última década se dieron  cambios sustanciales tras la prohibición de las explotaciones a cielo abierto. Los forasteros que venían a escarbar en la quebrada dejaron de llegar. El cambio en la tecnología minera hizo que el tambre -el material que se botaba a la quebrada y alrededor del cual caían los buscadores como hormigas- se acabara. De cielo abierto se pasó a una explotación por túnel con la que el residuo de material es mínimo.


El descenso de la población migrante implicó una pacificación pues esas eran las bases de los ejércitos. El acuerdo común era “usted puede buscar aquí pero me apoya en la guerra”. La consecuente caída del comercio sexual fue drástica. En Muzo, el puntillazo final llegó con unas crecidas invernales de la quebrada que atraviesa el pueblo. A la falta de clientela se sumaron la erosión en las dos calles principales de la zona roja y el derrumbe físico de las casas que albergaban los burdeles. Ante las ruinas invadidas por mendigos la leyenda popular, bien nutrida desde el púlpito, hace alusión a un castigo sobrenatural por los excesos.