ECONOMÍA, COMPORTAMIENTO Y NATURALEZA HUMANA

CAPITULO II

1 – EL HOMO ECONOMICUS
1.1 – El modelo económico y sus limitaciones
El Análisis Económico del Derecho (AED) utiliza las herramientas de la microeconomía para explicar el comportamiento de los individuos ante la ley. La referencia a este conjunto de herramientas se hace casi siempre de manera bastante escueta. En los textos de AED, por ejemplo, a veces basta con señalar que se adopta el modelo de comportamiento propuesto por Gary Becker, o que los individuos actúan racionalmente, siempre sin especificar que significaría que no lo hicieran. “Los economistas suponen que todos los actores económicos maximizan algo ... dicen a menudo que los modelos que suponen un comportamiento de maximización funcionan porque la mayoría de los individuos son racionales, y la racionalidad requiere la maximización” [1]. “La gente responde a incentivos, lo demás son comentarios” propone un libro de divulgación económica [2]. “La economía es la manera de entender el comportamiento que empieza con el supuesto que la gente tiene objetivos y tiende a escoger la manera correcta de alcanzarlos” sugiere un manual intermedio de micro [3]. En la actualidad, el enfoque económico para analizar las leyes parece que equivale a dos postulados: a nivel individual los actores maximizan –su utilidad o su riqueza- y a nivel colectivo los mercados se ajustan (markets clear) de manera que se alcanza una situación social óptima.

Así, el principal instrumento de análisis es el modelo de elección racional (ER), el llamado homo economicus. Dentro de la profesión, el optimismo sobre la capacidad explicativa del esquema parece no tener límites: “la perspectiva de que la lógica económica pueda impregnar el estudio de todas las ramas de la conducta humana es tan excitante como ningún otro desarrollo de la historia de la ciencia económica o, incluso, en la historia de la ciencia” [4]. A pesar de su liderazgo en la economía, y de su creciente acogida en otras ciencias sociales, el enfoque ha recibido críticas de diferentes disciplinas. El modelo económico plantea que la conducta humana puede explicarse como el resultado de decisiones racionales, entendidas como aquellas que cumplen ciertas condiciones referentes a las preferencias de los individuos, a sus creencias y a su acción. La racionalidad se refiere a las dos primeras y se plantea que la acción está orientada a maximizar la utilidad del individuo [5].

De manera más general, se supone que el individuo es egoísta. El contenido de las preferencias está determinado por su propio interés; su bienestar es independiente del de los demás. El egoísmo no implica nada más que indiferencia ante la situación de otros. Sobre las creencias, se plantea que son internamente consistentes, que tienen en cuenta las leyes de la probabilidad y que reúnen toda la información disponible acerca de los medios alternativos para alcanzar ciertos fines. Estos supuestos sobre la racionalidad de las preferencias, junto con la consistencia de las creencias y la maximización de la utilidad constituyen la teoría de la elección racional en su forma más tradicional.

El Homo Economicus ha sido criticado por la pobreza de su concepción del comportamiento humano. Dichas críticas se basan en la evidencia de sesgos en la toma de decisiones y de motivaciones que no son tenidas en cuenta por el enfoque económico. Se ha señalado, por ejemplo, que la teoría de la utilidad esperada no explica el comportamiento que se observa en presencia de riesgo e incertidumbre: por lo general, fallan los cálculos que hacen los individuos con probabilidades. Casi todos los supuestos sobre las preferencias han recibido críticas. Se plantea, entre otras, que (i) las preferencias no siempre cumplen los requisitos de la teoría de la racionalidad; (ii) que no son estables ya que cambian en el tiempo y responden a diferentes variables; (iii) sobre el egoísmo, es común encontrar componentes altruistas, cooperativos, vengativos y envidiosos en el comportamiento humano;

Se observa también que los individuos no mantienen creencias racionales cuando enfrentan el riesgo y que las personas no siempre maximizan su utilidad.

En síntesis las críticas al enfoque económico, reconocidas aún por la disciplina, se podrían agrupar en tres categorías [6] referentes a limitaciones (i) en la racionalidad (bounded rationality), (ii) en la voluntad  y la estabilidad de las preferencias y (iii)  en el egoísmo. El término racionalidad limitada fue introducido por Herbert Simon  en 1955 para referirse al hecho que las capacidades cognitivas de los seres humanos son finitas: la capacidad de calcular y la memoria tienen serias limitaciones, por lo que, en ocasiones, las personas fracasan en su intento de maximizar su utilidad. La evidencia empírica, y especialmente la psicología social experimental, demuestra que en la mayoría de los casos la teoría de la utilidad esperada no se cumple, ya que el común de las personas se equivoca al hacer cálculos de probabilidad, aún en los ejercicios más sencillos. O bien los individuos no se plantean como objetivo maximizar su utilidad sino simplemente alcanzar cierto nivel de satisfacción, o bien  las personas fracasan en su intento de maximizar, debido a un uso inconsciente de heurísticas; es decir, debido al uso de reglas o normas que se han aprendido a através de la experiencia (pruebas de ensayo y error) [7]. Por otra parte, muchas veces las personas toman decisiones en conflicto con sus propios intereses de largo plazo. Así, se viola bien sea el supuesto de agentes que maximizan su utilidad bien sea el de preferencias estables y exógenas. El ejemplo clásico, recuperado por Jon Elster, es el de Ulises cuando pide que lo amarren al mástil de su barco para poder escuchar el canto de las sirenas, precisamente porque sabe de antemano que, llegado el momento, su voluntad fallará [8]. Con relación al supuesto de egoísmo, Diferentes trabajos en economía experimental muestran que las personas se comportan de modo cooperativo, altruista y vengativo; es decir, que no sólo están guiadas por su propio interés y que lo que ocurre a los demás, o la forma en que se comportan, puede formar parte de sus intereses..

Tal vez las mayores críticas al enfoque económico provienen de la sociología clásica, que rechaza el individualismo metodológico como punto de partida para el análisis de los fenómenos sociales. Al respecto, se empiezan a reconocer dentro de la disciplina lo que podrían denominarse matizaciones a este enfoque [9].

Un aspecto que se debe señalar es que la noción de la utilidad, central al modelo de comportamiento propuesto por la economía, parece ser un elemento más normativo  -como deberían ser las cosas- que positivo –como son en realidad-. Así lo reconocen de manera explícita sus voceros iniciales Jeremías Bentham y John Stuart Mill quien propuso la utilidad como la base de una teoría moral. Marx afirmaba que mientras el interés primario de Hume era comprender el mundo, el de Bentham era cambiarlo [10]. Este tipo de supuesto con fines normativos se remontaría a Platón, quien sostenía que no era posible tener una ética sin establecerla como una “ciencia de la medida” dentro de la cual todos los valores diversos que la gente persigue se entendieran simplemente como cantidades distintas de un valor global. Tal tipo de postulado se basaba más en el interés por suministrar pautas de conducta que en tratar de explicar las conductas observadas [11]. Con la excepción de los trabajos de filósofos, no es fácil encontrar en las demás disciplinas interesadas en el comportamiento humano un concepto asimilable a la utilidad, ni un principio de acción basado en su optimización. En la biología, por ejemplo, cuando se habla de maximizar, hay consenso en plantear como objetivo, tanto en el ser humano como en todas las especies, la supervivencia y la reproducción. Y, desde los organismos vivos más simples, se establece una distinción entre los objetivos de buscar alimento, o recursos, reproducirse y evitar el peligro.

A pesar de estas limitaciones, los economistas continúan defendiendo las ventajas del modelo tradicional. Una primera razón es la idea, defendida desde la década del cincuenta por Milton Friedman, de que la veracidad de los supuestos carece de importancia si las predicciones de la teoría coinciden con la evidencia empírica. Una segunda réplica es que las desviaciones del modelo son aleatorias, o por lo menos no sistemáticas ni predecibles, y que por lo tanto no es posible modelarlas e incorporarlas a teorías formales sobre fenómenos sociales. Una tercera idea es que el mercado terminaría por eliminar los comportamientos que se alejan de la racionalidad.

Hay varias ideas propuestas por los neurólogos interesados en el estudio de las emociones útiles para el debate alrededor de las preferencias estables, homogéneas y exógenas, que son tal vez los supuestos más criticados por fuera de la economía. La primera es que las preferencias, que la teoría de la elección racional ha considerado siempre como uno de los parámetros de la elección, parecen ser en realidad, una parte importante del mecanismo de toma de decisiones, a través de las emociones [12]. Es curiosos que en la literatura de divulgación neurológica, se consideran sinónimos la noción de preferencias y la de reacciones emocionales. Se plantea que las emociones están en el centro del sistema cerebral encargado de percibir y procesar los estímulos, positivos y negativos, del entorno. El segundo punto relacionado con las preferencias es que parece claro que se trata de algo no sólo endógeno, y peculiar a la historia del individuo, sino configurado culturalmente a través del aprendizaje, y del orden de exposición a los estímulos. Además, serían en extremo sensibles al contexto de la acción. La tercera idea es que uno de los elementos que parece distinguir al ser humano de otras especies es, precisamente, la capacidad para inventar nuevas preferencias. Es interesante observar que en este punto coinciden tanto neurólogos [13], como filósofos como incluso algunos economistas ortodoxos quienes, ante la evidencia que para la mayoría de los bienes existe un punto más allá del cual no interesa  el consumo, el  tradicional supuesto de no saciedad de la economía neoclásica se ha transformado en la noción de individuos que, sea cual sea su nivel de ingreso, encontrarán siempre nuevas cosas que les interesen, o sea nuevas preferencias [14]. Al respecto, y luego de preguntarse si los animales son ricos o pobres Fernando Savater (2000) anota que “cuando ya han cubierto sus necesidades, los animales disfrutan y descansan; no se dedican a inventar necesidades nuevas, ni más sofisticadas que aquellas para las cuales están programados naturalmente... El caso de los humanos es bastante diferente... La gran diferencia consiste en que los humanos no sabemos lo que necesitamos... cada una de las necesidades básicas nos la representamos acompañadas de requisitos exquisitos que la complican hasta el punto de hacerla infinita, insaciable”.

1.2  – Los problemas de agregación
El individualismo metodológico propone que el análisis de agregados se elabore a partir del comportamiento de los individuos. Al pasar a lo macro, sin embargo, surgen problemas. Una primera opción consiste en agregar las funciones de utilidad en una función de utilidad social que permita explicar el comportamiento agregado de los integrantes de la sociedad. Pero desde que Robbins señaló, en la década del treinta, que las comparaciones interpersonales de utilidad no cuentan con una base científica, la teoría tuvo que abandonar su versión cardinal de la utilidad y concebir la función de utilidad como un simple ordenamiento de las preferencias. Así, esas funciones no pueden compararse entre individuos, y mucho menos sumarse. Para superar esta imposibilidad, la economía ha adoptado ciertos mecanismos de agregación.

El primero consiste en convertir la utilidad a unidades monetarias. En buena medida, esta ha sido la alternativa adoptada por el AED. Los problemas de esta forma de agregación radican en que la definición del equivalente monetario para la mayoría de elementos inmateriales suele ser arbitraria. No siempre se cuenta, como en el caso del mercado de bienes, con un conjunto de precios que permita llevar a cabo sin supuestos heroicos este ejercicio de convertir una canasta de acciones en una misma unidad monetaria. El segundo mecanismo de agregación define un agente típico representativo “que caracteriza el comportamiento agregado de los agentes” [15]. El problema de esta simplificación es que impide tener en cuenta los efectos de las diferencias individuales en los fenómenos estudiados, algo que puede ser central en el análisis. A partir de los trabajos de Gary Becker suele trabajarse sobre el supuesto de individuos idénticos: se supone que todos tienen la misma función de utilidad, la misma aversión al riesgo y, en general, comparten todas las condiciones que afectan el comportamiento. Esta opción, al igual que la anterior, impide tener en cuenta diferencias entre individuos que pueden ser determinantes del comportamiento.

Algunos economistas señalan que la racionalidad es un supuesto a nivel del comportamiento individual, no del grupo [16]. Otros autores, por el contrario, son explícitos en señalar que el supuesto de racionalidad es concomitante con la idea de actuación en un mercado. La que aparece en el AED como la noción más aceptada de la racionalidad, la propuesta por Gary Becker (1976) la asocia con la existencia de mercados como instacias de coordinación de la acción. En la actualidad se considera que el tránsito de lo micro a lo macro se puede resumir en muy pocas palabras “la gente maximiza, los mercados se equilibran” [17].

2 – LOS ACTORES RELEVANTES EN LAS RELACIONES JURÍDICAS [18]
Hay consenso en señalar que el derecho representa tan sólo una parte de un amplio espectro de normas susceptibles de alterar los comportamientos. La religión, la moral, las costumbres ... afectan las conductas y las relaciones sociales de individuos que, por otro lado, pertenecen a distintos grupos u organizaciones que se definen y desarrollan con base en conjuntos de reglas de conducta compartidas.

El proceso de consolidación de un grupo, su institucionalización [19] requiere de tres cosas: uno, determinar los objetivos del grupo; dos, establecer los medios necesarios para alcanzar esos fines; tres, que se distribuyan las funciones de los individuos para que cada uno coopere para el logro de los objetivos del grupo [20].

Ha sido tradicional para el derecho concentrar la atención en las normas bilaterales que regulan relaciones entre dos o más individuos. Las normas morales serían unilaterales. Sobre las acciones bilaterales se señalan varios puntos. El primero es la distinción entre el individuo activo, que emprende la acción y el individuo pasivo, o receptor. El segundo es la consideración que hay acciones que benefician al actor y otras que le imponen un costo. Una mención especial debe hacerse de aquellas conductas que ocasionan un daño. En el diagrama se hace una representación de estos elementos de las relaciones bilaterales.
Algunas normas mandan, o prescriben, conductas. Otras, por el contrario, prohíben acciones. En ambos casos una norma prescribe el deber ser, que no siempre corresponde con lo que es. Cuando no hay correspondencia entre las acciones prescritas o prohibidas por la norma y las acciones reales se dice que la norma ha sido incumplida, o violada. Al acto que viola una norma se le conoce como un ilícito.
Conviene distinguir entre las normas autónomas y las heteronómonas. En los primeras “la misma persona es quien emite la norma y quien la ejecuta. Son heteronómonos aquellos imperativos para los cuales quien dicta la norma y quien la ejecuta son dos personas distintas” [21]. Esta distinción lleva a una de las cuestiones básicas del derecho, la de quien dicta las normas. Si para las organizaciones simples como la familia o una empresa es factible identificar cierta instancia en la cual se define sobre quien recae la responsabilidad de decidir que es lo que se hace en forma coherente con unos objetivos, para las organizaciones más complejas, como un Estado, no es fácil identificar la fuente última del poder. Una respuesta tradicional ha sido que las normas las impone el poder soberano,  "aquel poder que en una sociedad dada no es inferior a ningún otro poder, sino que está en capacidad de dominar a todos los demás" [22]. Así, una norma sería siempre expresión de poder, y en últimas, del poder después del cual no hay ningún otro poder. Esta visión positivista extrema de las normas contrasta con las teorías iusnaturalistas para las cuales la esencia del derecho está en los valores o ideales en los cuales se inspira el legislador: serán jurídicas no todas las reglas sino sólo aquellas que se inspiren en determinados valores y en particular en el valor de justicia. Lo que resulta problemático es la falta de acuerdo sobre este valor. Aún restringiendo su sentido para designar aquellas normas que sean consistentes con los objetivos de una nación, el problema simplemente se traslada al de como se definen los fines. De cualquier manera, no es esta, la del origen de las normas,  una vía fácil para refinar la clasificación de las normas.

Un criterio de clasificación que por mucho tiempo ha acaparado la atención del derecho es el de la respuesta que se da a los incumplimientos de las normas. En otro capítulo se discute en detalle el sentido de los criterios de justicia, validez y eficacia de las normas. La justicia tiene que ver con la evaluación, desde fuera del sistema, de los objetivos de la norma, la validez con la consistencia interna del sistema normativo y la eficacia con su efecto sobre las conductas de los destinatarios de la norma. Para que una norma sea eficaz generalmente se debe prever una respuesta como consecuencia del incumplimiento. Cuando la respuesta a la violación es externa, se pueden distinguir dos tipos de sanciones: las sociales y las jurídicas. Las primeras pueden variar en intensidad desde la simple reprobación por parte del grupo, el aislamiento, el ostracismo, el destierro o la expulsión del grupo. Por lo general las normas sociales están asociadas con la existencia de un grupo cuya cohesión depende, precisamente, de la adhesión a esas normas. El control social ejercido por los miembros del grupo para proteger las normas es tanto más efectivo como pequeño, homogéneo y cerrado sea el grupo. En un grupo con alta interacción y cohesión el control social puede ser tan eficaz que se llegue a una completa adhesión a las normas. Al aumentar el tamaño del grupo viene por lo general una división de tareas, se reduce la homogeneidad, aparecen subgrupos entre los cuales será necesario establecer nuevas normas y las sanciones sociales pueden perder eficacia.

Se ha señalado como principal limitación de las sanciones sociales la falta de proporción entre la violación y la respuesta. Además, la respuesta no está guiada por respuestas precisas, la sanción no es siempre igual para violaciones iguales. "Se puede decir que los defectos de las sanciones sociales están representados en la incertidumbre de su resultado, la inconstancia de su aplicación y la falta de medida en la relación entre violación y respuesta ... Este tipo de sanción no está institucionalizado, esto es, no está regulado por normas fijas, precisas, cuya ejecución esté confiada en forma estable a algunos miembros del grupo, expresamente designados para ello" [23]. De aquí surge la importancia de las llamadas reglas secundarias que son las que regulan las sanciones para la observancia, ejecución y protección de las reglas primarias.

Desde el momento en que se considera la posibilidad de una separación entre el actor a quien va dirigida la norma y un individuo, ajeno al actor, encargado de hacerla cumplir, o protegerla, el conjunto norma-sanción se convierte en realidad en dos normas: la primera dirigida a quien se espera que modifique su conducta y la segunda  dirigida a quien debe responder con otra acción si no se cumple la norma.
De hecho, ha existido un debate buscando definir quienes son los destinatarios reales de las normas. Se ha sugerido que las normas jurídicas no van dirigidas a los ciudadanos sino a los órganos judiciales encargados de ejercer el poder coactivo. Así, se plantea una clara distinción entre las normas primarias, dirigidas a los individuos, y las normas secundarias cuyos destinatarios son los agentes encargados de hacer cumplir la ley. Kelsen criticó esta distinción señalando que la que se consideraba norma secundaria era en realidad la norma primaria, confirmando de hecho tal distinción. Esta dimensión del derecho, concebido no exclusivamente como un conjunto de normas de comportamiento dirigidas a los ciudadanos sino, además como un conjunto de reglas orientadas a reglamentar la aplicación de las sanciones, a hacerlas predecibles, uniformes, proporcionadas a las violaciones es uno los aspectos poco analizados por el AED tradicional . Este problema implica dilemas para el derecho y se manifiesta con particular intensidad en el área penal. No resulta aventurado sugerir que el derecho penal es casi más el resultado de una continua evolución para establecer límites tanto a las reacciones espontáneas ante el crimen como al ius puniendi, el poder de castigar,  que un esfuerzo por controlar los comportamientos criminales.

En síntesis, para cualquier relación jurídica es necesario tener en cuenta, como mínimo, el comportamiento de tres actores: el individuo activo, que es el que emprende la acción, el pasivo, que recibe la acción y por último el que de la manera más general se puede denominar el protector, que es quien determina si la acción es lícita o ilícita y, en este último caso, aplica una sanción. En el área penal, por ejemplo, los tres actores relevantes serían el agresor, la víctima y el sistema penal de justicia.

Con esta distinción en mente resultan claras algunas limitaciones del enfoque económico en cuanto a la relevancia de la racionalidad para explicar y predecir el comportamiento de los actores básicos de las relaciones jurídicas. Es un supuesto demasiado fuerte plantear que, por ejemplo, tanto el agresor, como la víctima, como el fiscal que investiga un incidente penal actúan bajo las mismas motivaciones y con procedimientos similares de toma de decisión. El supuesto de egoísmo puede ser en extremo precario para un funcionario público que asume costos y corre riesgos sin que sean evidentes los beneficios personales de aclarar un ilícito y aplicar una sanción. Para la víctima, a su vez, sería inadecuado pretender que su respuesta se base tan sólo en consideraciones costo-beneficio de las acciones futuras. Para algunos agresores sería arriesgado ignorar cuestiones instintivas o pasionales, o la influencia de acciones pasadas.

No todas las relaciones entre individuos que interesan al derecho son consensuales, ni todas se enmarcan en el ambiente armónico, libre de conflictos y emociones de los intercambios comerciales que han acaparado la atención de la economía y que sin mayores salvedades se busca extender a otras áreas de interacción más complejas. Parece evidente que para entender a un hombre celoso que maltrata a su pareja, o a un terrorista fanático que se suicida, o a un joven que arriesgando su vida se accidenta y ocasiona daños a terceros, o a un juez penal que rechaza un soborno permitido por sus superiores, o las amenazas contra su vida, o a un activista que dedica su tiempo a defender los intereses de generaciones futuras, o a una víctima que busca vengarse –casos que ocurren repetidamente y son de interés para el derecho- el esquema propuesto por la economía de individuos que, hacia delante, calculan costos y beneficios en unidades monetarias y basan su acción en la comparación de unos y otros es insuficiente. La razón, y en particular la racionalidad económica, debe complementarse con otros dos determinantes de las conductas: las normas y las pasiones.

3 –ANÁLISIS DEL COMPORTAMIENTO ANTE LA LEY
Uno de los pensadores contemporáneos más interesado en el análisis sistemático del comportamiento humano es tal vez Jon Elster [24] quien, retomando preocupaciones milenarias y adoptando el postulado general del individualismo metodológico, sugiere ampliar el enfoque de la elección racional, que considera útil para entender ciertas interacciones, complementándolo en dos dimensiones. En primer lugar con la preocupación tradicional de la sociología por las normas, las reglas y los valores como elementos que afectan el comportamiento. Para Elster, entre mucho otros, es claro que aún las interacciones en las cuales prima el cálculo del interés racional se dan entre individuos que actúan en un entorno poblado de instituciones. Por otro lado, sugiere que el estudio del comportamiento incluya temas típicos de la psicología, o las neuro-ciencias, tales como las limitaciones cognitivas, las emociones, las compulsiones, las pasiones, o las adicciones [25].

En esas líneas, parece razonable proponer, para analizar el comportamiento individual ante la ley, un esquema que complemente el modelo de elección racional (ER) con dos elementos adicionales: por un lado, el esquema alternativo propuesto por la sociología clásica, que se puede denominar el modelo de seguimiento de reglas (SR) (rule-following behavior) y por otra parte, con un componente emotivo-instintivo-pasional (EIP) tradicionalmente relegado por las ciencias sociales pero que parece prudente tener en cuenta.
La importancia relativa de los tres componentes propuestos depende de cada situación específica. Así, mientras la conducta de un empresario capitalista que firma o incumple un contrato se puede situar en algún punto del eje ER-SR, la de un marido celoso que lesiona a su pareja, o la de un adolescente que causa un accidente por exceso de velocidad, estarán más cerca del vértice EIP. El comportamiento de un individuo que busca vengar la muerte de un familiar, o el de un miembro del ejército que viola los derechos humanos de un detenido, estará localizado en algún punto del eje EIP-SR.

Se plantea que, para ser eficaces, las normas (o leyes) que pretendan alterar los comportamientos deben tener en cuenta la combinación de componentes detrás de cada conducta. En particular, el alcance de las leyes para las cuales se contempla una sanción que se espera sea tenida en cuenta por un individuo racional puede ser precario para ciertas conductas con un alto componente emotivo.

A diferencia del modelo económico tradicional que se pretende aplicable tanto a los seres humanos como a distintos tipos de organizaciones, el esquema propuesto reconoce que el triángulo ER-SR-EIP es relevante principalmente para los primeros. Aunque para algunas organizaciones simples –la familia, la pandilla de amigos- se pueden percibir rezagos emotivos en ciertas conductas, a medida que aumenta su complejidad, su comportamiento se sitúa en el eje ER-SR [26].

3.1 – Más allá de la racionalidad
Vale la pena resumir en un par de diagramas los elementos más relevantes del conjunto de supuestos con el que vale la pena complementar el esquema de elección racional propuesto por la economía para el análisis del comportamiento individual ante la ley.
Sobre estos diagramas se pueden hacer algunas precisiones. El primero es que el modelo básico propuesto no es más que una leve variación de los planteamientos ya mencionados de Elster, o de Vanberg [27]. Con relación a estos dos autores, la mayor diferencia propuesta es la distinción tajante de los incentivos entre los premios y los castigos como mecanismos para alterar las acciones de los individuos. Aunque puede haber, y de hecho existen, sanciones pecuniarias que se pueden situar en la misma dimensión de los recursos económicos [28], los estímulos relacionados con recibir castigos, o dejar de recibirlos después de una amenaza, no se pueden asimilar a un monto monetario [29].

Se reconoce que los incentivos externos pueden llegar a cualquiera de los tres centros de control de la acción, el racional, el de seguimiento de reglas o el emotivo-instintivo-pasional, provocando tres tipos distintos de acción. Un supuesto básico de trabajo es que la manera más eficaz para alterar un comportamiento es dirigiéndose al centro de control que genera ese comportamiento [30].

El segundo punto es que el esquema propuesto equivale simplemente a ampliar el modelo de elección racional en dos dimensiones: reconociendo que, bajos ciertas circunstancias, es necesario tener en cuenta factores internos y no racionales, como las emociones, o por otro lado, externos, como las normas o reglas, que determinan la acción [31]. Además, se hace explícita la diferenciación entre los individuos y las organizaciones, para las cuales no parece tan indispensable la ampliación propuesta del esquema de elección racional.

Al nivel más básico de análisis -los supuestos de comportamiento individual- se adopta la propuesta de Jon Elster (1997, 1999) de complementar el enfoque de Elección Racional (ER) con  el modelo de Seguimiento de Reglas (SR) y una dimensión asociada con las Emociones, los Instintos y las Pasiones (EIP).

En el ámbito del AED en dónde lo que se busca es fundamentalmente comprender cómo es que el individuo reacciona antes ciertas restricciones –o incentivos, o estímulos- impuestas por la ley, la principal consecuencia del enfoque propuesto es que el análisis del impacto de los incentivos sobre el comportamiento debe tener en cuenta el centro de control de dónde surgió la acción. En términos generales, los estímulos o incentivos racionales –un argumento, el anuncio escueto de una sanción como consecuencia de una conducta- tendrán efecto sólo si la acción en cuestión es de ese tipo, racional. Si, por el contrario, se trata de un impulso emotivo, de un instinto, o en le otro extremo del cumplimiento de una norma, los incentivos racionales tendrán un efecto limitado [32].

Hasta este punto, el esquema propuesto no se aparta de una de las características básicas del enfoque económico, el llamado individualismo metodológico. Para matizarlo, se recurre a una de las ideas centrales del trabajo de Norbert Elías (1994), la del proceso de civilización de las costumbres: los instintos tuvieron que ser controlados por la razón y las normas impuestas a nivel social. De particular relevancia fue el progresivo control de los impulsos violentos de los guerreros.

En otro plano, se considera útil para el análisis de las pandillas la propuesta de Lewis Coser (1978) sobre las organizaciones voraces (OV) entendidas como aquellas que absorben completamente a los individuos que las integran (extremo SR, manipulación EIP, escaso ER individual). Las OV (como la pandilla) compiten con la familia (también una OV) y por eso, normalmente, tienden a controlar el comportamiento sexual de sus miembros. Este último aspecto ha sido particularmente relevante en las OV guerreras.

Así, aún a nivel microanalítico, el esquema de análisis propuesto se aparta del enfoque económico en la importancia que se le asigna a las instituciones y organizaciones que rodean al individuo como elementos determinantes de sus conductas. Aunque parezca de Perogrullo, es conveniente hacer explícito que para entender el comportamiento de los seres humanos es imprescindible estudiar su entorno, las instituciones y organizaciones que los rodean, pues es allí donde se configuran ciertas conductas que no siempre son un asunto personal. Además, otra verdad de Perogrullo no adoptada por el enfoque económico es que muchas de estas instituciones y organizaciones no son universales sino que pertenecen al ámbito local. La obligación de vengar la muerte de un familiar que impera en ciertas sociedades no existe en otras. Otro tanto se puede decir del reflejo de practicar la ablación a las mujeres, o la circuncisión a los hombres en ciertas culturas. La conducta de un guerrillero de las FARC, de un miembro del ejército, de un hippy, de una ejecutiva de multinacional, de un monje de clausura, o de un jesuita, no pueden estudiarse sin comprender las organizaciones a las que pertenecen. A nivel mucho más banal, lo que con frecuencia se trata de analizar como una decisión individual y racional de un individuo se comprende mejor si se toma como una moda, un patrón de comportamiento compartido por todo un grupo. El sentido común y un volumen no despreciable de evidencia sugieren que, por ejemplo, los adolescentes hacen cosas no siempre porque tomaron la decisión de hacerlas, sino porque alguien de su entorno así lo dispuso. En esa categoría entraría, por ejemplo, la supuesta decisión de estudiar, algo que claramente impone la familia.

Es en el contexto de las organizaciones voraces, que por lo general exigen exclusividad de sus miembros y, en particular, compiten con la familia, que parece conveniente descomponer el ingreso a la pandilla en dos pasos secuenciales. Con el primero, hacia la calle, de emancipación o rebeldía, el joven abandona, o se rebela contra, las normas que rigen el funcionamiento de la familia y la escuela para luego, una vez liberado de la primera OV, ingresar en otra, la pandilla, adoptando un nuevo conjunto de normas y reglas de conducta, que pueden llegar a ser estrictas, detalladas y abarcar un amplio espectro de comportamientos.

El esquema propuesto por los criminólogos canadienses Loeber (1996) y Tremblay (2000) de los senderos

4 – LAS PASIONES, LAS NORMAS Y LA RAZON
"The most correct maxim for accurately appraising the intentions of men is to examine their interests which are the most common motive for their actions. But a truly subtle politician  does not wholly reject the conjectures which one can derive from man´s passions, for passions enter sometimes rather openly into, and almost always manage to affect unconsciously, the motives that propel the most important affairs of state" Cardenal de Retz (1613-1675)

"All men certainly seek their advantage, but seldom as sound reason dictates; in most cases appetite is their only guide, and in their desires and judgements of what is beneficial they are carried away by their passions, which take no account of the future or of anything else" Spinoza [33]


Antes de revisar en detalle algunos aportes de otras disciplinas que pueden ser útiles para el propósito general de explicar el efecto de las normas sobre las conductas individuales vale la pena hacer referencia a lo que parece ser una tendencia general, tanto para los individuos a lo largo de su ciclo de vida, como para las organizaciones a través de su desarrollo, como para las sociedades a lo largo de su historia y es el tránsito desde el componente esencialmente emotivo de las conductas hacia la mayor normatividad de los comportamientos y/o el creciente recurso a la razón. Para resaltar la importancia de las emociones, los instintos y las pasiones en el estudio del comportamiento, vale la pena hacer referencia a tres análisis que proponen que en Occidente, históricamente, la secuencia relevante de los determinantes de la conducta fue de las pasiones hacia las normas y/o la razón. Estos tres escenarios –el proceso de civilización de Norbert Elías, el control de las pasiones por el interés de Hirscham y la domesticación del poder de castigar del soberano de Foucault- coinciden con lo que, a nivel micro analítico se observa a lo largo de la vida de los individuos, para quienes la racionalidad, o la aceptación de las normas, son características que se pueden denominar adultas puesto que se van configurando a lo largo de su vida. Esta idea de la educación como un proceso de control de instintos y no como la configuración de los rasgos individuales desde una tabula rasa, ha recibido creciente atención en la actualidad, pero no es nueva. En el siglo XVI Erasmo fue explícito en la conveniencia de inducir la civilidad como parte esencial del proceso formativo y educativo.

4.1 - El proceso de civilización de Norbert Elías
El sociólogo alemán Norbert Elías utiliza la noción del hábito social, sobre el cual los individuos tienen poca capacidad de elección, para referirse a ciertas disposiciones de la conducta compartidas por la mayoría de los miembros de un grupo o sociedad. Este concepto es el que le permite integrar procesos psicológicos y sociales. Lo distingue de los hábitos individuales que abarcan las inclinaciones de la conducta, innatas o adquiridas, específicas a una persona.

Con una insólita metodología -la revisión de los manuales de etiqueta y de buenos modales - Elías muestra cómo los patrones sociales de conducta, y la manera como se expresan los sentimientos, las emociones y las pasiones, sobre todo en los círculos de las clases altas de la sociedad, evolucionaron con una dirección concreta hacia una reglamentación cada vez más estricta.

A partir del siglo XVI se empezó a percibir en Europa Occidental una creciente diferenciación de las conductas y un control más estricto de las emociones. Los modales –manners- cobraron importancia en las relaciones entre individuos y empiezan a aparecer preceptos de conducta en libros especializados. El civismo, un término acuñado por Erasmo de Rotterdam y de donde saldría el verbo civilizar expresaba la idea de un refinamiento de las costumbres. Un libro muy popular de Erasmo, analizado más adelante, discutía en detalle tanto la apariencia, como las formas de comportarse, la expresiones y los gestos. Elías vio en esta obra los preceptos que caracterizaban cambios en la estructura mental y emocional de las clases altas. Se describía la tendencia creciente de la gente a moldear el comportamiento en forma más deliberada que antes. Desde entonces, se empezaba a imponer una rígida jerarquía social y, a la vez, una creciente necesidad, de establecer códigos uniformes de conducta y rasgos característicos de distintos grupos. Se empezaba a ejercer una mayor vigilancia sobre los propios impulsos y sobre la satisfacción inmediata de los deseos. Se imponía una nueva forma de control social que, inculcando hábitos, mostraba ser más eficaz que los gritos, las burlas y las amenazas de violencia física para modificar conductas. Las presiones externas se convertían en presiones internas.

Los preceptos de comportamiento incluidos en los libros de modales estudiados por Elías  estaban dirigidos tanto a las clases altas. Los ejemplos de lo que no debía hacerse incluían hurgarse la nariz en público, escupir o eructar en la mesa, e incluso defecar en los tapetes. Asuntos que los manuales de etiqueta posteriores ya dejarían de mencionar al hacerse obvio que ya estaban incorporados en los estándares de conducta. A pesar de las grandes variaciones en el comportamiento de la gente, Elías destaca una tendencia global, definida básicamente por unos umbrales de vergüenza y disgusto cada vez mas limitados por las nociones de decoro, refinamiento y civilidad. Hace énfasis en la falta de funcionalidad individual de muchos de estos cambios –como por ejemplo la introducción de los cubiertos- y descarta la racionalidad como fuerza motriz de este proceso de civilización. Los sentimientos, las emociones y los afectos se transformaron primero en las clases altas y luego se fueron transmitiendo, modificando los hábitos de otros segmentos de la población. La manera como se expandió este proceso dependió de la estructura de poder en cada sociedad, con el elemento común que las habilidades y los modales fueron una condición para la supervivencia y el éxito social dentro de las clases dominantes. Así, mientras en Francia el principal agente civilizador de las clases altas, sobre todo en el siglo XVII fue la corte del rey, en Inglaterra jugó un papel importante la gentry, una clase rica y bien educada sin ser noble. 

A pesar de que su estudio se refiere al proceso de civilización en Europa, Elías considera que el mismo principio de control de los instintos es universal y su función primordial es la de facilitar y hacer más llevadera la vida en comunidad. Puesto que "los seres humanos no nacen sabiendo cómo reprimir sus poderosos afectos ni sus impetuosas pulsiones instintivas … el aprendizaje del autocontrol es un universal humano, una condición común de  la humanidad. Sin ella, las personas, como individuos no lograrían convertirse en seres humanos y, como sociedades, se desintegrarían con rapidez" [34].

Lo que puede variar son las normas sociales para lograr este control y la manera como se hacen funcionar. En particular lo que ha cambiado son los factores de control que se establecen en el proceso de aprendizaje de los niños, que se conocen hoy como razón, o conciencia y cuya relación con los instintos y los impulsos innatos han cambiado con el desarrollo de la humanidad.

Las repercusiones de los análisis de Elías no se circunscriben a los modales en la mesa. Aspectos críticos de la formación de los estados modernos, como el sometimiento de las clases guerreras a un control más estricto, estarían, según el mismo autor, asociados con esta evolución. Retomando nociones freudianas sobre los vínculos entre las pasiones y la agresión, Elias plantea que los impulsos, tanto afectivos como agresivos, fueron sujetos a restricciones cada vez mayores de este proceso general de civilización. El cambio, y más específicamente la pacificación, de las costumbres llevó a una reducción de la violencia y en general de los malos hábitos de los guerreros de la Edad Media. En forma paralela a este proceso se habría dado, con la ampliación de los mercados y la industrialización, una caída secular de la violencia, junto con una des-privatización y centralización de la justicia.

En otra de sus obras [35], Elías aborda el problema más específico del control de la violencia mediante la progresiva regularización de los deportes, señalando como peculiaridad de esta tendencia que se observara primero en Inglaterra para de allí expandirse al resto de Europa. El surgimiento del deporte como forma de lucha física no violenta tuvo que ver con un desarrollo relativamente extraño dentro de la sociedad en general: se apaciguaron los ciclos de violencia y se puso fin  a las luchas de interés y de credos religiosos de una manera que permitía que los dos principales contendientes por el poder gubernamental (inglés) resolvieran completamente sus diferencias por medios no violentos y de acuerdo con reglas convenidas y observadas por ambas partes”  [36].

4.2 - Las pasiones y los intereses de Hirschman [37]
Con un enfoque y un foco diferentes a los de Elías, Albert Hirschman también avala la idea del progresivo control de los instintos por medio de la razón. El punto de partida de su análisis es la inquietud de cómo pudo ocurrir que la más baja de las pasiones de la Edad Media, la avaricia, pudiera convertirse en algo respetable y honorable. Los antecedentes a lo que ocurrió los encuentra en San Agustín, que había sido uno de los primeros pensadores en plantear la idea de que sólo un vicio es capaz de erradicar otro vicio. También considera importante el antecedente de Maquiavelo quien había sido precursor de la idea de diferenciar el análisis positivo –como son las cosas- de lo normativo –cómo deberían ser- criticando de hecho tanto a los filósofos como a la Iglesia por no tener en cuenta sino lo segundo.

Sobre el análisis positivo de la naturaleza humana, el consenso que surgió del Renacimiento era que ni la filosofía moral ni los preceptos religiosos habían logrado domesticar las pasiones destructivas del hombre. Aparecieron entonces tres grandes campos de actuación alternativos a la religión y la moral. El primero era el de la coerción y la represión, promovidas desde mucho antes de la ilustración por pensadores como San Agustín y Calvino y retomadas después por Hobbes. Ya desde entonces aparecieron los críticos a esta opción señalando el dilema del control del Leviatán: si se le concede a alguien el poder de castigar, ¿quien puede después controlar ese verdugo?.

La segunda opción consistía en canalizar las pasiones, a la manera de Smith, cuya mano invisible tenía antecedentes referentes no al interés económico sino al político. Montesquieu, por ejemplo ya había señalado que “la búsqueda de honor en una monarquía revitaliza todas las partes del cuerpo político… así, resulta que cada uno contribuye al bienestar general mientras piensa que sólo trabaja pensando en su propio interés”. A principios del siglo XVIII  Giambattista Vico expresaba que “mediante leyes inteligentes las pasiones de los hombres que están sólo preocupados por alcanzar su propia utilidad se transforman en un orden civil que permite a los hombres vivir en sociedad”. La misma idea de los vicios privados que se convierten en virtudes públicas es la base de la Fábula de las Abejas de Mandeville. El aporte básico de Smith habría sido el de hablar de intereses en lugar de pasiones o de vicios.

La tercera posibilidad consistía en enfrentar unas pasiones con otras. En esa propuesta coincidían aparentes extremos del espectro intelectual del siglo XVII como Bacon y Spinoza. Bacon  criticaba a los filósofos morales por no ponerse de acuerdo ni sugerir nada práctico y, además,  por impedir que la gente pensara de manera inductiva y experimental. En ausencia de analistas que suministraran una teoría del comportamiento individual, Bacon recurría entonces a los poetas que, según él, eran los que mejor sabían de pasiones, sentimientos y afectos. Spinoza, por su parte, en su Etica, también era explícito en la recomendación que sólo un afecto puede alterar otro afecto. “Un afecto no puede ser moderado ni eliminado si no es por un afecto opuesto y más fuerte… Ningún afecto puede ser moderado por el verdadero conocimiento del bien  o el mal como verdad pero sólo si se considera como un afecto”. Más tarde, David Hume llegaría a ser aún más enfático en esas líneas. “La razón es y debería ser sólo la esclava de las pasiones…. Nada se puede oponer a un impulso de pasión, o a retardarlo, sino un impulso contrario". Es pertinente señalar cómo estos perspicaces observadores de la naturaleza humana anticipaban algunos de los planteamientos recientes de las neurociencias sobre las emociones.

En medio de un intenso debate en torno a las ventajas e inconvenientes de ciertas pasiones apareció el término intereses para referirse a las pasiones buenas que servirían para contrarrestar las perniciosas. Se consolidó la idea de oponer intereses a pasiones y se empezaron a contrastar los resultados favorables cuando los hombres eran guiados por sus intereses con los efectos calamitosos de dejarse llevar por las pasiones. Los  intereses poco a poco se fueron concentrando en las ventajas económicas. Pero esto sólo sucedió luego de que por mucho tiempo comprendían la totalidad de aspiraciones humanas, que tenían en común un elemento de cálculo y reflexión acerca de la manera como se podían alcanzar. Empezaba a aparecer la noción de racionalidad.

Aunque para los asuntos de Estado la noción del interés venía de Maquiavelo él nunca utilizó ese término, pero si fue el primero que le sugirió al soberano la conveniencia de identificar la voluntad sofisticada y racional no contaminada por las pasiones y los impulsos transitorios. Posteriormente fue un inglés, el Duque de Rohan quien retomando a Maquiavelo y, nuevamente para asuntos de Estado, recomienda someter las pasiones del soberano al cálculo del interés y a la razón para dirigir las acciones. “Uno no se debe dejar guiar por los apetitos desordenados, que con frecuencia nos hacen emprender faenas más allá de nuestra fortaleza; ni por las pasiones violentas, que nos agitan de varias maneras tan pronto como nos poseen… sino por nuestro propio interés guiado sólo por la razón, que debe ser la regla de nuestras acciones”.

Está claro que, en sus orígenes, la noción de interés era algo relativo al manejo del Estado. En Inglaterra, por ejemplo, la adopción de  la máxima “el interés no miente” (Interest Will Not Lie),  se aplicó primero a los problemas de la dinastía y a la política exterior. Después, cuando la guerra civil, al interés de Inglaterra, y de ahí empezó a bajar a los intereses de los protestantes y otros grupos. Solamente cuando los ingleses solucionaron los problemas que afectaban intereses en esas áreas se empezó a hablar de cuestiones relativas al comercio exterior como de interés nacional. Y no fue sino a principios del siglo XVIII, y en Inglaterra, cuando se empezó a asociar el interés con posesión de riqueza. Los franceses, por el contrario, seguían hablando del interés de conciencia, de honor, de salud, de gloria. Y se quejaban del giro económico que había adquirido el término. Algo similar ocurió con el término corrupción que en principio era sinónimo de cualquier deterioro en la calidad del gobierno. O con el término fortuna, que tenía varias dimensiones. Se puede pensar que esa tendencia se facilitó porque la dimensión de la riqueza era la más visible y fácil de medir.

Fue a través de ese nueva dimensión económica del interés que se introdujo la idea de que la búsqueda de riqueza podía servir para controlar las pasiones. De acuerdo con Hirschman fue a partir de ahí cuando, “un conjunto de pasiones conocidas antes como codicia, avaricia, o amor o lucro pudieron emplearse de manera útil para oponerse y contener otras pasiones como la ambición, la avidez de poder o la lujuria”. Se le empezó a dar a la búsqueda de dinero una connotación positiva y curativa asociada con la idea de una manera más ilustrada de conducir los asuntos humanos tanto públicos como privados. Aparecida la idea del interés, se puso de moda y se volvió un verdadero paradigma. La mayoría de las conductas se empezaron a explicar con la novedosa herramienta. Se disolvieron las pasiones y casi todas las virtudes en el self-interest. El desarrollo de las ciencias naturales, y en particular la física, reforzó la idea de poder alcanzar leyes universales para el comportamiento humano. Como habría aformado Hlevetius “así como el mundo se rige por las leyes del movimiento así el universo moral se rige por las leyes del interés”.

Tratando de explicar el extraño giro del pensamiento mediante el cual en poco tiempo, y de manera contundente se abandonó la secular distinción de Platón entre las pasiones y la razón, Hirschman señala que el interés (la racionalidad) apareció como el justo término medio entre las pasiones, que se consideraban destructivas, y la razón, que no era eficaz. El híbrido resultante no tenía los problemas de ninguna de las dos categorías anteriores. El interés tenía lo mejor de ambas, pues la pasión del amor por sí mismo mejoraba y contenía la razón mientras que la razón guiaba y le daba fuerza a esa pasión.

4.3 – El control del castigo en Foucault
Para Foucault [38] la respuesta dada por el soberano a ciertos ataques recorrió el mismo sendero de las pasiones, hacia el cálculo y la razón. Así, en el antiguo régimen, el castigo es, textualmente, una venganza del soberano por una afrenta contra su persona. Cualquier ataque, por encima incluso de la regla que infringe, se considera que lesiona a quien impone la ley. “El delito, además de su víctima inmediata, ataca al soberano; lo ataca personalmente ya que la ley vale por la voluntad del soberano; lo ataca físicamente ya que la fuerza de la ley es la fuerza del príncipe… La intervención del soberano no es, pues, un arbitrio entre dos adversarios: es incluso mucho más que una acción para hacer respetar los derechos de cada cual; es su réplica directa contra quien le ofendió… El castigo no puede, por lo tanto, identificarse ni aun ajustarse a la reparación del daño; debe siempre existir en el castigo una parte, al menos, que es la del príncipe… Ahora bien, esta parte del príncipe, en sí misma, no es simple: por un lado implica la reparación  del daño que se ha hecho a su reino, del desorden instaurado, del ejemplo dado … pero implica también que el rey procura la venganza de una afrenta que ha sido hecha a su persona” [39].

El creciente control de este verdadero ánimo de venganza del soberano se da, de acuerdo con Focault, con la progresiva humanización y racionalización de las penas, tendencia que se habría iniciado con la desaparición de los suplicios y las torturas en la segunda mitad del siglo XVIII.

La explicación de Foucault para esta evolución tiene dos componentes. Primero, los peligros de rebelión que enfrenta el soberano y que pueden originarse bien sea como reacción a la violencia de los castigos, percibidos como síntomas de tiranía, bien sea con la eventual transformación del criminal en un rebelde. Segundo, la progresiva transformación de la naturaleza del crimen. “Desde finales del siglo XVII, en efecto, se nota una disminución considerable de los delitos de sangre y, de manera general, de las agresiones físicas; los delitos contra la propiedad parecen reemplazar a los crímenes violentos” [40]. Esta tesis, de la violence-au-vol, adoptada de algunos historiadores franceses ayudaría a explicar la intensidad decreciente de los castigos. Así, la necesidad de racionalizar las penas, y de adaptarlas a la creciente tendencia del crimen a atacar la propiedad, junto con el afán por prevenir la rebelión, estarían detrás de la economía del castigo diseñada, en últimas, para favorecer los intereses de la naciente burguesía. Hay un número considerable de trabajos recientes sobre historia del crimen que coinciden en rebatir la tesis de la violence-au-vol adoptada por Foucault y que es fundamental en su argumentación de la racionalización del castigo para adaptarlo a los intereses del capital. Lo que parece haber ocurrido es un descenso tanto de la violencia como de los ataques a la propiedad. Lo que estos historiadores han hecho es retomar la idea del proceso de civilización de Norbert Elías. La percepción de que los delitos económicos aumentaron surgiría de una confusión con un aumento en las denuncias. En términos modernos, del aumento en la criminalidad aparente se dedujo una tendencia similar en la criminalidad real. La mayor tendencia a acudir a las autoridades para denunciar se habría dado por la progresiva aceptación de la justicia centralizada, y por el simple desarrollo de las sociedades.

Hay dos elementos de su sociología del castigo para los cuales Foucault, a pesar de suministrar evidencia, no ofrece ninguna explicación, pero que de todas maneras soportan la idea de una transición de las pasiones a la razón, esta vez entre los súbditos. El primero tiene que ver con la evidente satisfacción popular con el espectáculo de los suplicios. Parece claro que en las ceremonias de castigo un actor importante es justamente el pueblo, que “reivindica su derecho a comprobar los suplicios, y la persona a quien se aplican. Tiene derecho también a tomar parte en ellos. El condenado, paseado durante largo tiempo, expuesto a la vergüenza, humillado, recordado varias veces su crimen, es ofrecido a los insultos, y a veces a los asaltos de los espectadores”. Bastante reveladora es una cita acerca de cómo, cuando por primera vez se utilizó la guillotina, el pueblo se quejaba de que no veía nada y cantaba: “Devolvednos nuestros patíbulos!” [41]. Resulta poco convincente el planteamiento de Foucault que toda esta sed de espectáculo respondía simplemente a la manipulación del soberano.

El segundo hecho social que también parece pertinente, y difícil de explicar, lo constituye el alto contenido ritual de estos espectáculos de castigo y, en particular, el hecho que si, por alguna razón, el verdugo fallaba, o mostraba torpeza, o hacía sufrir al acusado de una manera no contemplada en el guión previamente establecido, la exigencia de castigo por parte del pueblo se revertía y se convertía en demanda por perdón e incluso en protección del condenado. Esta costumbre estaba tan establecida que varios juristas “insisten en pleno siglo XVIII en el hecho de que el fracaso del verdugo no debe significar para el condenado la salvación de la vida” [42].

Es inevitable la tentación de asociar esto con un tema tan recurrente en la literatura como es el de la venganza ejercida por los hombres como simples representantes de la justicia divina. El hecho que algo fortuito, como puede ser la falla de un verdugo, sea interpretado como una manifestación de la voluntad de los dioses es consistente con la idea relativamente bien documentada como es la estrecha asociación que ha existido siempre entre las prácticas religiosas y los asuntos de azar.  En este sentido, las anomalías en el ritual equivalen a la suerte del condenado que puede interpretarse como la expresión de un perdón superior. Brenner y Brenner (1990) ofrecen varios ejemplos en ese sentido. Se argumenta que en muchas culturas la prohibición de los juegos de azar proviene justamente de allí, pues se perciben como llamados inútiles a la voluntad de los dioses. La palabra lot, de donde se deriva lotería (también en inglés, francés e italiano) tiene la raíz teutónica hleut que era el guijarro que se lanzaba para decidir litigios y divisiones de propiedad. En varios pasajes de la Biblia se usa la suerte para conocer la voluntad de Dios en ciertas decisiones. En Arabia pre-islámica se usaba la suerte (lot casting) para determinar la culpa. Entre los musulmanes se permitía lot-casting para ayudar con las decisiones en los juicios. En el Griego, la palabra dike, que significa justicia, es similar a la que se usa para echar, o lanzar. Una equivalencia similar existe en el Hebreo. En las monedas griegas, la figura de Dike, la diosa de la justicia se funde con la de Nemesis, la venganza y la de Tyche, la diosa se la fortuna. También la palabra play  tiene su origen en el ámbito de la ética, la ley y la religión.

4.4 – La civilidad de Erasmo [43]
El texto De Civilitas forum pueriluim libellus de Erasmo se publicó por primera vez en Basilea en 1530. Escrito inicialmente en latín, el libro tuvo un éxito inmediato. Fue luego traducido, copiado, plagiado o manipulado, y puede considerarse uno de los textos precursores en la propuesta de una pedagogía de los buenos modales. En unas pocas páginas, de manera casual, incluso desordenada, Erasmo da consejos sobre el comportamiento apropiado de los niños en distintas circunstancias sociales -en la mesa, en las reuniones, en los juegos, en la iglesia- o privadas, como acostarse, dormir y levantarse.

En buena medida, el texto de Erasmo suministra el soporte micro analítico, y normativo, al proceso de civilización de las costumbres de Elías, con un enfoque bastante más sociológico que económico: destaca la importancia, para la eficacia de las reglas de comportamiento, que sean interiorizadas de manera individual. Además, propone que este proceso debe hacerse desde la más temprana edad y que el papel de la familia, y de sus hábitos en el ámbito privado, son determinantes de los comportamientos posteriores en la esfera pública.

El libro de Erasmo es innovador en dos aspectos fundamentales. Uno, su auditorio no son los adultos o los jóvenes sino los niños. Dos, no se limita a los hijos de las elites, a los retoños de la aristocracia, sino que pretende llegar a los menores de todas las clases sociales. “Es vergonzoso para quienes son de noble cuna no tener la buena conducta que corresponde a su noble extracción. Aquellos a quienes la fortuna ha hecho plebeyos, personas de humilde condición, hasta campesinos, han de esforzarse tanto más en compensar mediante buenos modales las ventajas que les negó el azar. Nadie elige su país ni a su padre: todo el mundo puede adquirir buen modo y buena conducta” [44].

Para Erasmo era claro que las diferencias en la capacidad de controlar las pasiones, los instintos o las manifestaciones corporales era una de las vías por las cuales se perpetuaban las jerarquías sociales. La verdadera civilitas, consiste entonces en librarse de todos los impulsos, filtrarlos y manifestar tan sólo los sentimientos y expresiones corporales aceptados por la mayoría. En ese sentido la obra buscaba, para acercar a los  individuos, el establecimiento de un vínculo basado en el aprendizaje de un código común de comportamientos.

Un supuesto básico de la obra de Erasmo, que con las propuestas recientes de las neuronas espejo recibe un decidido respaldo y cobra gran actualidad, es que los hábitos de conducta se aprenden ante todo por imitación, gracias a la increíble capacidad de sociabilidad de los niños. Es esa la razón por la que Erasmo privilegia el hogar y la familia sobre la escuela como instancia de formación de las costumbres. Es en el ámbito doméstico donde de forma cotidiana el niño encontrará ejemplos de cómo hacer las cosas. “Si hace en la mesa algo inconveniente, es reprendido y, después de esta advertencia, adopta una actitud concorde con el ejemplo que se le haya presentado. Le llevan a la iglesia y aprende a arrodillarse, a juntar las manitas, a descubrirse y a dar a todo el cuerpo una actitud adecuada a la devoción” [45].

El libro tuvo un éxito considerable desde que se publicó, aunque su influencia fue dispar entre países: las ventas se concentraron de manera excepcional en el norte de Francia, los Países Bajos y Alemania renana. En otros términos, la geografía del triunfo del libro coincide con la de la Reforma protestante. Esta coincidencia no sorprende si se tiene en cuenta el enorme interés de los protestantes por la educación. En ese sentido, sin embargo, hay una contradicción entre las ideas de los  protestantes y las de Erasmo, puesto que para los primeros el niño como criatura nace malo y con inclinaciones hacia el mal. Para eso, sin embargo, la recomendación es consistente con la de Erasmo, puesto que para controlar esos malos instintos, y la peligrosa espontaneidad, se puede recurrir a la pedagogía. Además, puesto que incluso si están condenados al pecado los niños al llegar a la madurez deberán vivir en sociedad, las preocupaciones religiosas no se distinguen de las políticas. Habrá, sin embargo que añadir un elemento a las ideas de Erasmo y es el de la una disciplina, homogénea, que implica la necesidad de que se haga a través de la escolarización, y no sólo en el hogar. En ese sentido el escrito de Erasmo viene a reforzar el tratado De la disciplina e institución de los niños, escrito cinco años antes por el fraile, luego protestante, Otto Brunfels en donde se enuncian de manera minuciosa “las reglas que, desde el momento de levantarse hasta el de acostarse, deben regir no sólo el ejercicio religioso y el trabajo escolar, sino también todos los comportamientos diarios del niño, y que permitirán controlar la utilización que hace de su tiempo” [46].

Con el tiempo, el tratado de Erasmo fue adaptado y acomodado en distintos países. En la mayor parte de esas versiones se desvirtúa la prioridad que se le asigna en la obra original al papel de la familia a favor de la escolarización. El término Civilidad se convierte en algunas publicaciones en Civilidad Cristiana. La idea básica de Erasmo tuvo tanta influencia y mostró ser tan poderosa que permitió variaciones, ampliación del auditorio hacia los jóvenes, y adaptaciones casi infinitas de las cuales una muestra diciente es la publicación, en 1714 por la Veuve Garnier de La civilidad conveniente para la instrucción de los Niños en la que se pone al principio la manera de aprender a leer, pronunciar y escribir bien; de nuevo corregida, y aumentada al final con un buen Tratado para aprender bien la Ortografía. Compuesta por un Misionero. Contiene asimismo los buenos Preceptos  y enseñanzas para instruir a la juventud a conducirse bien en toda clase de compañías.

Con el ánimo de ilustrar que esta idea de civilización de las costumbres, de domesticación de los instintos, no es algo exclusivo a la cultura Europea, vale la pena citar las anotaciones hechas por un observador suizo, Moisés Bertoni, sobre las formas de educación de los guaraníes, en la zona del Alto Paraguay, a principios del siglo XX, en una región en dónde aun sobrevivían sin influencia occidental los últimos vestigios de esta cultura.

“El dominio sobre sí mismo era enseñado con grande empeño: siempre hay algo espiritual que domina en todas partes las manifestaciones de esta raza, y el secreto para comprenderla está precisamente en saber penetrarlas por ese lado, lo cual no es fácil. El aludido rasgo general de la índole y modo de ser de los guaraníes es el dominio sobre sí mismo. Dominio de todas las pasiones y aún de los sentimientos más naturales y apreciables, dominio de los deseos, dominio de la expresión del dolor y de todas las penas y contrariedades, dominio de la expresión y de la palabra, dominio en todo. Si hay una cosa que a los niños sólo se puede enseñar con el ejemplo, es el dominio sobre sí mismo. Jamás la infancia podría comprender el motivo, el valor y la necesidad de ese dominio, y lo que no puede ser comprendido no puede ser dicho. La actitud general, o la acción especial, debe preceder en este caso a toda explicación. Los niños eran excluidos de las reuniones públicas y de las fiestas y bailes. Las mujeres siempre hacen uso de expresiones moderadas y enseñan a los niños de ambos sexos que hagan uso de ellas. El dominio sobre el deseo de comer era igualmente enseñado en la infancia, evitando que esta cayese en el vicio de la gula, y obteniendo doble resultado: evitar la mortalidad infantil y prolongar la vida. Desde temprano aprendían a no excederse, no solamente, sino en caso de necesidad privarse de casi todo.  El dominio de los sentidos y de los propios deseos, tan notable en los antiguos como en los actuales, tiene una gran facilitación en la organización social y económica de los guaraníes. Dominaban también los dolores físicos, ocultándolos, facultad que depende del domino de sí mismo. Notable es también la resistencia a los sufrimientos morales….Criado según hemos visto y formado en hábitos de voluntad individual, impregnado de espíritu de dignidad y en extremo susceptible, el indio guaraní no admite nunca imposiciones y no hace nunca sino lo que quiere hacer. Existe una frase que traducida al castellano dice: “lo que no está en mi voluntad de hacer y modo de ser, no lo haré”. Frase terminante, absoluta, contra la cual resulta vana toda imposición, toda fuerza, toda amenaza, ni el inminente peligro de perder la vida” [47].


5 – NORMAS Y COMPORTAMIENTO
5.1 - Teoría social e individualismo metodológico
Desde hace más o menos un siglo, la economía ha recibido, principalmente desde la sociología, dos críticas fundamentales. En primer lugar, su deficiencia institucional. El haberle asignado al marco normativo un papel secundario en el análisis teórico ha conducido a una comprensión relativamente precaria de las instituciones. Aún de aquellas consideradas primordiales para el funcionamiento de la economía, como la empresa, o el mercado, que en últimas continúa siendo una construcción teórica, más normativa que positiva. Al respecto vale la pena transcribir la opinión de Ronald Coase para quien resulta verdaderamente “sorprendente, dado el interés del economista por el sistema de precios, su escaso interés por el mercado o más específicamente por los arreglos institucionales que gobiernan los procesos de intercambio. A los antiguos países comunistas se les recomienda moverse hacia una economía de mercado, y sus líderes quisieran hacerlo, pero sin las instituciones adecuadas ninguna economía con un mercado de alguna significancia es factible. Si conociéramos mejor nuestra economía estaríamos en una mejor posición para hacer recomendaciones”  [48]. En segundo lugar, se ha señalado su deficiencia en cuanto modelo adoptado para explicar el comportamiento humano. En particular, se ha criticado el haberse estancado en la psicología utilitarista de Bentham sin lograr desarrollar una teoría positiva del comportamiento con más contenido empírico y con mayor capacidad para incorporar las críticas y los avances de las demás disciplinas interesadas en el estudio de la acción individual.

También es pertinente referirse a la larga oposición de la sociología al postulado teórico fundamental de la economía, el individualismo metodológico. De acuerdo con este supuesto básico de trabajo cualquier fenómeno social debe entenderse como el resultado de las acciones e interacciones de los individuos. Los únicos sujetos de comportamiento son los mismos individuos, no los grupos, y sólo a ellos se les debe reconocer capacidad de acción con propósito. Por mucho tiempo hubo relativo acuerdo entre los sociólogos para señalar que el enfoque individualista no podía constituir un buen punto de partida para el análisis de la sociedad. Los antecedentes de esta visión se sitúan en el mismo Durkheim quien, preocupado por establecer un campo autónomo para la sociología como disciplina, rechazaba la visión individualista y utilitarista de la economía, afirmando que “la sociología no puede basarse en una teoría que trata al individuo como el punto de partida del análisis” [49]. Parte del sentimiento anti-individualista sobrevivió en la sociología moderna con el relanzamiento de las ideas de Durkheim por parte de Talcott Parsons.

En la demarcación de los límites entre la sociología y la economía Vanberg (1994) señala como desafortunado el hecho de haberse confundido un asunto sustantivo, la definición de una agenda de investigación, con un criterio metodológico, la adopción o rechazo del individualismo como punto de partida de la teoría. Así, la sugerencia tanto de Durkheim como de Parsons de orientar la sociología al estudio de las instituciones, de su génesis y de su funcionamiento, quedó por mucho tiempo lamentablemente asociada con la noción del rechazo al individualismo como teoría útil para su estudio.

La necesidad de coordinar esfuerzos para comprender la interacción entre el comportamiento individual, las instituciones y los hechos sociales es un tema cada vez más recurrente en trabajos provenientes de varias disciplinas. En los años cincuenta, algunos sociólogos empezaron a defender la conveniencia de adoptar un enfoque individualista e integrar los aportes de distintas ciencias sociales. Así, sobre la base del conductismo de Skinner, teoría psicológica del comportamiento que consideraba en esencia similar a los planteamientos de la economía, Homans propuso una teoría social basada en el intercambio [50]. En las mismas líneas James Coleman (1990) propone que el estudio de los sistemas sociales debe basarse en el análisis detallado de las relaciones a nivel de los individuos, para quienes adopta el supuesto de actor racional, típico de la economía: “las personas actúan intencionalmente en persecución de una meta, meta que (como las acciones) viene determinada por valores o preferencias” [51]. En la ciencia política se menciona a Anthony Downs como precursor, en los años cincuenta, del enfoque económico para el estudio de la democracia. Para Europa, se señalan en el mismo sentido de adoptar el enfoque económico los trabajos de Pierre Boudon [52].

Un aspecto crítico para la economía, y el AED, es que la superación de sus principales deficiencias debe emprenderse de manera conjunta con las demás disciplinas, y pasa necesariamente por su adecuada integración con las ciencias sociales y las ciencias naturales. Para el mismo Durkheim era claro, por ejemplo, que la comprensión de las instituciones, y con mayor razón el esfuerzo por mejorar su diseño, requería del adecuado entendimiento de la capacidad humana de adquirir hábitos y costumbres, aspecto inherente a una teoría adecuada del comportamiento, teoría que no puede ser incompatible con lo que se sabe de psicología, o de funcionamiento del cerebro.

De la misma manera como, para algunos analistas, el limitado alcance de la sociología clásica para consolidarse como la ciencia de las instituciones, tuvo que ver con un prejuicio metodológico -la insistencia en rechazar a toda costa el individualismo- la economía neoclásica se estaría negando la posibilidad de un desarrollo más prometedor al limitar el individualismo metodológico al modelo de elección racional sin contemplar la posibilidad de comportamientos regidos por los hábitos, las costumbres y el seguimiento de reglas.

5.2 – El modelo de seguimiento de reglas
Aunque dentro de la economía y el AED, la noción de la elección racional puede considerarse el enfoque predominante, es difícil encontrar dentro de las demás ciencias sociales algo que se acerque a un paradigma del comportamiento humano. A pesar de lo anterior, vale la pena detenerse a analizar lo que podría considerarse una visión alternativa, enmarcada en la tradición de la sociología clásica, como es el modelo del homo sociologicus caracterizado por un mayor énfasis en la adhesión a las normas, al seguimiento de reglas, o rule-following, como factor determinante de las conductas.

Son dos los elementos que pueden considerarse inspiradores de esta visión sociológica alternativa al modelo de la elección racional. El primero de ellos, teórico, tiene que ver con el postulado que el problema hobbesiano del orden social no tiene una solución teórica aceptable basada en la satisfacción individual de los intereses particulares. Lo que diversos analistas consideran un claro desinterés de la economía por los conflictos, y en general por el problema del orden, contrasta drásticamente con el de los sociólogos clásicos para quienes esta fue tal vez su principal preocupación. Talcott Parsons, en The Structure of Social Action,  argumenta que el origen de tal desinterés por el orden social, que en su opinión constituye el principal problema teórico del pensamiento utilitarista, proviene de la progresiva transformación de una idea normativa en un postulado positivo. Este proceso se habría dado con la aceptación de las ideas de Locke, quien consistentemente minimizó el problema de la conflicto y la inseguridad, y el virtual olvido de las reflexiones de Hobbes para quien, por el contrario, un corolario directo del postulado de racionalidad era el de todos los individuos buscando poder sobre los otros, o sea un estado de guerra permanente bajo el cual la vida se torna “solitaria, pobre, embrutecedora, sucia y corta”.

El segundo elemento, más empírico, que ha servido de impulso a la búsqueda de un modelo alternativo a la elección racional tiene que ver con la dificultad para explicar todas las instancias de adhesión a las normas -o el cumplimiento de leyes, reglas y convenciones sociales- que de hecho se observan, como el simple resultado de elecciones racionales basadas en cálculos caso por caso. Parece claro que un orden social como el que en realidad existe en virtualmente cualquier comunidad no sería viable si únicamente se obedeciesen las reglas en los casos en que tal cumplimiento fuese el resultado de una elección racional.

Dentro del debate de los sociólogos clásicos con el individualismo metodológico sobresale el desafío al supuesto que la principal fuerza de cohesión en las relaciones sociales descansa exclusivamente sobre las ventajas mutuas del intercambio económico. La crítica recurrente de Durkheim al utilitarismo era la omisión del sistema de reglas, o al menos la escasa importancia otorgada al hecho de que las relaciones contractuales y las transacciones están siempre inscritas en un entorno normativo. Durkheim argumentaba que la tarea de la sociología era precisamente el estudio de los hechos sociales, entendidos como fuerzas y estructuras externas al individuo y, además, coercitivas. La observación que detrás de los esquemas más sencillos de intercambio está el soporte de una larga cadena de arreglos normativos que los hacen posibles ha sido explícitamente reconocida no sólo por las vertientes institucionalista y neo-institucionalisas de la economía, sino aún por destacados pensadores de la escuela neoclásica, como Keneth Arrow. "Las acciones de comprar y vender a través de ofertas de propiedad son únicamente a un nivel superficial acciones individuales. Ellas reflejan toda una serie de instituciones sociales, y con instituciones diferentes la gente podría llegar a tener control sobre cualquier tipo de propiedad. La noción misma del control sobre nuestra propiedad solamente adquiere un significado a través de las regulaciones de la sociedad" [53].

La crítica de los sociólogos clásicos al individualismo metodológico es esencialmente una objeción a un postulado teórico que, al concentrarse en el sistema de incentivos particular a cada situación, tiende a ignorar la importancia de los comportamientos que, guiados por una tendencia genuina a obedecer o cumplir ciertas normas, facilitan el orden y, en general, la cooperación entre individuos. Para este elemento normativo del comportamiento se destaca la importancia de la socialización, entendida como un proceso a lo largo del cual, mediante la interacción con el entorno social, los individuos aprenden a adherir a las normas. Para diferenciar este proceso de una posible respuesta utilitarista y racional al sistema de sanciones que podría conducir al mismo resultado de seguimiento de unas reglas, Parsons apela a la noción de internalización de las normas, de acuerdo con la cual la voluntad de cumplirlas se torna independiente de las sanciones externas y se transforma en parte integral del carácter de la persona.

5.3 - ¿Qué son las instituciones?
Bajo el denominador común de instituciones se ha agrupado un amplio conjunto de sistemas de reglas que regulan la vida social y, en particular, que resuelven problemas de coordinación dentro de los cuales se destacan los frecuentes dilemas entre las acciones individuales y las colectivas.

Mary Douglas (1986) hace énfasis, para definir las instituciones, en el aspecto de su legitimidad. Tanto la economía neoclásica como el AED han destacado como papel primordial, y casi  exclusivo, de las instituciones la búsqueda de la eficiencia. La Nueva Economía Institucional (NEI) ha señalado lo inadecuado que resulta para explicar la persistencia, en diversas sociedades y distintas épocas, de instituciones económicamente ineficientes [54]. Años atrás, los viejos institucionalistas señalaban la existencia en ciertas sociedades de ceremonias o rituales que, aunque útiles para forjar la cohesión social, eran ineficientes. La noción de una sociedad ceremonial opuesta al cambio tecnológico y con un marcado sesgo anti económico tampoco es nueva [55].

Vale la pena, por lo tanto, mencionar algunas características de las instituciones no directamente relacionadas con la eficiencia. Desde los años treinta, en un artículo sobre economía y conocimiento, Hayek argumentaba que, al adoptar el supuesto de un agente racional con capacidad cuasi infinita de cálculo, la economía le había restado importancia a lo que, según él, debería ser una de sus principales preocupaciones: la comprensión de cómo se adquiere y se comunica el conocimiento. La percepción del mundo se basa, de acuerdo con Hayek, en instituciones: en sistemas pre-existentes de clasificación a la luz de los cuales se interpretan los objetos y los eventos. Más recientemente, la NEI también ha destacado la importancia de la ideología, entendida como los acuerdos sociales acerca de cómo se procesa la información sobre el entorno. El papel de las instituciones en el problema básico de permitir que se comparta una visión conjunta de los hechos, de definir la realidad, ha sido reconocido por varias disciplinas. Dentro de la sociología, se plantea como indispensable la distinción entre los sistemas de reglas regulativas -aquellas percibidas por los actores como reglas objetivas y externas que configuran un sistema de incentivos y penalizaciones- y aquellos de reglas constitutivas, las que configuran la identidad de los actores. Además, se reconoce que estas últimas anteceden y prefiguran las primeras [56].

Para Douglas (1986), en el mismo sentido, las instituciones cumplen un papel fundamental naturalizando los sistemas sociales de clasificación. “Se requiere de una analogía por medio de la cual la estructura formal de un conjunto crucial de relaciones sociales se encuentre en el mundo físico, o en el mundo sobrenatural, o en la eternidad, o en cualquier parte, siempre que no se vea como un arreglo socialmente impuesto. Cuando la analogía se aplica una y otra vez, entre un conjunto de relaciones sociales, entre estas y la naturaleza, su estructura formal recurrente se reconoce fácilmente y se convierte en una verdad que se auto valida”  [57]

Adicionalmente, Mary Douglas señala que las instituciones contribuyen a la clasificación de la estructura social, legitiman los comportamientos y, sobre todo, sirven de soporte para tomar ciertas decisiones cruciales, de vida o muerte. “Los individuos, en momentos de crisis, no tomarán decisiones de vida o muerte por sí mismos. Quién debe salvarse y quién debe morir es algo que sólo puede ser resuelto por las instituciones…la racionalización individual no puede resolver este tipo de problemas. Una respuesta sólo se percibirá como correcta si incorpora la reflexión institucional que está ya en las mentes de los individuos que tratan de decidir” [58].  

5.4 – La lógica de las reglas
Con frecuencia, los economistas han argumentado que el seguimiento de normas es fácilmente reducible a la elección racional. Teniendo en cuenta que las normas se sostienen con sanciones, el hecho de cumplirlas estaría simplemente reflejando el efecto de la amenaza de la sanción. Así, en el fondo, el seguir las normas no sería más que un caso particular de la elección racional. Para refutar este argumento, Elster [59] hace dos aclaraciones. La primera es que con frecuencia se observa que la gente adhiere a las normas aún en ausencia de cualquier observador que pudiera sancionarlas. La segunda anotación tiene que ver con la cuestión de por qué alguien estaría interesado en aplicar sanciones. Para esta ingrata tarea del vigilante, o mejor el verdugo, Coleman (1990) señala que se trata de un bien público de segundo orden: los costos de la acción son asumidos privadamente mientras los beneficios recaen sobre toda la comunidad; así, en principio no habría individuos racionales dispuestos a asumir este papel. Si en estos casos se actúa siguiendo una metanorma –sancionar a quien viola una norma de primer orden- se plantea de nuevo la pregunta si esta es o no una acción racional.

De acuerdo con Vanberg (1994), una de las principales limitaciones del modelo de elección racional tiene que ver con la interpretación del comportamiento humano como una secuencia de decisiones singulares. Esta tendencia a examinar las conductas en cadena, con elecciones caso por caso, hace difícil el análisis de lo que, por el contrario, se puede considerar una tendencia genuina a adoptar ciertas reglas y normas para la acción. Parecería haber una tensión fundamental entre la noción de elección y la de seguir una regla, en el sentido que la última opción implica la idea de un comportamiento pre-programado.

Para la economía, las normas y las reglas se asimilan por lo general a los factores externos que restringen la elección y que actúan de manera similar a las restricciones de precios o de ingreso. Bajo la perspectiva de un modelo caso por caso, el cumplimiento de una regla se daría tan sólo cuando de las condiciones peculiares de cada situación surgiera el dictado racional de obedecerla. Los casos de obediencia cuando la violación de la norma fuera la elección que maximiza la utilidad estarían descartados. Este parece ser un supuesto demasiado fuerte para dar cuenta de la gran cantidad y variedad de instancias en las cuales es clara, por el contrario, una disposición de los individuos a cumplir ciertas normas sin entrar a analizar, en todas y cada una de las situaciones, si conviene obedecerlas o no.

Algunos economistas recomiendan no negar la relevancia de estas dos aproximaciones rivales del comportamiento. Hayek, por ejemplo, afirmaba que el individuo es tanto un animal que sigue reglas como uno que busca propósitos en su acción [60]. El mismo Gary Becker, uno de los principales promotores del enfoque económico del comportamiento humano, ha planteado la necesidad de incorporar el llamado capital social, o sea el conjunto de normas y convenciones sociales que facilitan la acción colectiva, dentro de la función de preferencias de los individuos. Así ni la perspectiva económica, ni la sociológica clásica, parecen suficientes por sí solas para dar cuenta de manera sistemática de lo que parecen ser dos características fundamentales de los individuos: la respuesta a los incentivos y también la tendencia a seguir reglas.

Vanberg (1994) plantea que la adhesión a ciertas normas, que es un rasgo innegable del comportamiento humano, no necesariamente resulta de una regularidad del sistema de incentivos que haga que seguir la norma constituya en todos y cada uno de los casos la elección racional. Refleja más bien el hecho que el actor individual no siempre decide caso por caso sino que parecería dispuesto, o pre-programado, para actuar de determinada manera en cierto tipo de situaciones. La observación anterior no necesariamente implica, según él, negar el individualismo. La elección puede continuar orientada por la satisfacción del interés individual. Precisamente la ventaja de seguir una regla surge de ahorrarse el cálculo de los beneficios y costos de la acción en cada situación particular. El seguimiento de reglas, en últimas, reduce los costos de las decisiones con relación a la elección caso por caso. Así, la adopción de una regla puede estar basada en una comparación de las ventajas potenciales de distintos patrones de comportamiento y que las costumbres, los hábitos y las prácticas corrientes se adoptan precisamente por que son ventajosas para el actor. Distingue tres vías a través de las cuales la adhesión a ciertas reglas, entendidas como comportamientos pre-programados, puede resultar conveniente para el individuo: (i) por selección natural y evolución genética (ii) por aprendizaje habitual y no consciente y (iii) por una decisión deliberada y consciente de adoptarlas. Anotando que deja de lado las regularidades innatas toma como un dato exógeno la naturaleza humana y centra el análisis en la comprensión de los factores que determinan la adopción consciente de reglas de comportamiento. Al respecto, señala como requisito para la adhesión a ciertas normas la existencia de ventajas globales de largo plazo derivadas de su adopción. Estas ventajas podrían surgir por tres vías: los costos de decisión, el riesgo de errores y el problema del compromiso previo.

El asunto de la adopción de reglas de comportamiento como mecanismo para reducir los costos de las decisiones con relación a la elección caso por caso ha jugado un papel importante en la reflexión sobre las instituciones.  Algunos antropólogos [61] han planteado que las instituciones serían un análogo cultural, y un sustituto, de los instintos naturales. Dada la mayor capacidad, y flexibilidad, de la especie humana para adaptarse al entorno y a las situaciones cambiantes se da, con relación a otras especies más programadas por el instinto, una mayor variedad de comportamientos y por lo tanto una mayor incertidumbre con relación a las acciones de los demás. La idea que la especie humana está menos pre-programada por los instintos ha sido desafiada por la psicología evolucionaria. Retomando los planteamientos de William James, se señala que, por el contrario, es justamente el estar pre-programada para una mayor variedad de comportamientos instintivos lo que ayudaría a explicar su enorme capacidad de aprendizaje.

Esta variabilidad impone costos en las decisiones relacionadas con respuestas ante la actuación de terceros. Las instituciones, entendidas como rutinas de comportamiento socialmente compartidas ayudarían a disminuir los costos asociados con la incertidumbre del comportamiento tanto de alter como de ego. Así, la adhesión a ciertas reglas, repertorios limitados de conductas, permitiría liberar recursos, como tiempo y energía, que en caso contrario deberían dedicarse a analizar una gama muy amplia de acciones y a decisiones caso por caso.

La segunda vía por la cual se ha considerado que la adhesión a las normas disminuye los costos con relación a las decisiones caso por caso tiene que ver con la reducción de los riesgos asociados con las malas decisiones. El supuesto de racionalidad en la toma de decisiones se defiende con frecuencia con el argumento que la gente aprende a tomar las decisiones correctas. Sin embargo, se ha señalado que este proceso de aprendizaje no siempre es espontáneo y requiere de ciertas condiciones. Son varios los factores que pueden llevar a que falle el proceso de retroalimentación necesario para este aprendizaje: (i) los resultados de las decisiones muchas veces se retrasan y no siempre se pueden atribuir a decisiones particulares; (ii) la variabilidad del entorno degrada la confiabilidad de la respuesta, sobre todo cuando se mezclan eventos de baja probabilidad de ocurrencia; (iii) con frecuencia no existe información sobre cual habría sido el resultado con una decisión diferente y (iv) muchas decisiones importantes son únicas y ofrecen pocas oportunidades para el aprendizaje  [62].

En este contexto, la adopción de una regla de comportamiento, algo tan elemental como actuar de acuerdo con lo que se acostumbra hacer en casos similares, puede conducir a una situación con menor riesgo, o por lo menos con menos consecuencias negativas en caso de un error en la decisión. Esta dimensión de la relevancia de las reglas como guías de la acción individual está relacionada con el papel ya señalado que le asigna Mary Douglas  a las instituciones, el de suministrar apoyo ante las decisiones cruciales.

La tercera razón por la cual la adhesión a las normas puede implicar un patrón más favorable de resultados para el actor tiene que ver con lo que se ha denominado el problema del compromiso previo (precommitment problem), concepto que se utiliza para agrupar todos aquellos casos en los cuales la consistencia de las elecciones a lo largo del tiempo es un requisito para el logro de ciertos objetivos deseables. Tal es el caso cuando los beneficios de acciones sucesivas son precisamente una consecuencia de haber adherido a una regla, de haber adoptado un patrón de comportamiento fijo. El Ulises y las Sirenas de Jon Elster constituye el ejemplo típico de este tipo de situaciones.  

5.5 – Reglas y comportamiento individual. Las instituciones voraces
Un aspecto subestimado por el modelo de elección racional tiene que ver con el comportamiento de los individuos adscritos a una organización, al interior de la cual se siguen unas normas y reglas de conducta minuciosamente establecidas. En tales casos, el supuesto más parsimonioso de comportamiento será el del seguimiento de reglas –las definidas por la organización- y una decisión crucial que se debe explicar para cualquiera de sus integrantes individuales será la de su ingreso o adhesión a la organización.

En este contexto, lo que muchas veces se busca infructuosamente explicar como una acción individual –un fanático que se suicida en un atentado con una bomba, o un guerrillero que participa en un secuestro colectivo- es más esclarecedor descomponerlo como una secuencia de dos acciones. La primera, individual, tiene que ver con la decisión de ingresar a un grupo. La segunda debe entenderse como la típica adopción de una norma, algo que se espera hagan los miembros de ese grupo. Así, si se piensa, por ejemplo, en la existencia de un club de infractores de la norma X, sería poco razonable no desmenuzar una acción ilícita de cualquiera de sus integrantes en sus dos componentes básicos: la decisión de afiliarse al grupo, que puede tener ciertos determinantes, y la infracción propiamente dicha que no es sino la consecuencia obvia de tal afiliación. Este tipo de situaciones son innumerables en la vida real: el joven que ingresa a una pandilla en la cual “lo que se hace” es vestirse de determinada manera, o pintar graffitis, o destrozar cabinas telefónicas; o el empleado de una empresa dónde la tradición es no emitir facturas ni cobrar el IVA; o el funcionario de una oficina pública donde lo usual es cobrar una mordida; o el militante de un grupo fanático que se caracteriza por inmolarse, o por los atentados suicidas. Todas ellas, de interés para el derecho, e infructuosamente se tratan de explicar como decisiones individuales aisladas.  No es una simple coincidencia que en algunas de estas circunstancias, para evitar tal tipo de acciones, sea la de negociar o buscar un pacto colectivo con el grupo.

De particular interés para este escenario es el caso extremo de lo que Lewis Coser (1978) ha denominado las instituciones voraces, entendidas como grupos u organizaciones que demandan una adhesión absoluta de sus miembros. Las instituciones voraces son las que “exigen una lealtad exclusiva e incondicional …sus demandas respecto a la persona son omnívoras” [63]. Sin detenerse en los casos basados en la coacción externa –asilos, ancianatos, hospitales psiquiátricos o cárceles- Coser analiza instituciones de adhesión voluntaria, que “se caracterizan por la presión que ejercen sobre sus componentes individuales para debilitar sus vínculos e impedir que establezcan otros con distintas instituciones”  [64]. Sugiere varios mecanismos a través de los cuales se puede llegar a la situación del individuo fagocitado por una organización: (i) ofrecer seguridad económica a los desposeídos -“quienes carecen de bienes de fortuna son instrumentos más dóciles que quienes poseen propiedades o riquezas” [65]; (ii) eliminar los lazos territoriales y familiares, en particular impidiendo que los miembros -como los eunucos o el clero célibe- puedan tener descendientes; (iii) limitar la autonomía y la intimidad, entendida como la capacidad de eludir la observación externa y la vigilancia, tal sería el caso de los empleados y sirvientes domésticos que, viviendo en el domicilio de los patrones sacrifican su libertad e intimidad y (iv) suministrar una ideología que legitime la sumisión: “una relación asimétrica que conduce a la absorción de la personalidad de una de las partes por otra parte voraz sólo puede mantenerse cuando está justificada y fundamentada ideológicamente, de tal suerte que quienes son absorbidos consideran justo y apropiado que así ocurra” [66].

La combinación de estos factores puede llevar a la formación de grupos cuyos integrantes, a veces rechazando de plano otras normas sociales, proclaman su adhesión a un conjunto especial de valores y reglas de conducta. Coser analiza ejemplos de distintos tipos de sectas y algunas colectividades militantes, como los jesuitas y los leninistas.

De particular interés para el tema general de la manipulación de los instintos como mecanismo de cohesión está la configuración de una amenaza externa  y la orientación de la sexualidad en contra del establecimiento de una familia. “La lucha contra los enemigos internos fortalece la cohesión de los fieles que han sobrevivido el proceso de purificación. Por esta razón a menudo la secta inventa deliberadamente enemigos internos para reforzar su solidaridad y se lanza a una búsqueda de traidores ocultos” [67]. Constrastando el celibato impuesto en las comunidades religiosas con la promiscuidad promovida entre los militantes bolcheviques Coser señala que, aunque opuestas, tales prácticas sexuales cumplen la misma función de eliminar la posibilidad de vínculos estables que compitan con la organización y lograr lealtad y adhesión absolutas.

6 – COMPORTAMIENTO Y EVOLUCION NATURAL
6.1 – Del darwinismo social al neodarwinismo  [68]
Parece extraño plantear una asociación entre la evolución natural y la conducta individual, sobre todo cuando lo que interesa es el análisis del comportamiento ante la ley. El derecho es una creación humana mientras que la biología viene determinada por fuerzas externas. Los avances de las tres últimas décadas en la comprensión del ser humano como especie animal y en particular ciertos avances neurológicos, que impiden rechazar la idea de una base biológica de ciertas conductas, hacen indispensable replantear esta relación. 

En los últimos dos siglos se pueden distinguir dos períodos de influencia del darwinismo sobre las ciencias sociales. La primera época, llamada del darwinismo social  va desde mediados del siglo XIX hasta la primera guerra mundial. La segunda etapa iría desde los años setenta hasta la actualidad. Su desarrollo reciente ha sido notorio en campos muy variados que van desde la biología evolutiva, la etología, la sociobiología hasta la  llamada psicología evolucionaria [69], que ya se puede considerar una disciplina social. El primer darwinismo, también conocido como el spencerismo fue muy popular en la segunda mitad del siglo XIX. Su promotor, Herbert Spencer fue tal vez uno de los pensadores sociales y políticos más influyentes y respetados de su época. Bajo esta visión, se postulaba la existencia de la selección no sólo individual sino de grupo y, además, se suponía que las características adquiridas se transmitían hereditariamente. El primer gran desafío al spencerismo vino de los desarrollos de la genética de Mendel, quien desacreditó la idea de que los rasgos aprendidos se podían heredar. El segundo ataque provino de la sociología, y en particular de Durkheim, quien planteó que el hecho social era un sistema autónomo que debía explicarse sólo con otros hechos sociales.

Por otro lado, la naciente antropología avanzó la idea de la cultura como algo exclusivamente humano, libre de las restricciones biológicas. Lo cultural se supuso que era el simple producto del aprendizaje social, que venía de afuera a formar la mente humana, que era básicamente una tabula rasa. Posteriormente, obras muy difundidas y populares como la de Margaret Mead contribuyeron a consolidar la idea del determinismo cultural, que venía como contraposición al determinismo biológico. El debate naturaleza versus crianza se inclinó definitivamente a favor de la segunda. El marxismo, por su parte, reforzó esta tendencia. Durante la mayor parte del siglo XX las ciencias sociales se separaron por completo de la biología y la evolución. En la actualidad persiste la idea de que el uso de la biología para el estudio de la cultura es algo reduccionista y políticamente reaccionario. Persiste una especie de tabú con el que se rechazan planteamientos o teorías no por fallas en su consistencia, o con base en la evidencia, sino simplemente porque van en contra de ciertos postulados normativos dominantes en las ciencias sociales.

Por los años setenta la biología dio un paso importante al poder empezar a explicar la selección de grupo y avanzar en la comprensión del comportamiento social de las especies, incluyendo la especia humana. Se lanzó la idea de que la selección natural promueve no sólo la supervivencia y reproducción de los individuos sino de sus parientes cercanos, los que comparten su herencia genética. Con la publicación de la Sociobiología de Edmund Wilson en 1975 renació el interés por adicionar un elemento biológico a la explicación de los comportamientos humanos. Las ideas básicas de este nuevo esfuerzo son dos. Uno, que las condiciones biológicas y genéticas afectan la percepción y el aprendizaje de los comportamientos sociales. Dos, que el entorno y la experiencia determinan el comportamiento, pero en combinación con ciertas restricciones impuestas por lo que se podría llamar naturaleza humana. La más importante de estas restricciones es la necesidad de supervivencia y de reproducción del código genético. En otros términos, se plantea que la biología, el entorno y el aprendizaje son factores mutuamente interdependientes y que no parece razonable excluir por completo alguno de ellos en la explicación del comportamiento. La herencia de los primates interactúa permanentemente con las adquisiciones culturales o las conductas individualmente aprendidas. En últimas, el comportamiento económico, social, político o ante la ley, puede verse como “una altamente inusual y extremadamente poderosa adaptación de un especie inusual en lugar de una emancipación total de los procesos y los límites naturales” [70].

En la tendencia actual a incorporar elementos biológicos o naturales en las explicaciones del comportamiento humano se pueden distinguir tres dimensiones. Está en primer lugar el análisis de los condicionantes biológicos del ser humano como especie: cuales son los elementos de la naturaleza humana que, como resultado de la adaptación de la humanidad al proceso de evolución, contribuyen a la explicación de ciertas conductas. De particular relevancia para la comprensión de la relación entre los estímulos externos y la acción individual están los aportes de las ciencias dedicadas al estudio del cerebro. En segundo término, y reconociendo la cercanía del ser humano con otras especies, como los mamíferos y los primates, están los aportes de disciplinas como la etología, o la primatología, que permiten establecer paralelos entre el comportamiento animal y las conductas humanas.  Está por último la consideración de posibles diferencias biológicas entre los individuos. Estos factores, relacionados con peculiaridades físicas, hormonales, cerebrales, del metabolismo, en forma conjunta con el entorno cultural, y los rasgos instintivos de la especie humana, ayudarían a dar cuenta de ciertas conductas en determinados individuos. En esta sección se concentra la atención en la primera dimensión.

Masters (1994), ofrece varios argumentos en contra de la idea difundida de que el enfoque biológico del comportamiento implica necesariamente determinismo y pérdida de libertad. Señala en primer lugar que las ciencias de la evolución son más una historia de características probables de poblaciones de organismos que trayectorias perfectamente predecibles de astros. En segundo lugar, que la comprensión de la evolución ha llevado a entender mejor las peculiaridades de la raza humana, con énfasis en la capacidad única para controlar los comportamientos sociales y simultáneamente, modificar el entorno de forma no lograda ni de cerca por otra especie. Por último, señalando que las políticas públicas que no han tenido en cuenta la naturaleza humana pueden tener costos ocultos, cuando no efectos desastrosos.

6.2  – Cerebro y acción [71]
Durante los últimos años, los neurólogos han desarrollado técnicas para examinar de forma directa la actividad el cerebro de los organismos, mientras estos ejecutan acciones específicas. Ha sido posible crear un mapa, en el que cada a cada área del cerebro se le atribuye una función específica. Las diversas técnicas de imágenes neuronales, sumadas al desarrollo de la psicología experimental, la psicología comparada y las ciencias de la evolución, han permitido no solamente entender el funcionamiento del cerebro humano, sino comparar su funcionamiento con el de otras especies y, por consiguiente, comprenderlo en términos de su evolución. De esta manera, se ha comprendido que la conducta humana, en conjunto, es el resultado de una combinación entre predisposiciones genéticas (la naturaleza) y lo que aprendemos a través de la experiencia (la crianza). Estos dos elementos moldean la maduración del cerebro y, en general, determinan el comportamiento de cada individuo.

Tradicionalmente, occidente se ha preciado de su herencia racionalista. En la filosofía y en las ciencias se defienden los modelos teóricos regidos por la lógica y la argumentación. Los argumentos aceptados son los replicables, entendibles, poco intuitivos y estrictos. La racionalidad, como lo muestran los supuesto heroicos de los economista, se ha sobrevalorado. Gazzaniga (1998) relata la anécdota de un estudiante de MIT que luego de una conferencia sobre el tema de la racionalidad limitada afirmaba decepcionado que estaba avergonzado de la especie humana.  Se ha pretendido que la conducta humana se puede explicarse a partir de este simple criterio. Así, las conductas que obedecen, por ejemplo, a impulsos, instintos o pasiones se omiten de los programas de investigación de las ciencias sociales, que por esta vía se han distanciado de las ciencias biológicas. Las explicaciones biológicas, que contemplan la posibilidad de que los instintos afecten la conducta humana, no tienen buena acogida.

En síntesis, en la actualidad no es viable emprender un análisis sistemático del comportamiento humano sin tener en cuenta los avances en la comprensión del funcionamiento del cerebro, avances que, a su vez, han estado enmarcados en un esfuerzo interdisciplinario por entender cómo evolucionó “la más sofisticada de las máquinas imaginables” [72]. Sería necio desconocer la pertinencia de este esfuerzo basado en evidencia convergente de disciplinas tan disímiles como la genética, la historia geológica de la tierra, el estudio del comportamiento animal así como trabajos anatómicos y fisiológicos de los cerebros de distintas especies. De este programa de investigación han surgido tres grandes temas de interés para la comprensión del comportamiento humano. Uno, el papel fundamental del cerebro es servir de amortiguador (buffer) contra las variaciones del entorno; dos, cada avance en la evolución del cerebro ha tenido un costo y tres, su evolución hasta la complejidad que se observa en la actualidad dependió del establecimiento de la familia como unidad básica para la socialización y la reproducción.

Uno de los problemas básicos que enfrenta cualquier organismo viviente es el de como encontrar alimento y evitar el peligro en un entorno cambiante. Se debe aquí destacar cómo al nivel más básico del análisis del comportamiento, en biología se hace una diferencia explícita entre la función de buscar recursos y la de evitar el peligro. El supuesto, más normativo que positivo, de la economía en el sentido que estas dos funciones se pueden reducir a una misma dimensión es uno de los mayores obstáculos auto impuestos por esta disciplina tanto para entender el comportamiento humano como para analizar el derecho, una de cuyas primordiales funciones ha sido, precisamente, la de proteger del daño.

Un elemento básico del comportamiento tiene que ver con la manera como los sistemas nerviosos detectan e integran los vastos flujos de información disponibles y derivan de estos datos respuestas adaptativas. Los organismos más simples con capacidad motriz tienen que resolver el problema de cómo obtener recursos escasos y evitar toxinas en un entorno cambiante.  Todos los cerebros reciben una gama diversa de insumos sensitivos que se combinan para producir un conjunto mucho menor de posibilidades de acción. Como regla general, aún en organismos muy simples se da una canalización y control de la información, que se logra estableciendo una barrera entre el mundo externo y el interior y, por otro lado, formando compartimientos especializados, con funciones específicas.

Los sistemas nerviosos serían como computadores híbridos que utilizan señales tanto analógicas como digitales. Los seres con cerebros grandes son escasos pues hay enormes costos asociados con la mayor capacidad cerebral. El cerebro debe competir con los otros órganos para la limitada energía disponible lo cual constituye una poderosa restricción a la evolución cerebral. Además, los cerebros grandes requieren un largo período de maduración, lo que reduce de manera significativa el ritmo al cual se pueden reproducir. Puesto que las crías de los seres con cerebro grande tienen un lento desarrollo y dependen de sus padres por períodos largos, estos deben hacer una inversión significativa para la crianza. Así, la evolución de cerebros grandes en los humanos, que requería cuidado sostenido de los padres, la denominada inversión parental (IP), dependió de manera crucial del establecimiento de la familia para proporcionar ese cuidado.

6.3 - Características adaptativas
Hay cada vez mayor acuerdo, para explicar las conductas sociales, en postular la existencia de una naturaleza humana, que es universal y que existe primordialmente al nivel de la evolución de mecanismos psicológicos, no de comportamientos culturales explícitos. Bajo esta visión, la variabilidad cultural no debe verse como un desafío a la pretensión  de la universalidad sino como información útil para comprender la estructura de los mecanismos psicológicos que ayudaron a generarla [73].

Se define como problema adaptativo aquella situación cuya solución puede afectar, aunque sea de manera remota, la capacidad de supervivencia y reproducción. Evitar el peligro, alimentarse bien, cuidar la salud, encontrar la pareja adecuada, hacer alianzas, constituyen ejemplos de problemas adaptativos que los ancestros debieron solucionar. La lógica del argumento es simple. Se puede imaginar cualquier cambio en un rasgo, de la mente o el cuerpo, que aparezca por completo azar, por una mutación, en unos pocos miembros de una especie, y que esa nueva condición ayude a resolver un problema adaptativo mejor que quienes no tuvieron ese cambio. Por ejemplo un cambio en la retina que permita detectar mejor a los depredadores o una encima para la digestión que permita obtener, de los mismos alimentos, una mayor cantidad de nutrientes. La consecuencia esencial de este nuevo atributo será que los individuos que lo tienen dejarán, en promedio, un mayor número de herederos que los individuos con el antiguo rasgo. Si los vástagos pueden heredarlo tendrán a su vez un mayor número de crías y progresivamente aumentará dentro de la población la proporción de individuos con la característica mutante. Este fue el proceso que Darwin denominó la selección natural: la interacción de los individuos con el entorno le abre paso a un proceso de retroalimentación por el cual la naturaleza selecciona un rasgo sobre los alternativos.

La selección natural genera mecanismos, que pueden ser muy complejos, para resolver problemas de adaptación al medio. El criterio de selección es funcional: un rasgo se esparcirá entre una población si resuelve un problema adaptativo mejor que las características alternas.

La psicología evolucionaria, que se basa en el reconocimiento de la importancia de la biología, también está, paradójicamente, fundamentada en la antropología, la ciencia de la cultura. Uno de los elementos de partida fue la observación, sobre la cual hay cada vez mayor consenso, que, en todas las culturas, se observan ciertos patrones recurrentes en el comportamiento de las personas. Entre más se estudian culturas diferentes, más se encuentran similitudes y aspectos generales en la complicada red de relaciones que las caracteriza.

Una rama de la antropología actual busca explicar estos rasgos comunes como respuestas adaptativas, de una misma naturaleza humana, a entornos y circunstancias en extremo diversos y cambiantes. Si bien el comportamiento es producto de la cultura, los rasgos comunes a todas las culturas serían un producto de esta naturaleza humana. Se plantea que tanto la naturaleza humana como la cultura son un resultado de la evolución. La psicología evolucionaria, aunque rechaza la idea central del conductismo, en el sentido que el ser humano depende exclusivamente de la dosificación previa de estímulos externos, tampoco va al otro extremo de plantear que el comportamiento humano es inmutable, impermeable al entorno, y totalmente determinado por los instintos, o los impulsos innatos. Tampoco pretende defender la idea de que todas las peculiaridades de los individuos se reducen a diferencias genéticas. Aunque se postula la noción de que los genes juegan un papel importante, el problema de las diferencias genéticas no es el que se considera relevante. Lo que se postula común a la especie humana, e importante para entender el comportamiento del individuo, es un conjunto de mecanismos, o programas de desarrollo interno que, orientados por los instintos naturales, toman información del entorno social y afectan la manera como va madurando el cerebro.

Los instintos naturales básicos de los humanos son los de cualquier especie: la supervivencia y la reproducción. La capacidad de adaptación al medio, que incluye obviamente lo social y lo cultural, es lo que continuamente busca la selección natural. Entre los mecanismos adaptativos y de supervivencia, el más importante es la capacidad de reproducción. Ningún rasgo que contribuya a la buena salud, al buen metabolismo, a la resistencia a las enfermedades, al aprendizaje rápido, puede transmitirse si faltan adecuados mecanismos de transmisión genética. Cualquier rasgo genético ha podido heredarse, menos la esterilidad. En sentido contrario, la capacidad reproductora es el rasgo genético que mayores posibilidades ha tenido de ser transmitido entre generaciones sucesivas. Es imposible entender la naturaleza humana sin entender como es que ha evolucionado, y es imposible entender esta evolución sin entender como lo ha hecho la sexualidad. Los seres humanos han heredado tendencias e instintos para sobrevivir, alimentarse, pensar, comunicarse etc.. Pero sobre todos estos, han heredado su capacidad para reproducirse. Aquellos ancestros que mejor se reproducían fueron los que lograron transmitir sus características a las generaciones siguientes. Cualquier rasgo que incrementara las posibilidades de una reproducción exitosa se transmitió a costa de cualquier otra característica.

Así, el primer gran postulado de la teoría de la selección natural es que la función principal por la cual los seres humanos se han adaptado a la evolución es la reproducción. Aún más, el objetivo primario que en mayor medida se ha podido transmitir, y que por lo tanto constituye la característica básica de la naturaleza humana, es el que trata de maximizar la herencia genética. En este punto vale la pena hacer algunas aclaraciones. Primero, que no se trata de una teoría de la motivación consciente. Se trataría de un conjunto de inclinaciones derivadas de la necesidad de sobrevivir y reproducirse. Las características individuales que vayan en contra de la reproducción exitosa no constituyen rasgos adaptativos y por ende tienden a desaparecer. Segundo, se trata de un conjunto de postulados positivos, no normativos. Decir que algo es natural no implica que sea algo deseable. Simplemente equivale a decir que es algo que, en circunstancias primitivas de entorno y cultura, contribuyó a la supervivencia y a la reproducción de la especie humana. Vale la pena señalar que para la psicología evolucionaria el diseño de la máquina biológica no ha cambiado de manera significativa desde el Pleistoceno, mientras el entorno si ha sufrido radicales transformaciones. Así, un rasgo adaptativo en un entorno primitivo de restricción de alimentos, como el gusto por los azúcares y las grasas, puede no serlo en la actualidad. Cambió el entorno, no el rasgo adaptativo. Tercero, decir que algo es resultado de la selección natural, no equivale, ni mucho menos, a decir que sea inmodificable. Como casi cualquier manifestación de la naturaleza humana puede modificarse, por ejemplo cambiando el entorno que condiciona el comportamiento.

Fuera de este rasgo esencial, la capacidad para transmitir los genes, quienes lograron hacerlo debieron también hacer frente, de manera exitosa, al problema de conseguir los recursos suficientes para sobrevivir, junto con sus herederos, y por otro lado, al de evitar el peligro. Se tiene entonces que, en forma adicional al problema central que ha ocupado desde siempre a la economía, la consecución de recursos escasos –de alimentación, refugio, vestido- el ser humano evolucionó resolviendo dos problemas básicos adicionales: encontrar una pareja y evitar el daño causado por un entorno cambiante y por los depredadores.

6.4 – Comportamiento sexual
6.4.1 – Un objetivo, distintas estrategias: la inversión parental
Para alcanzar el objetivo general de la reproducción, se pueden adoptar diferentes estrategias sexuales, que son recursos adaptativos para el problema básico de encontrar una pareja. Aunque el término estrategia normalmente implica conciencia y racionalidad, en el ámbito del comportamiento sexual se trata más de una metáfora para analizar los problemas que plantea la búsqueda de una pareja. De la misma manera que el gusto natural por el dulce, o por los alimentos ricos en energía y proteína constituyen estrategias para la supervivencia, por la vía de la buena alimentación, o para regular la temperatura del cuerpo, sin que sea necesaria la intención, o siquiera  la consciencia de los objetivos. En el mismo sentido, no es que el sexo se haga pensando conscientemente en la reproducción. Lo que resulta adaptativo es que el sexo sea algo que, naturalmente, se tiene gusto en hacer.

Simplificando, se puede decir que hay una secuencia de estrategias: elegir la pareja, atraerla, mantenerla, y reemplazarla. En todas estas etapas hay diferencias apreciables entre las estrategias masculinas y las femeninas. 

Al nivel más básico hay una diferencia relacionada con el hecho que, para el objetivo de la reproducción, el hombre tiene la posibilidad de adoptar dos estrategias globales diferentes: la de la cantidad, o el mating, caracterizada por muchas parejas, de corta duración, con escasas obligaciones y aportes a lo que se podrían llamar los proyectos reproductivos o, por otro lado, la estrategia de la calidad, o el parenting, definida como la búsqueda de un número reducido de parejas con las cuales se establece una relación duradera y con alto grado de compromiso con alta inversión de tiempo, esfuerzo y recursos en los proyectos de crianza. Para las mujeres la posibilidad de la primera de estas estrategias, el mating, es bastante más limitada que para los hombres.

Así, un conflicto básico es que los hombres que optan por el mating de corto plazo necesariamente chocan con la inclinación de las mujeres al parenting de largo plazo. Las dos estrategias globales se caracterizan por distintas disposiciones hacia la actividad sexual. Ya para Darwin eran claras las diferencias de actitud de los sexos con relación a la reproducción, en la mayoría de las especies .“La hembra es menos ansiosa que el macho…Ella es recatada, y puede verse con frecuencia empeñada en evitar al macho…El ejercicio de algún tipo de elección por parte de la hembra parece una ley tan general como el ansia del macho” [74]. Esta asimetría de intereses, persistente en todas las épocas y en todas las culturas, tiene como principal consecuencia que los machos compiten entre si por oportunidades de reproducción escasas, y tiene mucho que ver con lo que cada uno, macho o hembra, aporta para la reproducción. De acuerdo con Buss (1993), la teoría de Darwin de la selección sexual tuvo mucha resistencia por parte de los científicos hombres por más de un siglo, en parte porque la idea de un proceso activo de selección le concedía demasiado poder a la mujer que  se pensaba debía permanecer pasiva en el proceso de apareamiento.

Al igual que en todas las especies  las células reproductoras femeninas son de mayor tamaño, más valiosas y más escasas que los abundantes y minúsculos espermatozoides. En biología la definición de hembra se basa precisamente en el mayor tamaño de las células sexuales. Pero esta no es la única asimetría: en los humanos la larga transformación del huevo fecundado en un organismo ocurre dentro de la mujer, a quien le resulta naturalmente imposible emprender más de un proyecto reproductor a la vez. De esta manera, para la mujer, llega un momento en el cual, desde el punto de vista del objetivo de la reproducción, el sexo no sirve para nada. Para el hombre, ese momento nunca existe: en términos de reproducción, siempre se puede hacer más.

No menos importante resulta el hecho que para las mujeres tanto el embarazo como el parto representan un peligro mayor, incluso al punto de atentar contra su supervivencia. La diferencia, entre mujeres y hombres, en el desarrollo de la capacidad de someter el instinto sexual a la razón y a la voluntad no es un simple artificio patriarcal. Para ellas, el control de los impulsos sexuales fue, hasta hace poco, y textualmente, un asunto de vida o muerte. Por milenios, la principal causa de muerte de las mujeres ha sido el parto. Para la Medea de Eurípides, los riesgos que corre una mujer durante el parto son varias veces superiores a los que enfrenta un hombre en el campo de batalla: “dicen que nosotras vivimos una vida sin peligros en casa, mientras ellos combaten con la lanza. Mal calculan. Pues tres veces preferiría estar firme junto a un escudo que parir una sola vez” [75]. Varios siglos después, esta impresión sobre los inmensos riesgos de un parto no ha cambiado mucho: “las cerca de noventa y seis horas que siguen el inicio del parto (las contracciones) constituyen el mayor período de riesgo mortal que el humano típico pueda enfrentar” [76].

La evolución de dos rasgos típicamente humanos, el aumento en el tamaño del cerebro y el bipedalismo, hicieron del nacimiento un momento particularmente riesgoso para las mujeres quienes tuvieron que, como mecanismo de supervivencia, desarrollar la capacidad, no sólo de asociar el sexo con la reproducción sino, de escoger el momento y el socio para tan azaroso incidente. “En la hembra –no en el macho- se dieron importantes transformaciones pues era la hembra –y no el macho- la que estaba muriendo en el momento del parto … Quitándole  el control a sus impulsos sexuales, Eva y sus hijas impusieron disciplina sobre el proceso de concepción. Era una pequeña compensación por los mayores riesgos a los que se exponía al quedar embarazada. Si ella era la que podría morir durante el parto, era entonces ella la más indicada para escoger cuando, donde, como y con quien tendría relaciones íntimas” [77].

El temor diferencial ante las consecuencias del sexo habría actuado en la misma dirección de una mayor cautela femenina hacia el sexo. De hecho, si hay algo que caracteriza a la especie humana es, precisamente, la mayor capacidad de las mujeres -no sólo con respecto a los hombres, sino con relación a las hembras y los machos de todas las especies- para controlar sus instintos sexuales. Se ha sugerido que esta posibilidad de escoger cuando y con quien se tienen relaciones sexuales no sólo está más desarrollada en las mujeres que en los hombres sino que fue uno de los avances más definitivos en la evolución hacia el homo sapiens.  “La mujer fue la primera hembra de cualquier especie con la voluntad suficiente para poder rehusar consistentemente tener sexo en el momento de la ovulación. De hecho, fue el primer animal, de cualquier sexo, de cualquier especie, capaz de decidir permanecer sin pareja si así lo desea. La especie humana fue la primera en la que todas las hembras desarrollaron la capacidad de decidir, conscientemente, rehusar emparejarse durante la ovulación o en cualquier otro momento … La creación de áreas especializadas en el cerebro dedicadas al lenguaje, al reconocimiento facial, a la apreciación musical, a la racionalidad y al pensamiento consciente permitieron pasar por encima de los circuitos que exigían obediencia a los impulsos sexuales. Sorpresivamente, la hembra de la especia humana ganó considerablemente mayor control sobre estos impulso básicos que el macho … Para muchas mujeres el mayor evento en la historia de su liberación sexual fue la píldora. Sin embargo, 150.000 años antes, las mujeres adquirieron una ventaja aún más importante: la posibilidad de decir no. La historia de su liberación de la esclavitud de los instintos es el prefacio a la historia de la humanidad” [78]. En términos escuetos, un capítulo determinante en la evolución hacia la especie humana habría sido el desarrollo de ciertas partes del cerebro que les permitieron a ellas imponer condiciones a sus impulsos sexuales.

La observación que en algunas especies todas las hembras tienen un número similar de crías mientras que, entre los machos, ese número no sólo es variable sino que, además, está directamente asociado con el número de parejas, llevó en los años cuarenta a un biólogo a afirmar que la selección natural estimula “un ansia indiscriminada en los machos y una pasividad discriminadora en las hembras” [79]. Posteriormente, se analizaron los diferentes intereses de los machos y las hembras en términos del sacrificio necesario para la reproducción. Para los machos, su papel en la reproducción puede ser de corta duración y no exigir mucha energía ni recursos. Así, con poco que perder y mucho que ganar, los machos pueden mostrar “un deseo agresivo e inmediato por aparearse con cuantas hembras estén disponibles” [80]. Para la hembra, por el contrario, el sexo puede implicar una carga prolongada. Tendrá por lo tanto el mayor interés por asumir los riesgos asociados con la reproducción únicamente bajo las circunstancias propicias.

Una de las decisiones cruciales que enfrenta la hembra es que el macho que se escoge como pareja sea el más adecuado [81] entre los disponibles. En el mercado de parejas, al macho le conviene hacer publicidad acerca de lo adecuado que es, así no lo sea, mientras que a la hembra le conviene detectar los posibles engaños publicitarios. Así, la selección natural crea “destrezas de vendedor entre los machos y desarrollados escepticismo y discriminación entre las hembras” [82].

El último paso en el desarrollo de la teoría se dio simplemente reemplazando el concepto de sacrificio por otro más moderno, la inversión, que ya venía con el marco analítico de la economía. En los años setenta se definió la inversión parental (IP)  como “cualquier inversión hecha por el padre o la madre en una cría individual que aumenta sus posibilidades de supervivencia (y reproducción) a costa de la posibilidad de invertir en otras crías” [83]. La IP incluye todo el tiempo, la energía y los recursos necesarios para la fertilización, la gestación y la crianza. Obviamente las hembras harán la mayor IP hasta el nacimiento; aunque de manera menos obvia, pero típica, esta disparidad continuará después del nacimiento.

Una pregunta que se debe plantear es si esta teoría, postulada en el marco de la selección natural de las especies, es pertinente para comprender la naturaleza humana, sensible a la cultura y al contexto; si contribuye a explicar el comportamiento de las parejas. Diversos estudios muestran que los hombres, en promedio, son mucho más abiertos al sexual casual y anónimo que las mujeres. En un experimento realizado e los Estados Unidos, tres cuartas partes de los hombres a los cuales se acercó una mujer desconocida a proponerles una relación sexual aceptaron tenerla, mientras que ninguna de las mujeres abordadas por un hombre desconocido aceptó la propuesta  [84]. Para España, el estudio Salir de Marcha y Consumo muestra que el 39.1% de los jóvenes salen por la noche en busca de sexo, pero las proporciones varían en función del género: es el caso del 53% de los jóvenes hombres y del 17.3% de las mujeres. El País Junio 18 de 2000.

Estos resultados bien podrían interpretarse como peculiaridades de algunos entornos. Sien embargo, una encuesta antropológica relativamente amplia hecha en los años setenta [85] en distintas culturas, primitivas y desarrolladas, sugiere que la principal predicción de la teoría de la IP concuerda con lo que se observa. Las mujeres tienden a ser relativamente selectivas de sus parejas sexuales; los hombres lo son menos y tienden a considerar el sexo con una amplia gama de parejas como un asunto bastante atractivo. En Buss (1994) se reportan los resultados de un trabajo de campo realizado a lo largo de varios años en 37 culturas diferentes, y en el cual se incluyeron comunidades de los cinco continentes, desde habitantes de grandes ciudades como Rio de Janeiro, Sao Paulo, Shangai, Bangalore y Ahmadabad en la India, Jerusalem y Tel Aviva, Teherán hasta culturas primitivas como los Zulús. Se cubrieron los grandes grupos raciales, étnicos y religiosos con más de 10.000 entrevistas. Los resultados corroboran las predicciones básicas de la teoría. Otro aspecto que parece generalizado es la costumbre del intercambio sexual, entendido como la oportunidad de sexo, ofrecida por la mujer, a cambio de algo –como regalos, dinero, o protección- ofrecido por el hombre. Este intercambio es también una consecuencia directa de la teoría de la inversión parental: quien posee y monopoliza un recurso escaso y valioso y, además, incurre en costos para suministrarlo, espera algo a cambio. Intercambio social simple, del cual la prostitución no es sino una manifestación extrema [86].

6.4.2 – Objetivos y temores femeninos
La noción del hombre más adecuado tiene varias dimensiones. La primera es la de una buena salud, sobre todo en un sentido hereditario: no vale la pena embarcarse en una costosa aventura reproductiva con alguien que permita prever problemas serios de supervivencia de los herederos. La segunda es la capacidad para invertir recursos en la crianza. Para la mujer, entre dos alternativas de pareja, ceteris paribus, es más atractiva aquella que presenta una mayor disponibilidad de recursos, o un mayor potencial para obtenerlos. Pero esta última condición no es siempre suficiente, pues se requiere cierto grado de certeza acerca de la destinación final de esos recursos, de que serán efectivamente invertidos en la crianza, y no en otros asuntos, o en aventuras ajenas. Así, la generosidad, entendida como el deseo y la voluntad de invertir en la crianza, es un rasgo que la mujer selectiva encuentra deseable en el hombre que escoge como pareja. Vale la pena, por último, señalar un rasgo que si bien puede haber perdido importancia en las sociedades modernas y pacificadas resulta fundamental para la capacidad de supervivencia en las sociedades violentas y es el de la capacidad del hombre como protector físico de la seguridad tanto de su pareja como del vástago.

La preferencia que las mujeres muestran por los hombres con mayor posibilidad de acceso a los recursos es tal vez el criterio más antiguo y persistente de elección de sus parejas. Dondequiera que las mujeres manifiestan preferencias marcadas por cierto tipo de hombres, el acceso a los recursos, el buen partido, parece ser el criterio más determinante de esas preferencias. De nuevo, esta observación se tiende a corroborar en dónde se dispone de evidencia sistemática al respecto. Para Estados Unidos, por ejemplo, estudios realizados en 1939, en 1956, 1967 y a mediados de los ochenta muestran que la valoración que las mujeres le dan a las perspectivas económicas de su pareja es el doble de la que le otorgan los hombres. Mujeres con educación universitaria manifiestan que el mínimo aceptable para la capacidad económica de sus maridos es ganar más que el 70% del resto de los hombres; para los hombres la cifra equivalente -el potencial relativo de ingreso de sus parejas- es el 40%. En una revisión de los anuncios personales en los periódicos por medio de los cuales se busca una pareja, se encontró que las mujeres que ponen avisos buscan seguridad económica de la pareja once veces más de lo que la buscan los hombres. En el trabajo de campo mencionado atrás, Buss (1994) encuentra que “en todos los continentes, en todos los sistemas políticos (incluidos el socialismo y el comunismo), en todos los grupos raciales, en todos los grupos religiosos, en todos los sistemas de parejas, las mujeres le otorgan mayor valor que los hombres a las buenas perspectivas financieras de su pareja”  [87]. No hace falta recurrir a los tradicionales cuentos infantiles para encontrar repetida una y otra vez la historia de amor cuyo final feliz es el matrimonio con el hombre pudiente. El testimonio de una antigua prostituta que dejó de serlo para convertirse en diputada socialista en suiza y al cabo de los años vuelve a visitar a sus antiguas compañeras es revelador: “Muchas de ellas seguían allí y vinieron a hablarme. Estaban convencidas de que me había casado con un hombre rico. Cuando supieron que era diputada y juez asesor me hicieron el vacío. Eso era traicionarlas mientras que la boda con un millonario no, la boda era el final feliz de un cuento” [88].

El otro aspecto, complementario a la capacidad económica, altamente valorado por las mujeres son los síntomas –como la generosidad, el compromiso, la confiabilidad- de que esos recursos vendrán hacia la crianza como parte de la inversión parental. El incumplimiento de este compromiso de aportar recursos para la crianza constituye el principal riesgo de las mujeres al constituir una pareja. Si bien la falta de acceso a los recursos por parte del hombre puede tener consecuencias negativas sobre la crianza, tal situación normalmente es el resultado de la adversidad. El buen desarrollo de esa capacidad no atenta contra los intereses del hombre. Por el contrario, el compromiso de invertirlos de manera exclusiva en la crianza es bastante más frágil. La exclusividad en la asignación de esos recursos es algo que ya puede presentar dilemas, y aún conflicto de intereses. En particular, dada la posibilidad entre los hombres de optar por la estrategia del mating en detrimento del parenting una vez puesto en marcha un proyecto de crianza, siempre existe la posibilidad de emprender otros nuevos proyectos de reproducción.

Parecería entonces que el compromiso de exclusividad es un atributo escaso. De manera más precisa, es un recurso que parece ser abundante ex-ante, antes de la reproducción, pero que muestra ser bastante más escaso ex-post. Las señales más usuales del compromiso son el amor antes de que se constituya la pareja  y la fidelidad una vez se ha constituido. Varios estudios mencionados por Buss (1994) muestran que en distintos países, una de las cualidades más apreciadas en un marido potencial es el estar enamorado. En los avisos en los periódicos, una de las características más solicitadas por las mujeres que buscan pareja es la sinceridad.

Si los celos constituyen el mecanismo psicológico adaptado para detectar la infidelidad, y la infidelidad tiene una connotación peculiar entre las mujeres, cabría esperar particularidades en las situaciones típicas que generan celos. Y eso es precisamente lo que muestran varios estudios. De forma consistente con el temor básico de la mujer, la desviación de recursos hacia otras parejas, se ha encontrado que esta es la situación de infidelidad que más celos produce. Las muestras de compromiso y generosidad con otra mujer producen mayor incomodidad que la simple relación de sexo casual.  

6.4.3 – Objetivos y temores masculinos.
Así como las mujeres le otorgan particular importancia a la capacidad que tiene su pareja de proveer recursos para la reproducción, los hombres parecen concentrase en la capacidad de las mujeres para producir y criar hijos. Esta prioridad ayuda a explicar la importancia que le otorgan a la juventud de su pareja. La fertilidad de las mujeres es un recurso limitado en el tiempo, y cesa abruptamente con la menopausia. La falta de asociación entre la vejez de las mujeres y el atractivo sexual parece ser una constante. Estudios entre distintas culturas muestra que los hombres prefieren parejas jóvenes. De acuerdo con Malinovski los indígenas de las islas de Melanesia consideraban el sexo con las mujeres ancianas algo “indecoroso, ridículo y antiestético”  [89].

La importancia de la juventud de la pareja podría ayudar a explicar la persistente preocupación de los hombres con la belleza física de sus parejas, y la asociación que existe entre la idea de mujer bella y la atracción sexual. Un punto interesante acerca de la diferencia de edades deseable para establecer una pareja es que parece aumentar con la edad de los hombres. En Colombia, por ejemplo, se menciona con frecuencia que la “sabiduría china” recomienda que, en el momento de constituirse la pareja, la edad de la mujer debe ser la mitad de la del hombre más 7 años, que implica una diferencia de edades creciente con los años: (14,14), (20,17), (30,22), (40,27), (50,32), (60,37), (70,42). Un trabajo reportado por Buss (1994) hecho en Estados Unidos con base en anuncios de periódico muestra resultados consistentes con esta sabiduría popular: los hombres en sus treinta prefieren mujeres unos cinco años menores mientras que en los cincuenta la diferencia de edades deseable ha aumentado a 20 años. Las decisiones efectivas de matrimonio parecen confirmarlo: entre los americanos en el primer matrimonio la diferencia de edades es de tres años, en el segundo de cinco y en el tercero de ocho. Estudios similares para distintos países también muestran esas diferencias [90].

La marcada preferencia de los hombres por la belleza de las mujeres, que no es algo recíproco, es una de las diferencias psicológicas entre géneros que está mejor documentada. Y ya no se trata de un rasgo exclusivamente primitivo. Al parecer va en aumento, y su importancia no está exclusivamente relacionada con su valor reproductivo. También tiene consecuencias sobre la percepción del estatus social de los hombres. Lo que, a su vez, refuerza su poder de atracción sobre otras mujeres.

Parece ser universal el deseo de los hombres por tener en su entorno mujeres atractivas, jóvenes y, eso también, fieles hasta la muerte. La fidelidad de la mujer parece ser la principal preocupación de los hombres al establecer una pareja. La teoría de la IP ofrece una buena explicación para este temor: la posibilidad de invertir recursos en un vástago ajeno. Así como para las mujeres el principal riesgo al embarcarse en la reproducción es el de terminar criando el hijo sola, para los hombres el temor fundamental es el de invertir recursos en un hijo de otro, preocupación que es totalmente ajena a las mujeres.

6.5 – Biología del miedo
Huir del peligro es una de las respuestas automáticas, que tanto el ser humano, como todos los seres vivos, hacen para sobrevivir. Sofisticadas capacidades intelectuales pueden resultar absolutamente irrelevantes cuando alguien de manera súbita se enfrenta ante una amenaza seria contra su vida. Para tales circunstancias el cerebro dispone de mecanismos rápidos y apropiados para detectar el peligro y enfrentarlo. En las distintas especies, el comportamiento particular que surge como respuesta puede diferir (correr, volar, emitir ruidos), pero la función cerebral que desencadena la respuesta es la misma, la protección contra el peligro. "La evolución del cerebro es bastante conservadora, y ciertos sistemas, especialmente aquellos que han sido generalmente utilizados para la supervivencia y han existido por mucho tiempo, han sido preservados en su estructura y función básica … el código genético que controla las conexiones en el cerebro durante el desarrollo se conserva entre especies a pesar del hecho que el código genético que construye las partes del cuerpo utilizadas para expresar la función sea diferente. La evolución, en otras palabras, crea soluciones de comportamiento únicas para el problema de la supervivencia en diferentes especies pero puede haberlo hecho siguiendo una especie de regla ‘si no está dañado, no lo arregle’ para los sistemas cerebrales de soporte" [91]

Ledoux (1998) se ha concentrado en el estudio del miedo en su sentido más básico, anterior a la experiencia de sentirlo conscientemente: el sistema que detecta el peligro y produce respuestas que hacen máxima la probabilidad de supervivencia en una situación peligrosa. A nivel de las neuronas, cada una de las que él denomina unidades emocionales se puede pensar que está compuesta por (1) un conjunto de estímulos, o insumos, (2) un mecanismo de evaluación y (3) un conjunto de respuestas o resultados. El mecanismo de evaluación ha sido programado por la evolución para detectar ciertos insumos, o estímulos disparadores (trigger) que ponen en funcionamiento la unidad; divisar un depredador sería uno de tales disparadores naturales. Algunas especies reconocen los depredadores desde la primera vez que los ven. En otras debe haber un aprendizaje inicial, que de todas maneras está pre-programado, pues queda registrado desde la primera vez.

La evolución ha programado el cerebro de la presa de manera que la aparición del depredador, sus ruidos, su olor, serán automáticamente evaluados como fuente de peligro. Pero el mecanismo evaluador tiene también la capacidad de establecer asociaciones que permitan predecir la presencia de detonadores (triggers) naturales, estos serían los detonadores aprendidos, tales como el sitio en el cual se vio al depredador la última vez. Con cualquiera de los detonadores, el mecanismo de evaluación inicia un patrón específico de respuesta, que ha sido útil para enfrentar situaciones de peligro en circunstancias similares. Estas redes de respuesta evolucionaron porque resultaron adaptativas y le sirvieron a la especie para sobrevivir.

El estudio de los mecanismos automáticos de respuesta ante las situaciones de peligro, el sistema del miedo, es importante por dos razones. Primero, porque se trata de un mecanismo que funciona ante situaciones muy variadas.  Segundo, porque el miedo se expresa de manera similar en el individuo y en muchos otros animales. Si bien en algún momento la psicología alcanzó a proponer que uno de los rasgos característicos de la especie humana era haber reducido las condiciones que provocan miedo, actualmente se plantea que si bien se han reducido algunas fuentes de peligro, se han creado otras nuevas e incluso se señala al ser humano como una de las criaturas más propensas al temor, pues a los miedos básicos a los depredadores se podrían agregar miedos intelectuales y existenciales exclusivos a la especie humana.

Las huellas del miedo son la base de un sin número de emociones y reacciones del ser humano. "El coraje es la habilidad de superar el miedo. Los niños aprenden a actuar moralmente en cierta medida por temor a lo que les puede ocurrir si no lo hacen. Las leyes reflejan el miedo al desorden social, y por otro lado, el orden social se mantiene, aunque sea de manera imperfecta, por el temor de las consecuencias de romper las reglas. La paz mundial es un objetivo humano deseable, pero en la práctica la guerra se evita, por lo menos en parte, porque los débiles tienen temor de los fuertes"   [92].

La defensa ante el peligro es tal vez la prioridad número uno de un organismo, y en todas las especies que se han estudiado –reptiles, aves. mamíferos- el cerebro desempeñaría esta función siguiendo un plan común. Aunque a nivel de comportamiento las respuestas sean variadas entre las especies, el papel de la amígdala parece ser constante. Existen un conjunto de respuestas pre-programadas por la evolución que ocurren de manera automática, involuntaria. Se dan antes de que el cerebro haya tenido la oportunidad de pensar lo que se debe hacer. Entre las primeras evidencias a favor de un sistema especializado en evitar el peligro, y registrar los eventos relacionados de manera separada de los demás procesos mentales, están las observaciones de un médico francés, Edourad Claparede, quien tenía una paciente con amnesia tan severa que era incapaz de registrar nuevos recuerdos. Cada vez que el médico la veía tenía que volverse a presentar, pues ella nunca recordaba haberlo visto antes. Un día el médico escondió un puntilla que hizo daño a la paciente al estrechar su mano. A partir de ese día, la paciente seguía sin reconocerlo, pero se resistió a volver a darle la mano para saludarlo. El médico había pasado a representar un peligro, y el recuerdo especial de lo que había causado un daño sí había quedado registrado. Claparede propuso la existencia de dos sistemas de memoria separados, uno envuelto en la configuración de recuerdos disponibles para el uso posterior y consciente de tales recuerdos, el que no funcionaba en su paciente, y otro que opera a nivel inconsciente y controla el comportamiento sin conocimiento explícito del aprendizaje anterior.

La misma idea ha sido confirmada con la comprensión del funcionamiento de los circuitos especializados del cerebro. Aquellos localizados en el hipocampo, interconexiones masivas con el neocortex, están diseñados para establecer recuerdos complejos, en los cuales un sin número de eventos se agrupan para suministrar “flexibilidad de las representaciones” y no tienen asociada ningún tipo de respuesta particular con tal tipo de recuerdo. Se pueden usar de diferentes maneras en distintas situaciones. La amígdala, por el contrario, está más especializada como mecanismo detonador para ejecutar reacciones automáticas de supervivencia . “Las situaciones de estímulo están rígidamente asociadas con tipos de respuesta específica a través de las funciones de aprendizaje y memoria de esta región del cerebro. Está conectado de tal manera que se adelanta a la necesidad de pensar lo que debe hacerse” [93]. Parecería que ante el peligro, e incluso por efecto del estrés, el hipocampo tiende a estar impedido, y la amígdala está puesta en alerta, lo que implicaría que en tal tipo de situaciones con posibilidad de daño se da un cambio en el modo de operación, bajo el cual se reacciona ante el peligro en lugar de pensar acerca de la situación.

A nivel del individuo, el peligro es no sólo un determinante importante del comportamiento, para evitarlo, sino que lleva a que el contexto en el que se produce el temor se registre de manera particularmente duradera, sólida, a veces permanente, en la memoria. El sistema cerebral de manejo del miedo es increíblemente eficiente. "Recuerdos inconscientes establecidos a través de la amígdala parecen quedar grabados de manera indeleble en el cerebro. Probablemente nos acompañan de por vida. Esto es algo muy útil .. pues no queremos tener que aprender acerca de los mismos tipos de peligro una y otra vez"  [94]. Además, en el ser humano la transmisión de información sobre las situaciones de peligro, de lo que puede ocasionar un daño o de los incidentes susceptibles de amenazar la supervivencia, circulan de manera particularmente fluida entre los integrantes de un grupo y las correspondientes reglas de comportamiento preventivo se adoptan de manera duradera, aún entre los descendientes. No parece ser otro el origen de innumerables prohibiciones religiosas que han subsistido milenariamente a pesar de haberse superado la asociación inicial entre la conducta y el peligro. O de ciertas costumbres relacionadas con evitar las enfermedades.

Cualquier circunstancia alrededor de un evento que haya producido daño en un individuo puede convertirse en un estímulo condicionante de su conducta, por su asociación con un pasado no placentero. Ciertos estímulos, que en principio no deberían tener mayor relevancia, como el sitio en donde ocurrió un evento doloroso, o los objetos que había alrededor, se vuelven señales de alarma que anuncian la posibilidad de situaciones peligrosas sobre la base de experiencias pasadas. En los experimentos típicos de condicionamiento por miedo entre los animales, se coloca al sujeto, por ejemplo un ratón, en una caja. Se le hace oír un ruido seguido por un breve choque eléctrico. Después de varias secuencias ruido-choque, el animal empieza a mostrar las típicas reacciones de miedo simplemente cuando oye el ruido. Estas respuestas se observan de la misma manera en casi cualquier animal, y en la actualidad se reconoce que, "como resultado del condicionamiento por miedo, el sonido activa el sistema neural que controla las respuestas envueltas en la manera como se enfrentan los depredadores y otros peligros naturales" [95]. Este tipo de condicionamiento es una variación de los procedimientos descubiertos por Ivan Pavlov;  aquellos asociados con el miedo presentan la característica de ser muy duraderos. El ejemplo típico está relacionado con la salivación que produce la comida. Se trata de una respuesta natural e inconsciente. Si se presenta la comida  y antes se hace sonar una campana, y se repite esta acción (comida-campana) varias veces se llega a un punto en el cual el simple sonido de la campana produce salivación.  La campana lleva a la misma respuesta que la comida. En el primer paso, sin condicionamiento, el estímulo y la respuesta tienen una asociación natural. Se habla de condicionamiento cuando se asocia, o conecta un estímulo nuevo en la relación anterior. El nuevo estímulo, condicionado, produce una respuesta condicionada de manera artificial, provocada, a ese estímulo.

No es fácil olvidar el miedo, aun cuando es condicionado. El paso del tiempo es insuficiente para deshacerse de él. Existe la posibilidad de una “extinción” del condicionamiento, que surge después de varias oportunidades de presentar el estímulo condicionado sin el que produce el daño, pero el efecto se puede recuperar de manera espontánea. El hecho de que el miedo aprendido pueda ser indeleble presenta ventajas y desventajas. Para el cerebro es útil estar en capacidad de registrar aquellas situaciones asociadas con peligro en el pasado. Pero recuerdos tan poderosos, forjados en circunstancias dramáticas, pueden afectar negativamente situaciones cotidianas. Aunque la mayor parte de la investigación sobre la base neural del miedo condicionado se ha hecho con animales, los procedimientos de condicionamiento se han usado de la misma manera en seres humanos. Lo que se encuentra es que las reacciones de miedo se presentan tanto ante estímulos condicionantes percibidos conscientemente como ante estímulos de los cuales no se tiene conciencia. De cualquier manera, una vez se establece un estímulo como detonador aprendido del miedo, se llega a la expresión de respuestas cada vez que ocurre. Ante un estímulo de miedo condicionado, el sujeto normalmente se detiene, el cuerpo se prepara para las dos respuestas alternativas más usuales -huir o enfrentarse- se liberan ciertas hormonas en la sangre, que también ayudan al cuerpo a lidiar con la situación, y se suspende la reacción al dolor. Lo más sorprendente es que no parece importar mucho cómo se mida el miedo condicionado, o cual sea la especie que se estudie, pues casi todos los estudios convergen hacia un conjunto común de estructuras y vías cerebrales que entran en juego. En abierto contraste con el estudio de la base neural de muchos comportamientos, en los cuales pequeños cambios en el procedimiento experimental llevan a diferencias importantes en las reacciones entre especies, en el caso del miedo las respuestas son siempre muy similares "El condicionamiento por miedo es tan importante que el cerebro trabaja de la misma manera sin importar la manera como se le pida que lo haga"  [96].

Se sabe que los recuerdos conscientes pueden producir tensión y ansiedad. Esto ocurre porque existen conexiones del sistema de memoria explícita hacia la amígdala. Sin embargo, parece claro que el sistema de memoria explícita es bastante impreciso y olvidadizo. Por el contrario, las respuestas emotivas al miedo condicionado muestran poca disminución con el paso del tiempo. De hecho, con frecuencia su potencia aumenta con el tiempo, fenómeno que se conoce como la incubación del miedo. Este conjunto de observaciones permiten concluir que “el aprendizaje de miedo condicionado es particularmente resistente, y de hecho puede representar una forma indeleble de aprendizaje” [97].

Desde hace algún tiempo, los psicólogos han señalado el fenómeno de ciertos recuerdos que, por sus implicaciones emocionales, quedan registrados con particular claridad y precisión en la memoria. Recientemente se ha identificado una base biológica para tal tipo de recuerdos, que está relacionada con el papel de ciertas hormonas, como la adrenalina, en la solidificación de los procesos en la memoria. Estudios con ratones muestran que si se les da una inyección de adrenalina justo después de aprender algo, se obtiene una mayor capacidad para recordar esa situación. Se sugiere entonces que si se libera adrenalina de manera natural en un determinado evento, ese tipo de experiencia será recordada particularmente bien. Puesto que la excitación emotiva usualmente se acompaña de liberación de adrenalina, cabe esperar que el recuerdo explícito y consciente de situaciones emocionales será más fuerte que el de situaciones sin ninguna connotación emocional. Experimentos para contrastar esta hipótesis tienden a corroborarla: el bloqueo de la producción de adrenalina puede prevenir la mayor capacidad para recordar derivada de las situaciones emocionales. A dos grupos de individuos se les leen dos historias similares, con distintas implicaciones emocionales. Después, a la mitad de cada grupo se le suministra una droga que bloquea los efectos de la adrenalina y a la otra mitad un placebo. Entre estos últimos, los que leyeron la historia más emotiva recuerdan más detalles que los que leyeron la otra. Los individuos que recibieron el bloqueo de adrenalina no presentan diferencias significativas en los recuerdos de las dos historias [98].

No todas las dimensiones de una experiencia con contenido emocional se recuerdan con la misma precisión. En general, aspectos centrales del episodio, como el arma de un atraco, se registran mejor que los detalles. Los testigos presenciales pueden concentrarse en otros aspectos. Además, los recuerdos emocionales pueden registrar aspectos de las situaciones que no quedan inscritos conscientemente. Ledoux sugiere que, por ejemplo, una medición de las respuestas automáticas de una víctima, con un polígrafo, al tratar de identificar los agresores puede suministrar información adicional a la de la memoria explícita.

El estudio de la biología de la tensión, del estrés, ha mostrado que pueden darse alteraciones  a nivel de las dentritas en el hipocampo. Si la tensión cesa, estos  cambios se revierten. La tensión prolongada puede sin embargo producir un deterioro irreversible. En los sobrevivientes de traumas, como las víctimas repetidas de abuso infantil, o los veteranos de guerra, se ha encontrado un daño permanente en el hipocampo, que tiene un efecto contradictorio sobre la memoria. Aunque, como se señaló, la tensión puede contribuir a la formación de recuerdos explícitos, una tensión prolongada o excesiva puede, por el contrario, tener efectos devastadores sobre la memoria explícita.

Es totalmente factible que de un evento se tenga mala capacidad de recuerdo explícito y, simultáneamente, una poderosa, implícita e inconsciente memoria emotiva, que actuaría a través de miedo condicionado mediado por la amígdala. “Estos miedos potentes e inconscientes pueden tornarse muy resistentes a la extinción. Pueden, en otras palabras, volverse fuentes inconscientes de ansiedad intensa que potencialmente ejercen sus opacas y perversas influencias a lo largo de la vida” [99].

6.6– Emociones y formación de preferencias [100]
6.6.1 – Inconsciente y emociones
Para buena parte de los comportamientos relacionados con las funciones básicas de supervivencia y reproducción, la falta de intencionalidad es más la regla que la excepción. Las respuestas instintivas en el ser humano son en buena medida inconscientes. La sensación de miedo, por ejemplo, surge como parte de la respuesta ante el peligro y, como reacción, es similar a cuestiones como temblar, paralizarse, sudar, tratar de correr o sentir los latidos acelerados. “Las emociones son cosas que nos pasan y no cosas que queremos que ocurran”  [101]. La razón para esto es que las conexiones cerebrales están hechas de tal manera que son más fuertes las que van de los sistemas emocionales a los cognitivos que las que salen de estos últimos hacia los primeros. A pesar de lo anterior, una vez ocurren, las emociones constituyen poderosos motivadores de futuras conductas.

Desde la antigüedad, los pensadores han hecho un esfuerzo por separar las pasiones de la razón. Para Platón, por ejemplo, las pasiones y los deseos eran contrarios a la razón. Las emociones eran como caballos salvajes que debían ser conducidos y controlados por la razón. En la actualidad las ciencias cognitivas, se ocupan del pensamiento consciente, racional, separado de las emociones. A esta tendencia contribuyó el dominio del conductismo en la psicología, que descartó la posibilidad de estudiar de manera sistemática las percepciones y las emociones por tratarse de asuntos subjetivos, imposibles de observar, medir o ser analizados de manera científica. Más recientemente, la idea de modelar la mente humana mediante simulaciones de computador, la llamada inteligencia artificial, ha reforzado la noción de los procesos de  información en forma relativamente independiente del contenido. Diversos experimentos y teorías tienden a mostrar que la cognición no es tan lógica como parecía y que, por otro lado, las emociones son menos ilógicas e impredecibles de lo que se pensaba.

Una de las principales diferencias entre el pensamiento cognitivo y el emotivo es que en el segundo no puede darse un funcionamiento independiente del cerebro y el cuerpo. La mayor parte de las emociones se entremezclan con reacciones corporales como gestos, movimientos, latidos. Esto no ocurre con lo cognitivo, que se puede separar arbitrariamente de la acción. El paso más definitivo en la comprensión de las emociones, y su relación con lo cognitivo, se dio en los años ochenta cuando algunos experimentos de psicología social y la observación de pacientes con operaciones de separación de los hemisferios cerebrales  mostraron que podían darse reacciones emocionales ante ciertos estímulos sin tener un registro consciente del estímulo. Trabajos realizados por Gazzaniga y luego por Le Doux mostraron que para pacientes con el cerebro partido (split), el hemisferio izquierdo, que podía hablar, emitía juicios sobre un estímulo presentado al hemisferio derecho sin tener conciencia de cual era el estímulo.

En la actualidad, se considera que la noción de que las preferencias (las reacciones emocionales) se pueden formar para estímulos que no son conscientes es bastante sólida. Por varias razones: (i) la percepción de un objeto y la evaluación de su significado se procesan de manera separada en el cerebro, (ii) es posible para el cerebro saber si algo es bueno o malo antes de saber exactamente de qué se trata y (iii) los sistemas de evaluación emotiva están conectados directamente con sistemas que controlan respuestas y estas ocurren de manera automática.

Los teóricos de las emociones plantean que estas tienen que ver, ante todo, con “tareas fundamentales de la vida”. Así, las emociones aparecerían envueltas en situaciones que han ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia evolutiva: escapar del peligro, encontrar comida o pareja, en forma de reacciones no conscientes, similares, que contribuyeron a la supervivencia o la reproducción y que por lo tanto resultaron adaptativas. Una lista de los comportamientos adaptativos cruciales para sobrevivir equivaldría al inventario de las emociones básicas. Con base en los modos de expresión facial considerados universales, se han sugerido ocho emociones básicas: sorpresa, interés, alegría, rabia, disgusto, vergüenza y angustia que se consideran pre-programadas en el cerebro. Otra propuesta las reduce a seis: sorpresa, alegría, angustia, miedo, disgusto y tristeza. Otros teóricos sugieren no limitarse a las expresiones faciales y considerar tendencias generales de acción. Se argumenta que al bajar en la escala de la evolución se encuentran menos y menos expresiones faciales pero se conserva un número importante de respuestas que envuelven otros sistemas corporales. Con otro enfoque, observando las consecuencias a estímulos eléctricos en ciertas áreas del cerebro de las ratas se han identificado cuatro patrones de respuesta emocional: pánico, rabia, expectativa (expectancy) y miedo [102].

Distintos experimentos para analizar cómo los individuos perciben y procesan los estímulos, y la observación sistemática de pacientes con los dos hemisferios cerebrales incomunicados empiezan a sugerir ideas acerca de cómo se forman las preferencias, se procesa información, se toman decisiones y se acumula experiencia.

Se pueden destacar cuatro temas que se analizan en detalle en las siguientes secciones, y que desafían varios de los supuestos básicos de la racionalidad. El primero es que la gente hace todo tipo de cosas sin tener conciencia de las razones por las cuales las hizo. No siempre hay una intencionalidad previa a la acción. Por lo general tampoco hay conciencia de por qué algunas cosas nos gustan más que otras. El segundo es que el pensamiento por lo general no implica el uso de las reglas de la lógica. Se utilizan por el contrario modelos mentales, ejemplos hipotéticos basados en experiencias pasadas. Además, la capacidad de percibir, procesar, guardar y utilizar información está restringida: por ciertos instintos básicos y por otras emociones que afectan tanto la toma de decisiones como la manera como se guardan las experiencias y se evocan posteriormente los recuerdos. El tercero es que el proceso de acumulación de experiencia es tal que tanto el orden de ocurrencia de los eventos como el contexto en el que se dieron por primera vez afectan la manera como se van guardando en la memoria, y por consiguiente las decisiones posteriores. El cuarto es que una de las principales labores de la conciencia es la elaboración, posterior a las acciones, de una historia coherente, de un concepto del yo.

6.6.2  – No se por que lo hago, ni por que me gusta [103]
Desde hace mucho tiempo se sabe que el sistema motriz es independiente de las percepciones conscientes. Se pensó sin embargo que el cortex estaba reservado para actividades conscientes. Ahora se sabe que también a ese nivel son frecuentes los procesos inconscientes. Cerca del 98% de lo que el cerebro hace se lleva a cabo por fuera de la conciencia [104]

A finales de los años setenta se elaboraron una serie de experimentos  en los cuales se le solicitaba a un grupo de individuos hacer cosas para luego preguntarles por qué habían hecho lo que hicieron. A un grupo de mujeres se les presentaba un conjunto de medias de seda y se les pedía escoger la que más les gustaba. Al preguntárseles la razón ellas tenían una gama de explicaciones sobre textura y suavidad para justificar sus decisiones sin caer en cuenta que las medias eran idénticas [105].

Casi simultáneamente Ledoux y Gazzaniga llevaban a cabo estudios con pacientes con los hemisferios cerebrales separados. Se sabía ya que la información presentada a uno de los hemisferios no llega al otro. Así, se le daba al hemisferio derecho (HD) la orden de hacer algo; el hemisferio izquierdo (HI) observaba la acción pero no sabia por qué lo hacía. A pesar de eso, el HI siempre podía ofrecer explicaciones como si supiera la razón por la cual la acción se había tomado. Se han estudiado individuos que, luego de una operación cerebral que destruye el sistema visual del HD e impide ver todo lo que está a la izquierda del foco visual, conservan la capacidad de que las manos, o aún la boca, pueda responder a estímulos situados en ese punto. Los pacientes que presentan esta condición, que se ha denominado visión oculta (blindsight), pueden responder a estímulos de los cuales no son conscientes. Incluso pueden comparar dos objetos, uno presentado a cada hemisferio, y por ejemplo decir si son iguales, sin poder nombrar más que uno de los objetos.

La inconsciencia emocional también ha sido estudiada  y permite concluir no sólo que los estímulos subliminales afectan las preferencias sino que lo hacen de manera más efectiva que los estímulos conscientes. Mediante un procedimiento denominado impresión subliminal emocional (subliminal emotional priming) se expone a los sujetos a un estímulo con connotación emocional, como una figura sonriente, de forma muy breve, seguido de un estímulo que enmascara e impide recordar el primero. Después se presenta un estímulo objetivo que se deja el suficiente tiempo para ser percibido conscientemente después de varios ensayos se pregunta al sujeto si les gusta o no el objetivo. Lo que se encuentra es que tal gusto depende de si el estímulo subliminal impreso fue positivo o negativo [106].

Confirmando observaciones de los psiquiatras hechas hace casi un siglo  se plantea que “la mente emocional parece particularmente susceptible a los estímulos a los que su contra parte consciente no tiene acceso” [107]. Otto Pöetzl un psiquiatra vienés mostraba subliminalmente figuras complejas, como un paisaje, y luego pedía a los sujetos dibujarlos tan fielmente como fuera posible. Después se les pedía a los sujetos ir a casa a dormir y soñar. Pöetzl argumentaba que algunos elementos no incluídos en el primer dibujo surgían en el dibujo del sueño.

6.6.3 – Lo cognitivo no es tan lógico y las emociones cuentan
Los esfuerzos por distinguir el pensamiento de los sentimientos son milenarios. Lo cognitivo y lo emotivo se han considerado no sólo facetas separadas de la mente sino que está muy arraigada la idea de que lo cognitivo siempre sigue las reglas de la lógica. Trabajos recientes sugieren que aún la capacidad cognitiva es bastante sensible al contenido del problema que se debe resolver, y no sólo a su forma. Lo que muestran distintos experimentos orientados a estudiar la capacidad de los individuos para resolver problemas es que con frecuencia se llega a conclusiones lógicamente inválidas. Sin que la observación anterior lleve al extremo de afirmar que el ser humano es ilógico e irracional  se ha propuesto que la gente es bastante proclive a utilizar modelos mentales, ejemplos hipotéticos sacados de las experiencias pasadas o de situaciones imaginadas.

Otros estudios realizados por Kahneman y Tvershy  sugieren que la gente utiliza su comprensión implícita del funcionamiento del mundo, confiando a veces en intuiciones educadas en lugar de principios formales de la lógica para resolver los problemas que enfrentan.

De cualquier manera, lo que parece cada vez más claro es que la tajante separación entre lo emotivo y lo cognitivo en la toma de decisiones, que se consideran determinadas por lo segundo puede no ser un supuesto adecuado. Antonio Damasio, por ejemplo, ha enfatizado la importancia de “lo visceral” (gut feelings) en la toma de decisiones, postulando que escogemos estrategias cognitivas porque lo visceral da una señal al cerebro acerca de la información que se debe utilizar en una situación dada. Lo que elegimos requiere no sólo planeamiento cognitivo sino también interacciones con el pasado; y esa historia, cuya configuración es extraña, tiene un alto componente emocional que depende de los éxitos o fracasos de las decisiones pasadas en situaciones similares.

Se pueden mencionar algunos experimentos diseñados para ilustrar el efecto automático e inconsciente de las emociones sobre lo cognitivo. Se le presentan a un jugador cuatro grupos de cartas y una suma de dinero. El objetivo es ganar la mayor cantidad de dinero posible. Cada carta de los grupos A y B da una recompensa inmediata de $ 100; en los grupos C y D la recompensa es de sólo $ 50. Los grupos han sido arreglados de tal manera que de manera sorpresiva pueden suceder grandes pérdidas en A y B, y pérdidas menos frecuentes e importantes en C y D. Los jugadores no tienen manera de prever cuando se dará la sanción, ni de calcular la pérdida o ganancia neta de cada grupo, ni cuando terminará el juego. La mayoría de los jugadores termina concentrándose en los grupos C y D.

De estos juegos se derivan dos resultados. El primero es que antes de que los sujetos tengan una idea clara de las situaciones que enfrentan y definan una estrategia de acción las emociones inducen ciertas conductas. Ante el juego ya descrito se conectan electrodos para medir la respuesta galvánica de la piel (RGP) lo que permite detectar y medir la intensidad de reacciones emocionales como cambios en el sudor que cambian la capacidad de conducción eléctrica.  Se observó que antes de que los sujetos tuvieran una idea del juego y se concentraran en los grupos C y D, la piel ya estaba mandando señales al respecto. Se daba una respuesta RGP para los grupos A y B que eventualmente era lo que llevaba a los individuos a escoger C y D. Esta respuesta se daba sin que los sujetos pudieran explicar por qué habían abandonado A y B.
El segundo resultado es que pacientes con lesiones cerebrales que se sabe no afectan la capacidad cognitiva sino la capacidad de sentir emociones son incapaces de adoptar una estrategia definida en los mismos contextos experimentales y muestran en general grandes dificultades para tomar todo tipo de decisiones.

6.6.4 – El orden y el contexto de las experiencias importa
Como se señaló atrás, un adelanto importante en la comprensión de la relación entre lo cognitivo y las emociones vino de resultados experimentales de la psicología social. A principios de los años ochenta Robert Zajonc [108], argumentaba que las preferencias (entendidas como reacciones emocionales simples) se podían formar sin un registro consciente del estímulo. Se confirmaba la idea del efecto de mera exposición (mere exposure effect). Cuando a varios sujetos se les expone a estímulos visuales novedosos –como ideogramas chinos- siempre tienden a preferir los que se exponen primero. En otro experimento   se les presentaba a los sujetos una breve exposición de fotos de caras. Posteriormente, ante un conjunto más amplio de fotos, y como se esperaba, no estuvieron en capacidad de identificar cuales habían visto, pero al pedírseles que manifestaran su gusto por las caras, las que habían sido expuestas recibían una mayor puntuación. El efecto de mera exposición funcionaba para las caras. Posteriormente se observó que el efecto se mantiene aún cuando el estímulo se presenta de manera subliminal. Los sujetos tienden a preferir los estímulos previamente expuestos aún sin tener conciencia de esa exposición . En el mismo sentido de resaltar la importancia de "la primera experiencia", apuntan consideraciones teóricas de la psicología. Roger Shepard ha buscado establecer leyes generales que se apliquen a lo que el denomina el espacio representacional de un dominio. Los seres humanos, y en general todas las criaturas, están bloqueadas en los espacios representacionales que poseen. Una de las ideas centrales es que cuando un organismo se ve confrontado por primera vez con un objeto de una clase, este objeto, el primer miembro de esa clase, se convierte en el patrón de comparación mediante el cual objetos posteriores se evalúan y clasifican relacionándolos o no con los primeros miembros de distintas clases, y aceptándolos como buenos objetos o rechazándolos como malos objetos.

Así, la manera como se procesa y registra la información depende del contexto bajo el cual se enfrentó la situación por primera vez. Además, el aprendizaje que tuvo lugar en una situación o estado por lo general se recuerda mejor cuando se recrea esa misma situación o estado. Si se aprende una lista de palabras bajo los efectos del alcohol, o de la marihuana, el recuerdo de esa lista será mejor cuando se está borracho, o "trabado". El llamado aprendizaje dependiente del estado (state-dependent) se aplica a muchas situaciones. Si se hace una prueba sobre algo aprendido en la misma sala el resultado será mejor que si se hace en otra. Aún más, la memoria será mejor si el sujeto está bajo el mismo estado de ánimo que ocurrió el aprendizaje De esta manera se explica por qué los estados de ánimo tienden a reforzarse: es más probable tener recuerdos desagradables cuando se está triste, y recuerdos agradables cuando se está alegre. "Muchos psicólogos plantean que los recuerdos se almacenan en redes asociativas, estructuras cognitivas en las cuales los distintos componentes del recuerdo están representados de manera separada. Para que el recuerdo aparezca en la conciencia, la red asociativa tiene que alcanzar determinado nivel de activación, lo que ocurre como función del número de componentes del recuerdo que se actúan y del peso de cada componente activado".  [109]

Uno de los componentes cruciales del recuerdo explícito de una experiencia anterior es precisamente el de las implicaciones emocionales de la experiencia. La presencia de claves que permitan activar ese componente  será lo que facilite la activación de la red de asociaciones. Aun más, una vez que los recuerdos relacionados con ciertas experiencias se activan y aparecen disponibles para la memoria, la operación de los procesadores especializados se torna sesgada hacia detectar y recoger información externa relevante para esa experiencia. Estas observaciones sugieren que las preferencias son específicas a los contextos. Al fin y al cabo las gorras o camisetas de equipos de fútbol se venden sobre todo a la salida de los estadios y no a la entrada de los hospitales.

El último punto que vale la pena destacar es el que se conoce como la defensa perceptual. Varios experimentos muestran cómo las malas palabras, las groserías, presentan una dificultad mayor de ser reconocidas que palabras comparables sin connotación sexual, escatológica o de cualquier otro tabú. Alterando el tiempo requerido para que los sujetos reconocieran una palabra se encontró que las palabras tabú requerían mayor exposición para ser reconocidas.

En síntesis, parece haber evidencia a favor de la idea que tendemos a preferir lo familiar y, simultáneamente, tenemos mayor facilidad para guardar lo que el entorno nos señala como preferido, y que este segundo efecto es más fuerte entre menos consciente sea el mensaje de la valoración que nos ofrece el entorno. Así, parecería que vamos construyendo preferencias a partir de una cultura personal determinada no sólo por la propia experiencia sino por el entorno en el cual actuamos en el pasado.

6.6.5  – El interpretador
Las explicaciones del comportamiento se van generando a partir de la conciencia de uno mismo, de los recuerdos de las acciones pasadas, de las expectativas, de la situación social y del entorno físico. Para la elaboración de esta síntesis existiría un sistema interno, que Gazzaniga denomina el interpretador, que no sólo va construyendo una historia consistente de lo que hacemos, sino que hace parecer que mantenemos el control sobre las acciones y que, además,  estamos haciendo las cosas bien. Localizado en el hemisferio izquierdo del cerebro, el interpretador busca permanentemente explicaciones para eventos internos y externos. Esta idea surgió durante pruebas de conceptos simultáneos realizados con pacientes con corte cerebral, a los cuales se les presentaban dos dibujos: uno iba exclusivamente al hemisferio izquierdo y el otro al derecho. En uno de los ejemplos el dibujo de una pata de pollo se presentaba subliminalmente al HI y una escena de nieve al HD. Luego se ponía al paciente a escoger dentro de un conjunto distinto de dibujos los que estuvieran asociados con los anteriores, entre los cuales había dos asociaciones obvias, un pollo y una pala de nieve. Un paciente escogió correctamente, sin estar consciente de la escena de nieve dirigida al HD, y al preguntársele porqué esa elección respondió simplemente que el pollo iba con la pata de pollo y la pala era necesaria para recoger lo que fuera dejando el pollo. El HI, observando la respuesta de la mano izquierda la interpretaba en un contexto consistente con su esfera de conocimiento, que no incluía la escena de la nieve.

Diversos experimentos tenderían a corroborar  la idea de un intepretador, localizado en el hemisferio izquierdo, que construye teorías para asimilar la información percibida como un todo integrado y con sentido. A algunos pacientes a los cuales se les presentaban primero dibujos de eventos comunes, como levantarse o cocinar, y después otra serie de dibujos y se les preguntaba cuales han visto antes y cuales no. Ambos hemisferios respondían bien. Sin embargo, cuando se mostraban dibujos relacionados con los anteriores pero no presentados antes, sólo el HD acertaba. El HI, de manera incorrecta, recordaba más dibujos, porque encajaban en el esquema que había construido alrededor del evento.

“Para convencer a alguien más de la verdad de nuestra historia, debemos primero convencernos a nosotros mismos. Necesitamos algo que expanda los hechos que ocurren en nuestra experiencia en una continua narrativa, la imagen de nosotros mismos que hemos construido a lo largo de los años en nuestra mente ... que nos mantiene creyendo que somos gente buena, que estamos en control de la situación y que tenemos buenas intenciones” [110].

Bastante reveladoras resultan las observaciones hechas de pacientes con corte cerebral a los cuales se les da, a través del hemisferio derecho una instrucción de acción –como vaya a caminar- de la cual el hemisferio izquierdo no se entera, lo que no impide que, al preguntársele, tenga siempre una explicación de lo que hizo –como iba por una bebida-.

En general este interpretador busca descifrar el mundo, y no tiene mayores dificultades en inventar las historias que necesitemos para seguir creyendo que estamos en control de todas nuestras acciones. Cuando se le presenta a la gente una serie de fotografías alrededor de un tema específico –por ejemplo varias de la playa- y después se le pide si recuerdan haber visto un objeto muy relacionado con el tema, pero que no aparecía en las fotos, no sólo contestan afirmativamente sino que elaboran toda clase de historias detalladas al respecto. Si se presentan una serie de palabras asociadas –cama, despertarse, almohada, descanso- con frecuencia recuerdan otras asociadas y no presentadas, como sueño. Si las palabras se presentan en un idioma desconocido, aunque después las recuerden, no ha esta  tendencia a introducir términos asociados. Como el interpretador no conoce el idioma no puede elaborar una historia al respecto. El interpretador stablece una narrativa continua de nuestro comportamiento, nuestras emociones, nuestras ideas, y nuestros sueños. Es el cemento que unifica y hace consistente nuestra historia y crea nuestro sentido de ser un todo racional.

6.6.6. – Las neuronas espejo y la empatía [111]
Uno de los avances recientes de las neurociencias que, sin la menor duda, tendrá un impacto considerable sobre los más álgidos debates en las ciencias sociales –como por ejemplo la relevancia del egoísmo y el altruismo, o la importancia del entorno sobre el comportamiento y en últimas los límites entre lo privado y lo público- tiene que ver con las llamadas neuronas espejo y las teorías de las otras mentes (ToM). Básicamente, lo que se sugiere es que estamos biológicamente equipados para la empatía, para la compasión, para “ponernos en los zapatos del otro” y poder sentir lo que sienten las personas a nuestro alrededor. Además, el cerebro humano parece tener una capacidad innata para leer e interpretar mentes ajenas. En estos dos mecanismos podrían encontrarse varias claves para entender nuestra esencia como seres sociales, los sistemas éticos, los procesos de aprendizaje y, en particular, la capacidad para adaptar nuestro comportamiento a las reacciones de las personas del entorno.

Las neuronas espejo, descubiertas por Giacomo Rizzolatti, de la Universidad de Parma, son básicamente áreas neuronales que se activan cuando el individuo percibe que otra persona sufre o experimenta sensaciones placenteras. En otros términos estas áreas permiten simular, en primera persona, los estados emocionales de los demás. Como muchos otros descubrimientos, el de los espejos en el cerebro surgió por casualidad. El equipo de Rizzolatti estudiaba en el laboratorio las reacciones en el cerebro de primates antes ciertos estímulos. Con electrodos conectados a la cabeza de los simios, se registraban las áreas del cerebro en las que se presentaban reacciones cuando movían o cogían algún objeto. Un día, se dieron cuenta que algunas áreas del cerebro del mono se activaban tanto con sus acciones como cuando observaba esas mismas conductas en otros. Las técnicas de imagen cerebral confirmaron luego que los seres humanos poseen el mismo sistema espejo, mucho más sofisticado. Aunque falta mucho por saber en cuanto a la ubicación y la distribución de las neuronas espejo, parece claro que el sistema es análogo al de los primates. Cuando un individuo observa una conducta en otro, su cerebro replica, simula, esa misma conducta y en cierto modo vive el mismo proceso como si lo estuviera haciendo. Este sistema espejo no se limita a los movimientos sino que se extiende a aspectos más sutiles del comportamiento, como las emociones.

“Uno de los aspectos más sorprendentes de nuestra experiencia con los demás es su naturaleza intuitiva… En nuestro cerebro existen mecanismos neurales (mecanismos espejo) que nos permiten entender directamente el significado de las acciones y emociones de los demás replicándolas (simulándolas) internamente sin ningún tipo de reflexión explícita para mediarlas. El razonamiento conceptual no es necesario para esta comprensión. Como seres humanos somos obviamente capaces de razonar acerca de los otros y de utilizar esta capacidad para entender la mente de los demás en un nivel conceptual, declarativo. Argumentamos, sin embargo, que el mecanismo fundamental que nos permite captar de manera directa las experiencias de los demás no surge del razonamiento conceptual sino de una estimulación directa de los eventos que observamos a través del mecanismo espejo” [112]

El conocimiento de este mecanismo neuronal ha permitido comprender la importancia del estado de ánimo de las personas que nos rodean como un determinante directo del estado de ánimo propio. En esta medida, se ha reconocido que los seres humanos contamos con mecanismos biológicos que nos hacen seres sociales por excelencia y por definición, pues lo que somos está directa e internamente vinculado con las personas que nos rodean. Tanto el disgusto o el asco como emociones que se pueden denominar sociales como la culpa, la vergüenza, el orgullo o la humillación se reflejan en las neuronas espejo.

La Teoría de las otras Mentes (ToM) se refiere a la capacidad de un individuo para representarse los estados emocionales de sus semejantes. Cada individuo, en cada momento de su vida, se hace una idea acerca de lo que sucede en las mentes de las demás personas. Estas suposiciones e inferencias sobre las otras mentes, no siempre pueden ser corroboradas o validadas, pero son necesarias para la empatía. Si una persona no es capaz de elaborar una ToM acerca de las demás personas, entonces no podrá sentir las emociones ajenas ni “ponerse en los zapatos de los otros”.

No sobra hacer explícitas algunas de las consecuencias del descubrimiento de los mecanismos espejo sobre el recurrente debate sobre la importancia de la educación y la cultura en el comportamiento individual, y sobre los mecanismos a través de los cuales se transmiten ciertas conductas. Desde esta perspectiva se destaca la importancia de la imitación en el proceso de aprendizaje y transmisión de la cultura.

6.7 – Egoísmo o altruismo: el instinto grupal
En biología se define el altruismo exclusivamente en términos de supervivencia y reproducción. Si un organismo incrementa la adaptación (fitness) de otros a costa de la suya se comporta de manera altruista en forma independiente de lo que piensa o sienta [113]. En psicología y filosofía, por el contrario, se lo define en términos de las intenciones: ayudar a los demás es para el altruista un fin en sí mismo y no un medio para buscar una satisfacción personal. Cualquiera de estas dos aproximaciones han sido consideradas frágiles por sus críticos. La primera bajo el argumento que la selección natural individual, que favorece el egoísmo, es más generalizada y poderosa que la selección de grupo, que está detrás del altruismo. La segunda, porque siempre es posible encontrar una motivación egoísta detrás de una acción aparentemente altruista y, por esto, se considera más parsimonioso adoptar el supuesto general del egoísmo. Sober y Wilson (2000) rechazan estas visiones extremas, señalando que, en biología, el rechazo drástico a la idea de selección de grupo que se dio durante los años sesenta ya ha dado paso a una posición más equilibrada en la cual se reconocen ciertas instancias en las cuales el egoísmo es insuficiente como explicación. Anotan que si la selección natural fuera únicamente un proceso de selección entre individuos, el altruismo –y las actitudes morales asociadas- no se hubiesen desarrollado jamás. En el otro extremo, si la selección natural fuera un proceso de selección entre grupos sociales, el altruismo sería algo tan adaptativo y natural en todos los individuos como la buena visión.

Si, como se reconoce ahora en biología, la selección natural es un proceso que se da a distintos niveles, a la vez entre grupos y dentro de los grupos, lo que cabe esperar es el desarrollo de una compleja combinación de egoísmo y altruismo, tal como se observa en los seres humanos y muchas otras especies. El resultado final depende del poder de la selección de grupo con relación a la selección individual.

Se han sugerido dos mecanismos a través de los cuales se pueden explicar los comportamientos altruistas. En ambos casos el foco de atención deja de ser el individuo. El primero de estos, sugerido en los años sesenta por Williams y Hamilton y divulgado por Dawkins (1989), plantea que el principio de supervivencia del más adaptado (survival of the fittest) se aplica no al individuo sino a sus genes, de los que el primero sería simplemente un vehículo conductor, una especie de máquina de supervivencia. “La unidad fundamental de la selección, y por lo tanto del egoísmo (self-interest), no es la especie, ni el grupo, ni siquiera, siendo estrictos, el individuo. Es el gen, la unidad hereditaria” [114].

Bajo esta óptica, lo que han buscado de manera más sistemática los seres humanos ha sido el beneficio, no de su grupo, ni de su familia, ni siquiera de ellos mismos, sino de sus genes, puesto que inevitablemente descienden de quien así lo hicieron. Aunque usualmente los intereses genéticos e individuales coinciden, en ocasiones los primeros exigen un sacrificio de los segundos que favorezca sus retoños. Innumerables comportamientos imposibles de explicar bajo el principio de la selección natural individual adquirieron sentido bajo la óptica de la selección a nivel de los genes. En particular, se explicaron de esta manera las distintas conductas que implicaban un sacrificio individual en beneficio de los familiares con los que se comparten los genes. A través de este mecanismo se desarrollaron los vínculos sociales a partir de la unidad familiar y se ampliaron por alianzas matrimoniales. El instinto básico que explica esta sociabilidad sería la empatía y en particular los vínculos madre-hijo.

El segundo mecanismo, por varios años sistemáticamente rechazado por los biólogos, retoma la idea de la búsqueda del beneficio del grupo como motor del comportamiento individual. Al nivel más básico se hace referencia a la necesidad de que tiene un grupo de defender un territorio y de esta manera garantizar la supervivencia de todos los individuos que lo integran. Esta defensa territorial por parte del grupo, un rasgo característico en los seres humanos y algunos primates superiores, es una extensión de las coaliciones al interior de la colectividad. Otro rasgo distintivo es la existencia de un líder, un protector o, en la terminología de los primatólogos, un macho alfa, que también interviene para prevenir los peleas internas, jugando un papel pacificador dentro del grupo. Una posible razón es la de impedir el desmembramiento de los grupos numerosos, más capaces de resistir ataques de terceros. 

La psicología evolucionaria ha planteado la posibilidad de que ciertos rasgos básicos del comportamiento humano pudieron surgir durante los millones de años que los ancestros cazadores-recolectores del hombre vivieron en pequeños grupos étnicos. Una posibilidad, que ha sido denominada  el etnocentrismo, no sería otra cosa que una tendencia humana a formar grupos exclusivos que se cierran de manera sólida a la intrusión de individuos extraños al grupo. Todas las sociedades –primitivas o modernas- tienden a tener un grupo enemigo, un concepto de ellos contra nosotros. Uno de los mecanismos de cohesión más poderosos ha sido siempre la defensa ante una amenaza externa al grupo. Este efecto es particularmente fuerte en las sociedades tribales compuestas por bandas de hombres emparentados entre sí y sus esposas. La forma de tribu conocida como la de grupo de interés fraternal en la cual los hombres permanecen en sus bandas nativas mientras que las mujeres migran hacia otros grupos se reconocen como las más propensas a los enfrentamientos entre grupos [115]. Pero la inclinación natural y devoción hacia los grupos puede darse en colectividades sin ningún parentesco, incluso aquellas constituidas de manera completamente arbitraria. El ejemplo más citado en ese sentido fue el experimento realizado en un campo de verano en Oklahoma durante los años cincuenta, cuando una veintena de niños de 11 años con buen nivel educativo fueron repartidos en dos grupos, los Rattles y los Eagles, que se mantuvieron separados. En el término de una semana cada uno de los grupos ya tenía una identidad, un líder, y unos rudimentos de cultura. Al cabo de unas competencias deportivas que se llevaron a cabo de manera civilizada, se empezaron a dar enfrentamientos y peleas por diversos motivos cuya intensidad fue escalando hasta que los psicólogos responsables del experimento tuvieron que suspenderlo por considerar que se les había salido de las manos. Experiencias del mismo tipo han sido replicadas en otros contextos con resultados similares  [116]. El proceso se inicia cuando los integrantes del grupo establecen categorías, y clasifican a los demás en términos gruesos y clases generales que en últimas conducen hacia Nosotros y Ellos. En el siguiente paso los individuos empiezan a discriminar, y a favorecer a los Nuestros sobre los demás -aún cuando la base para la clasificación es totalmente inocua - para finalmente adoptar estereotipos que consolidan la aceptación de los Nuestros y el rechazo de Ellos . Se han realizado experimentos en los cuales se divide a la gente con cuestiones tan triviales como un grupo que sobre estima el número de puntos en un telón contra otro grupo que los subestima. El ejemplo contemporáneo más relevante en las sociedades desarrolladas es el de los inmigrantes o, más sugestivo aún como denominación, los ilegales a quienes se atribuyen sin mayor análisis todo tipo de infortunios. En casos extremos, se llega a la deshumanización de Ellos, lo cual implica que las restricciones morales no rigen y que por lo tanto personas corrientes pueden hacer eventualmente cualquier cosa contra ellos con la conciencia tranquila.

Los psicólogos sociales plantean que este sesgo adentro-afuera del grupo (ingroup-outgroup bias) es universal [117]. Desde Darwin se ha planteado que de esta tensión puede haber surgido la moralidad como un resultado de la selección natural por solidaridad y que el comportamiento moral, la parte hacia adentro del sesgo, hunde sus raíces en la evolución de las especies. La parte poco amable de esta observación es que la moralidad basada en la lealtad al interior del grupo funcionó, en términos evolutivos, porque permitió que los grupos fueran más eficaces agrediendo a otros.

En este contexto, aparece un nuevo sentido para el término supervivencia y otra explicación para el avance relativo de ciertos grupos: aquellos con capacidad para cooperar sobrevivieron mejor que los de sólo egoístas. “Una tribu con muchos miembros quienes, por contar en alto grado con espíritu de patriotismo, fidelidad, obediencia, coraje, simpatía, estuviesen siempre listos a ayudarse el uno al otro, y sacrificarse a sí mismos por el bien común, sería victoriosa sobre la mayor parte de las otras tribus, y esto sería selección natural” [118].

Incluso los economistas, predicadores a ultranza del egoísmo, han vuelto a considerar relevante, como elemento de cohesión, la posibilidad de que los grupos de cooperadores sean más exitosos que los grupos de individualistas. Parte de esta idea se desarrolló con teoría de juegos, y en particular a partir del análisis de las soluciones al dilema del prisionero.  El punto que se debe destacar es que un requisito recurrente para que surja la cooperación es la existencia de pequeños grupos de individuos. La posibilidad teórica del colinchado, el gorrón, el free-rider, es mucho más alta entre grupos numerosos de gente desconocida en los cuales, sin embargo, se observan altos niveles de cooperación. Lo que se ha sugerido es que a lo largo de la historia, los grupos de cooperadores han tenido mayor éxito -económico, ideológico o político- y han sacado de la competencia a los grupos incapaces de colaborar entre sí. En los juegos de simulación que llevaron a este planteamiento, se llegó a la conclusión de que existe un rasgo individual que favorece bastante la cooperación: el conformismo. Haciendo lo que los líderes o todos los demás hacen se garantiza la cooperación. Si se considera que, a lo largo del proceso de educación, los seres humanos adoptan costumbres y hábitos no necesariamente por ensayo y error sino imitando lo que hacen los mayores quienes, a su vez, siguen ciertas tendencias generales de comportamiento, entonces la cooperación puede persistir aún entre grupos muy grandes [119].

La selección natural tuvo lugar a nivel del individuo pero también de la tribu o de la banda. Este tipo de sociabilidad presenta tres diferencias fundamentales con la que se genera a partir de la familia. La primera es que surge de la organización social más amplia –la tribu o la banda- y desde allí baja hasta la familia y el individuo. La segunda es que el instinto básico que la sustenta ya no es la empatía sino el miedo, y la búsqueda de protección contra las amenazas; y desde el punto de vista del grupo que agrede y de su líder –generalmente machos- el afán de dominación y el orgullo. La tercera tiene que ver con la diferencia de género de los actores protagónicos: desde arriba el protector, el macho alfa, que coordina el grupo que va a la guerra, representa la autoridad política y, con recurso a la disuasión, defiende la normatividad desde arriba. Desde abajo,  por el contrario, es la de la madre que transmite a los críos, mediante el ejemplo y la persuasión, las bases de las normas, los elementos básicos de la sociabilidad.

La idea de una tendencia natural de los humanos a formar grupos, cuya cohesión interna depende directamente de la amenaza de un enemigo exterior, parece ser importante no sólo como estrategia de seguridad  sino como explicación alternativa para el fenómeno de la cooperación. Por ambas vías, la de la familia y la de la tribu, la misma selección natural habría acentuado ciertos instintos sociales y desarrollado comportamientos y sentimientos ligados a la vida en comunidad, tales como la simpatía, la solidaridad, la asistencia mutua, la importancia otorgada a la opinión ajena, el sentido del deber e incluso la aptitud para el sacrificio personal. La selección natural, que en principio implicaba la eliminación por competencia, tendió a ser abolida en su forma más primitiva para ser reemplazada por el proceso de educación. La protección de los más débiles, una característica de la civilización y una buena medida de su desarrollo, reemplaza su eliminación, casi inevitable en el ámbito de la selección natural individual. 

En este contexto, los escenarios analizados por Elías o Hirschman pueden interpretarse como un incremento progresivo en el peso relativo de la selección de grupo en detrimento de la selección individual.



6.8  – El soporte biológico al modelo de seguimiento de  reglas
Uno de los coproductos interesantes del enfoque biológico del comportamiento es que permite terciar en los debates sobre el comportamiento humano que se han planteado en las ciencias sociales. De la misma manera que, dentro de las ciencias naturales, existe ya acuerdo en la recomendación de superar la secular y drástica distinción entre lo natural y lo cultural, es claro el mensaje a favor de la idea que los comportamientos aprendidos, las reglas de conducta, los hábitos, son un elemento que no puede ignorarse para el análisis sistemático del comportamiento del ser humano. Así, si bien se rechaza la noción de que todo comportamiento se debe explicar a partir del modelo de seguimiento de reglas, como proponía la sociología clásica, también se rechaza la idea de que sea una dimensión del comportamiento totalmente irrelevante, como propone la economía.

El modelo de comportamiento individual consistente con las ciencias naturales, y hacia el cual empiezan a orientarse las disciplinas sociales  es, como propone Elster, una compleja combinación de (i) elementos instintivos y emocionales, en parte pre-programados por la selección natural y moldeados por el entorno, (ii) capacidad racional y cognitiva para tomar decisiones y elegir cursos de acción y (iii) apego genuino a ciertas reglas dictadas, tanto por la evolución, como por la experiencia anterior del mismo individuo, como por el entorno familiar, social y cultural en el que se realizó el aprendizaje y se toman las decisiones.

En este contexto, se pueden destacar varios puntos. El primero es que junto con una sofisticada habilidad para pensar y razonar, y la conciencia de sí mismo, la capacidad para seguir, de manera inconsciente, sistemas de reglas simples, como el lenguaje, o normas de mayor complejidad, como la moral o el derecho es, más que el egoísmo o el supuesto genérico de buscar la satisfacción del interés particular, lo que lo distingue al ser humano de otras especies. Para el AED es crucial la distinción entre comportamientos conscientes, en los cuales se da de manera explícita un cálculo de costos y beneficios, y los que son automáticos o inconscientes. El segundo punto es que el seguimiento genuino de reglas como patrón de comportamiento es la alternativa más eficiente de acción en innumerables circunstancias, y por lo tanto la alternativa más parsimoniosa de explicación. El tercero es que las emociones y los instintos afectan la manera como el individuo aprende y adopta reglas de comportamiento. En particular, el temor –al peligro o a la autoridad-  constituye una de las vías a través de las cuales el ser humano adhiere a las normas. En el otro sentido, el entorno cultural puede llegar a afectar la manera como se expresan comportamientos emotivos.

Hay relativo consenso, y acuerdo entre la antropología, la sociología, la psicología  y las ciencias naturales, en reconocer que la particularidad del ser humano, que es el que interesa al analizar el derecho, es más el comportamiento social que el egoísmo, y que la racionalidad tiene que ver precisamente con la capacidad de acumular y alterar la cultura con la introducción de nuevas ideas, y de reglas de comportamiento, sobre cuyos beneficios se establece comunicación, hablada y escrita, entre los individuos. Los sistemas de creencias, que afectan la manera como se evalúan los costos y beneficios de la acción, son en su mayoría aprendidos en la familia, y el aprendizaje cultural, que también es indispensable para esta evaluación, se deriva básicamente de la imitación. Los humanos no tenemos el monopolio del aprendizaje, miles de especies animales aprenden observando a sus parientes. La diferencia es un asunto de grado: en un punto se cruza la línea que separa el comportamiento basado en los instintos al comportamiento basado en la cultura. Edward Wilson argumenta que el evento más importante en la vida multicelular sobre la tierra fue cuando el cerebro humano contó con pensamiento sofisticado, con ideas racionales, con una cultura y fue capaz de comunicarse mediante el lenguaje [120]

Como ya se señaló, se pueden distinguir tres tipos de orígenes para las reglas de comportamiento: los instintos naturales, la propia experiencia del individuo y el entorno cultural. En los tres casos, la lógica de la adhesión a las reglas es la misma: es una estrategia de acción que minimiza los costos. "Hay muchas cosas para las cuales estamos mejor si no pensamos en ellas, como poner un pie delante de otro cuando caminamos, parpadear cuando vienen objetos hacia el ojo, insertar el sujeto y el verbo en el sitio correcto cuando hablamos, responder de manera rápida y apropiada ante el peligro ... Las funciones mentales y de comportamiento se harían demasiado lentas si cada respuesta tuviera que verse precedida de un pensamiento"  [121]. Con relación a las reglas adoptadas de la experiencia ajena, la noción es la misma: “la imitación es mucho más barata que el genio inventivo” [122]. La enorme capacidad de imitación ha sido reconocida como un rasgo esencial de todos los primates. Y lo que se sabe sobre comportamiento humano confirma la existencia de este instinto; la gente ajusta sus conductas por imitación, aún de los errores, de manera más frecuente que hace análisis para tomar decisiones correctas [123]. La influencia de la cultura es fuerte en buena parte porque los instintos nos llevan a ajustarnos e identificarnos con un grupo.

El papel del entorno cultural sobre el comportamiento es tan fuerte, que puede llegar incluso a afectar la manera como se manifiestan las emociones, la dimensión  que menos bien controlamos de nuestras conductas. Paul Elkman [124] habla de las “reglas de manifestación”, de acuerdo con las cuales a través de convenciones culturales y normas se afecta la manera como los individuos expresan sus emociones. Bajo el supuesto que en la cultura occidental se restringe menos la expresión de emociones que en la cultura oriental, Elkman estudió las expresiones faciales de sujetos americanos y japoneses mientras miraban una película con alto componente emotivo. Se hizo la observación en un escenario privado, los sujetos sólos viendo la película, y en otro en el cual una figura de autoridad, un experimentador con una chaqueta blanca, observaba al individuo. En la situación privada había una gran similitud en las emociones expresadas por americanos y japoneses en varias partes de la película. Con un experimentador presente, los movimientos faciales dejaban de ser los mismos: los japoneses aparecían más corteses y mostraban más sonrisas y menos diversidad emocional que los americanos [125].

Estas reglas son aprendidas como parte del proceso de socialización y se incorporan de tal manera al comportamiento que, al igual que las emociones mismas, ocurren de manera automática, sin participación de la conciencia. Si la cultura es suficiente para alterar la manera como se responde de manera inconsciente a ciertos estímulos, con mayor razón se debe reconocer que afecta la forma como se toman las decisiones racionales conscientes, aquellas en las cuales se utiliza una interpretación del entorno, y unas reglas de cálculo que han sido transmitidas por la cultura. No se puede suponer que en una sociedad iletrada se adoptarán los mismos mecanismos de toma de decisiones que en otra con abundancia de información escrita, conocimiento de cálculo, y hojas electrónicas que permitan simulación de escenarios alternativos. En algunas sociedades primitivas, por ejemplo, no está permitido contar seres vivientes. Ciertas culturas no aceptan valorar en dinero la vida humana. Estos ejemplos reflejan la importancia de las reglas como factor explicativo del comportamiento racional, en forma adicional y complementaria a la idea de la satisfacción de los intereses particulares.

Incluso los objetivos de los individuos para los cuales se adecuan los medios de acción, son específicos al entorno de las decisiones, y para hablar de racionalidad es indispensable hacer referencia al contexto bajo el cual tiene lugar la acción.


7 – ALGUNAS IMPLICACIONES PARA EL ANALISIS DEL DERECHO
En términos del comportamiento individual la pregunta básica para el analista del derecho sigue siendo ¿por qué algunas personas y no otras cumplen (o incumplen) las normas y más específicamente las leyes?

En esta sección se destacan algunas de las dimensiones del comportamiento humano que han sido tradicionalmente ignoradas por la sociología, y más recientemente por el AED, y que pueden ser útiles para responder esta pregunta en ciertos contextos específicos.

En primer lugar, parece conveniente diferenciar cuatro categorías de personas que incumplen las normas y leyes y que normalmente corresponden, desde el punto de vista del comportamiento, a cuatro perfiles de individuos. Así, a la categoría general del infractor, entendido como aquel individuo cuyo comportamiento no se ajusta a una norma, vale la pena agregar la del criminal –entendido aquí de manera peculiar como aquel que causa un daño físico-, la del rebelde –el que desafía la norma que viola- y la el extranjero –quien no pertenece al grupo para el cual rige la norma.

Otro aspecto, tradicionalmente ignorado por las ciencias sociales y por el AED, pero que por su universalidad es relevante para la comprensión del comportamiento individual ante la ley, es el de las diferencias de género en términos de observancia de las normas. Estas diferencias son relevantes para las cuatro categorías de infractores consideradas.

Por último, conviene siempre, para analizar una infracción responder la pregunta sobre la naturaleza –individual o colectiva- de la decisión de infringir las normas.

7.1 – El miedo como determinante del comportamiento
Hay varios aspectos derivados del conocimiento que se tiene sobre las respuestas cerebrales ante las situaciones que pueden producir daño físico que son útiles para la comprensión tanto de las reacciones de las víctimas y los agresores en los incidentes que implican daño, como de la relación de los últimos con el sistema legal. El primero es la existencia del sistema especializado en el manejo del miedo, en buena medida por fuera del control cognitivo, y que depende por el contrario de las emociones, tanto a nivel de las respuestas inmediatas como de la manera como se registran los incidentes en la memoria. El segundo es la fortaleza con que quedan almacenadas esas experiencias, e incluso la posibilidad de que tal tipo de recuerdos sean  indelebles tanto en la memoria explícita como en la emocional. El tercero es el relacionado con la importancia del estatus de los individuos en la sociedad, de su posición relativa frente los demás, y en particular, de su relación con el segmento más alto en la jerarquía social, el soberano, o más precisamente el protector del sistema normativo o legal. Ambos elementos están relacionados, pues es generalmente el soberano-protector, el que juega ante los demás individuos del grupo el doble papel de protegerlos de las amenazas externas y, a su vez, someterlos a unas reglas internas al grupo que se refuerzan con la amenaza de sanciones para lo cual, en últimas, recurre al manejo de las reacciones ante el miedo.

Son varias las consecuencias de estas observaciones para el análisis del comportamiento de los individuos ante la ley. Uno, las reacciones motivadas por el miedo son en buena medida inconscientes y el control de la acción lo asume algo como un piloto automático que funciona de manera similar en todas las especies. Dos, se requiere un nivel mínimo de estímulo para que este piloto automático tome el control de la acción. Puesto que se trata de un sistema neural que es común a todas las especies no parece haber campo para sofisticadas evaluaciones en términos de la probabilidad del peligro. Para cualquier presa la situación de amenaza no admite matices: la amenaza está presente, o no lo está. Y se actúa en consecuencia. El miedo condicionado, basado en experiencias anteriores, también implica actuar de manera dicótoma. En ambos casos, o está presente lo que produce el daño, o una señal asociada con su presencia, y el control de la acción lo asume el sistema especializado o no se está ante el peligro. Se puede incluso especular que es esto lo que permite explicar el hecho observado que los individuos tienden a despreciar (hacer igual a cero) las probabilidades de eventos susceptibles de causar daño. Puesto que ante la presencia de peligro el control de la acción pasa a un sistema especializado, y se impide la posibilidad de cualquier otra acción no relacionada con enfrentar el peligro, el cerebro tendería a filtrar y ser selectivo con los pensamientos conscientes, y las evaluaciones cognitivas basadas en meras probabilidades. Por último, en las reacciones ante el peligro, o en la evaluación de las situaciones que se puedan asociar con amenazas, el pasado juega un papel determinante, pues las experiencias anteriores del individuo son las que configuran, aún de manera inconsciente, el miedo condicionado.

Una de las divergencias más recurrentes entre los economistas y los juristas es la insistencia de los primeros en un enfoque hacia adelante, forward looking, y la sensibilidad  de los segundos hacia cuestiones pasadas que determinan la acción y que preocupan al derecho. En el tratamiento de las víctimas –de los crímenes, los accidentes o los incumplimientos de contrato- es clara esta diferencia temporal en los enfoques. En la noción de obligación, que surge de algo que ya pasó, y no de lo que se espera que puede ocurrir, que es fundamental para el derecho civil y casi irrelevante para la economía, se percibe la misma tensión. Incluso en los supuestos básicos de comportamiento, la elección racional o el seguimiento de reglas, surge esta divergencia. Los hábitos, las costumbres, las normas sociales -que son aceptados por el derecho y que resultan problemáticos para la economía- son cuestiones “que dependen de hechos del pasado y no de condiciones del futuro” [126]. El conocimiento que se tiene sobre el funcionamiento del cerebro indica con claridad que no es adecuado el supuesto de que el pasado no interfiere en la toma de decisiones. Las experiencias anteriores configuran no sólo la información que se almacena para la evaluación de la acción sino la forma como se perciben ciertos incentivos.

En el ser humano la transmisión de información sobre las situaciones de peligro, de lo que puede ocasionar un daño o de los casos extremos de incidentes susceptibles de amenazar la supervivencia, circulan de manera particularmente fluida entre los integrantes de un grupo, incluso entre distintas generaciones. Las correspondientes reglas de comportamiento preventivo se adoptan de manera duradera, aún entre los descendientes.

Puesto que aún en los casos en los que se actúa evitando eficazmente el daño pueden quedar huellas indelebles, es razonable plantear que la protección, por parte de terceros, contra el peligro o las amenazas, constituye un servicio altamente demandado y valorado por todos los seres humanos y, por otro lado, que quienes estén en capacidad de ofrecer ese tipo de servicio serán individuos o grupos con buena capacidad para exigir contra prestaciones, para cobrar tributos.

El deseo de protección en los seres humanos es tan importante que en algunas ocasiones se acepta incluso voluntariamente el daño que causa un protector, siempre que, a cambio, proteja adecuadamente de las demás amenazas. Así, el grupo social de las víctimas, reales y potenciales, es fundamental para la organización social, y para el derecho. No parece arriesgado postular, en las líneas del pensamiento de Hobbes, que una de las primeras solicitudes de los ciudadanos hacia su sistema legal -o hacia el responsable de cualquier organización- será precisamente la protección contra el daño físico. El contrato social, de acuerdo con Hobbes, es esencialmente el resultado de la búsqueda de protección ante la amenaza de muerte. Estos factores permitirían explicar la importancia que, como una extensión cultural del instinto de conservación, el derecho le ha asignado a la protección de los individuos contra el daño, como valor prioritario.

Aunque los sistemas penales modernos se alejan cada vez más de la posibilidad de infringir un daño físico, que necesariamente produce miedo, ese es claramente el origen de las sanciones penales, y no es otra la razón por la cual se consideran peculiares. En buena parte de los sistemas penales no occidentales, o en los sustitutos privados de la justicia, la sanción penal más común sigue siendo la muerte, que es algo que por definición produce miedo, y es sobre el manejo y manipulación de ese miedo sobre lo que se sustentan tales sistemas penales. No es una coincidencia, por ejemplo, que en el llamado Antiguo Régimen, en algunos sistemas penales contemporáneos, y en ciertas instancias de justicia privada, las ejecuciones sean un asunto público: la disuasión se busca a través del registro, parcialmente emocional, del miedo.

En una especie de cadena de refuerzos condicionados, los distintos tipos de sanciones de un ordenamiento jurídico moderno -la decisión de un inspector de hacienda o de un agente de tránsito, la sentencia de un juez civil, la condena de un juez penal- se soportan en últimas en la posibilidad de un castigo, de la coerción, de aplicación de la fuerza, que son desagradables per se, y no necesariamente por sus repercusiones económicas. El miedo a ese castigo físico, cuya aplicación es la máxima prerrogativa que los ciudadanos le otorgan al Estado moderno, es probablemente, entre otros factores, lo que está detrás de la noción del temor ante la ley. 

En la observación que la manipulación del miedo al castigo es una de las herramientas más eficaces de modificación de los comportamientos es algo en lo que están de acuerdo tanto las ciencias naturales, desde Pavlov, como la filosofía, el derecho y las ciencias sociales. Para el derecho la preocupación ha sido tan recurrente que se puede afirmar que el derecho penal moderno se considera una herramienta tanto para disuadir a los criminales como, tal vez más importante, para establecer unos límites al ius puniendi, el poder de castigar, por parte del soberano. El soberano -o protector de un sistema normativo- más eficaz es precisamente aquel que ya no tiene necesidad de aplicar las sanciones sino que cuenta con la credibilidad suficiente para que se tenga la certeza que si se infringe la norma será aplicada la sanción: el que logró internalizar el miedo.

Se puede estirar un poco la argumentación para plantear que es más eficaz la internalización de las sanciones por parte de los eventuales infractores que ofrecerlas como un parámetro adicional a eventuales cálculos beneficio-costo previos a la acción. Para utilizar la terminología de la biología del miedo, el punto que se quiere destacar es que, como lo sugiere la sabiduría popular, el temor a la ley tiene un componente emocional, y no puede considerarse como un asunto simplemente cognitivo y racional.

7.2  – La venganza
En esta sección se pretende hacer una aproximación positiva al fenómeno de la venganza, que representa una de las mayores restricciones del esquema de elección racional para el análisis del derecho. A diferencia de la violencia -que también se considera ilegítima, pero que se estudia y se trata de comprender- la venganza, por indeseable, ha sido casi erradicada del debate intelectual, como si no existiera. Puesto que se trata de un tema en donde fácilmente se mezcla lo positivo con lo normativo, vale la pena aclarar que analizar la venganza no equivale a justificarla, ni mucho menos a promoverla. La pretensión es comprender, por ejemplo, si el ánimo de venganza, tan primitivo y salvaje, aún subsiste. Si, por ejemplo, hace parte de lo que las víctimas esperan de la justicia penal o de las compensaciones por daños.

Mientras que milenariamente la religión, el derecho y la literatura han hecho reflexiones sobre las relaciones, y los dilemas, entre la justicia y la venganza, en el mundo moderno, y en particular en el derecho contemporáneo y en las ciencias sociales, la noción de justicia es legítima pero la de venganza no lo es. Con la consideración de la solicitud de venganza como algo primario, emotivo, pasional, concuerdan analistas clásicos con los escasos pensadores contemporáneos interesados en el tema [127]. Para Durkheim (1893a) los pueblos primitivos, castigan por el hecho de castigar, haciendo sufrir al culpable sólo por hacerlo sufrir, sin buscar ninguna ventaja para sí mismos “La prueba es que las represalias no buscan ser justas, ni útiles, son sólo represalias” [128]. La pasión, que es el espíritu del castigo no cesa fácilmente y se hace sentir por la tendencia a sobrepasar la severidad de la acción contra la cual se reacciona. “Es un error creer que la venganza es simplemente crueldad inútil. Es muy posible que, en sí misma, sea una reacción mecánica e inútil, una acción emocional, algo no pensado, una necesidad irracional  de destruir; pero en realidad tiende a destruir algo que es una amenaza para nosotros” [129]. De acuerdo con Weber, “el hombre sediento de venganza no toma en cuenta el motivo subjetivo, sino que se preocupa solamente por el resultado objetivo de la conducta ajena, que excita y domina sus sentimientos  y provoca en él la necesidad de vengarse” [130].

La naturaleza del reflejo es tal que la ira del individuo que busca vengarse puede desencadenarse sobre los objetos que le causan daño, o sobre el animal que le ha inferido una lesión. Para explicar la venganza, contra cualquier ente, Durkheim recurre a cuestiones de reflejo, primarias, casi biológicas: “nos vengamos sólo de lo que nos ha hecho daño, y lo que nos ha hecho daño es siempre una amenaza. El instinto de venganza es, básicamente, el instinto de conservación  realzado por el peligro”  [131]. También son frecuentes las alusiones al hecho que, en las sociedades primitivas, se presentan reacciones de venganza contra animales y aún contra objetos. Para Weber, la ira del hombre sediento de venganza “desencadénase sobre objetos que le causan daño o sobre el animal que le ha inferido una lesión” [132].

Para Jon Elster, las venganzas son conflictos no realistas, que se diferencian de algunos ataques o incursiones hostiles en que no se orientan al logro de resultados específicos, como la adquisición de un botín; refiere la descripción de un habitante de Montenegro. “La venganza es un fuego todopoderoso y consumidor, enciende llamaradas que queman todo otro pensamiento y emoción. Sólo ella permanece sobre todo lo demás … La venganza no es odio sino que es la más violenta y dulce embriaguez tanto para quienes deben tomar venganza como para quienes desean ser vengados” [133].

Con relación a la reacción de una víctima parece conveniente distinguir dos instancias. En la primera se sufre un ataque que  produce daño, o dolor. Se trata de un efecto  irreversible, y difícil de reparar. Un efecto de este ataque es que causa, y aquí en un sentido inevitable, casi automático, un ánimo de venganza,  en la víctima. Sobre la naturaleza de este ánimo de venganza, tal vez lo más razonable sea asociarlo con una emoción. También podría hablarse de una pasión, cuya etimología es común a la de pasivo,  lo cual encaja bien en la idea tradicional de algo que se soporta, de manera pasiva, y no algo que se elige de manera activa. En otras palabras, esta primera consecuencia, emotiva, de un ataque sería más un evento, un incidente, que una acción de la víctima.  Como muchas emociones, este ánimo de venganza, estaría luego asociado con una tendencia de acción específica [134]. Se puede pensar que, como resultado del ataque, la víctima busca la restauración de un equilibrio. Al no poderse deshacer el daño producido por el ataque se debe tratar de encontrar una nueva situación en la cual el daño sufrido se equilibre con un daño, un castigo, al trasgresor. El ataque hace inevitable que la víctima desee, o eventualmente exija, que se le inflija daño al trasgresor. Se genera una demanda por castigo. Otra forma de verlo sería planteando que la víctima, por el sólo hecho de haber sufrido un ataque, adquiere un derecho, a exigir justicia y restablecer el equilibrio. Esta idea del derecho a la venganza atraviesa buena parte de los sistemas legales.

Son dos las dimensiones de la búsqueda de venganza que parece conveniente distinguir. La primera tiene que ver con la consideración de la venganza como una manifestación extrema del principio de reciprocidad: se considera justo que a un daño, se responda con una respuesta de similar magnitud. La segunda dimensión tiene que ver con que un ataque que pone en peligro la supervivencia produce miedo, y desencadena reacciones asociadas con el instinto de conservación. En el primer caso, con la venganza se busca el restablecimiento de un equilibrio justo y en el segundo lo que se da es, por un lado, la manifestación de la ira, por el daño irreparable que se causó, y, eventualmente, se busca que desaparezca la amenaza que produjo miedo y atentó contra la supervivencia. De esta manera, surgen tres tipos de motores de la venganza: la reciprocidad, el simple deseo de causar daño al trasgresor, y el ánimo, preventivo, de eliminar el peligro que representa el infractor en el futuro. Para la mayoría de los ataques, estas tres motivaciones se confunden.

La motivación de reciprocidad está íntimamente relacionada con la noción de intercambio. Definiendo altruismo como las acciones costosas para el actor y beneficiosas para el receptor, en la base de las redes de cooperación más allá de la estructura puramente familiar está la noción del altruismo recíproco. Para las acciones con efecto negativo el sentido de lo costoso y lo beneficioso se invierte. El punto importante es que se trata de acciones que tienen en cuenta la utilidad del otro. La idea del altruismo recíproco fue planteada inicialmente por la biología en El ojo por ojo, el tit-for-tat, o la llamada Regla de Oro: “haz lo que hizo el otro, y espera que el otro haga lo que tú hiciste” [135].

Estos criterios, sin embargo,  no ayudan a explicar por qué surge, en el trato con extraños, el comportamiento cooperativo. Wilson (1997) considera que la norma de la reciprocidad es universal, se da en todas las culturas de las cuales se tiene información y que tiene su origen en la familia, y en particular en la relación madre-hijo, como un requisito para la sociabilidad. Una manifestación simple de la reciprocidad tiene que ver con compartir los recursos, como la comida. En esta dimensión, de Waal (1996) plantea que sus orígenes pueden estar relacionados con la naturaleza del recurso que se comparte y sugiere que el compartir recursos puede tener objetivos políticos, como realzar la popularidad y el estatus de quien comparte. Sugiere que el alimento cuya obtención está sujeta al azar, y que requiere de esfuerzo cooperativo, como la caza, es más susceptible de ser compartido. Además, señala que en los órdenes sociales con jerarquías muy marcadas, en los cuales quienes dominan reciben recursos de los dominados, el sentido es en una dirección -que generalmente obedece a la lógica del intercambio de recursos por protección- mientras que en los sistemas más cooperativos los recursos fluyen en todas las direcciones, incluso hacia abajo. Esta observación coincide bastante con el planteamiento de Durkheim en el sentido que entre menos restringida y más centralizada es la autoridad las relaciones con los subordinados se asimilan más a las de un individuo con su propiedad mientras que al disminuir el poder se asimilan más a un contrato.

Se puede especular, por analogía, que garantizar la reciprocidad en los males y en los daños también puede dar dividendos políticos y que entre menos fuerte sea la jerarquía habrá mayor posibilidad de que el movimiento de los castigos no se dé tan sólo de arriba hacia abajo.  Otra dimensión de la reciprocidad, más relevante, tiene que ver con el intercambio de servicios, uno de los cuales es el apoyo en las luchas y la formación de alianzas, o coaliciones.

El principio de reciprocidad en las alianzas es actualmente objeto de debate. Cada vez se acepta más que muchas alianzas están basadas en el parentesco, y que la evolución de este tipo de sistema de soporte no requiere del principio de reciprocidad, pues la noción de la selección parental (“kin selection”)  [136] ofrece una buena teoría. Aunque Darwin alcanzó a sugerir que el principio de selección natural se podía aplicar a la familia, y no simplemente al individuo, la teoría de la selección parental sugiere que el mecanismo ocurre no tanto a nivel del individuo, o la familia, sino al nivel del gen.

Para que se de soporte entre no familiares se requiere otro tipo de explicación. De Waal (1996) sugiere que la reciprocidad de alianzas puede tener dos orígenes. El más simple sería la ayuda que se ofrece a familiares, amigos y, en general, a los individuos con quienes se comparten mucho tiempo y actividades. La otra, más elaborada, estaría basada, precisamente, en un sistema de venganzas. Cuando un individuo toma parte en una disputa su acción implica algo más que beneficiar a una de las partes, es inevitable que esa misma acción perjudique a la otra. Cada acción pro  es simultáneamente una acción contra. Parecería que tanto los pros como los contras entran en una elaborada contabilidad y se distribuyen de manera recíproca. Un último elemento que vale la pena rescatar de las conjeturas de de Waal tiene que ver con los vínculos entre la formación de alianzas y la estructura política. En los sistemas de jerarquía rígida y vertical, en los cuales los ataques vienen de arriba hacia abajo, y las coaliciones deberían orientarse hacia el grupo dominante, no hay mucho campo para un sistema de venganzas. Es en los sistemas en los cuales es factible enfrentarse al poder en dónde las retaliaciones pueden hacer parte del sistema de reciprocidad.

Parecería entonces que, ante un ataque, no se debe descartar la posibilidad de una reacción instintiva, que se produce aún antes de una evaluación cognitiva del incidente y de las consecuencias de la respuesta. Esta posibilidad la contemplan algunos estudios sobre las reacciones ante el miedo, en los cuales se muestra que existe una vía de reacción instantánea y automática ante el peligro. Se ha establecido que existen dos caminos distintos entre el miedo y las acciones que este desencadena LeDoux (1996) plantea que, en el caso del miedo, el estímulo emocional puede tomar una “ruta alta” en la cual la respuesta viene antecedida por una evaluación cognitiva pero que también existe una especie de atajo, la “ruta baja”  a través de la cual se produce la respuesta de manera más rápida y directa.

Pero esa, la respuesta instintiva y mecánica ante el ataque, no es lo que interesa analizar para el tema de la venganza, esa es más una preocupación de los estudios sobre la agresión, o sobre el crimen pasional. De acuerdo con un dicho italiano, “la venganza es un plato que se come mejor frío” [137]. Precisamente, lo que interesa entender es por qué, una vez pasa el peligro y la amenaza, persiste en la víctima el ánimo de causar daño al agresor.

Con relación a las sociedades primitivas en dónde se buscaba la venganza hacia los animales, y aún hacia los objetos, vale la pena destacar como, en distintos lugares, y en distintas épocas, se ha tratado de regular ese ánimo de venganza fetichista. Para Weber, por ejemplo, la venganza contra los objetos, tuvo importantes consecuencias jurídicas. “Este era el prístino sentido de la actio de pauperie romana: hacíase responsable al propietario de la bestia que no se conducía como era debido. Sucedía lo propio en el caso de la noxae datio de animales, para fines de venganza”  [138]. En el derecho griego y en el romano, el proceso estaba dirigido a la venganza sobre el agresor, así fuera un objeto. La responsabilidad del dueño era una simple extensión del objeto que ofendía, pero el proceso originalmente estaba dirigido al objeto.  Algo similar se observaba, entre los Kukis del sur de Asia. “Si un tigre mataba un Kuki, su familia caía en desgracia hasta que hubiesen tomado represalias matando y comiéndose ese tigre; y aún más si un hombre era muerto por la caída de un árbol, sus familiares tomaban su venganza tumbando el árbol y volviéndolo astillas” [139]. Aún en sociedades más avanzadas, como Inglaterra en el siglo XVI,  se consideraba la culpabilidad de los objetos  y por eso en todas las acusaciones por muerte violenta era importante la descripción detallada, y la captura del arma que la había causado. Por mucho tiempo, las leyes marítimas consideraron que los barcos estaban dotados de personalidad, y aún en el siglo XIX, una sentencia de la Suprema Corte Norteamericana hizo explícito que una medida preventiva no era contra el dueño del barco, sino contra el barco mismo [140].

En el mismo sentido de Weber, Colmes, cuyo trabajo Common Law  citado varias veces ha sido considerado uno de los más influyentes en el pensamiento jurídico anglo-sajón  sugiere que varias ramas del derecho anglo-sajón actual, como los torts, o aún los contratos  se desarrollaron sobre la base común de la venganza, y que las distintas formas de compensación y de obligaciones actualmente existentes tienen su origen en la negociación del derecho a la venganza. Las compensaciones por daños tendían su origen en la compra del derecho a la venganza contra los objetos por parte de su dueño. Tanto en las doce tablas como en el derecho primitivo inglés el acreedor podía disponer de la vida del deudor. Pagar la deuda se convertía entonces en una forma de comprar ese derecho a matar, que tenía el acreedor.

De estas observaciones surgen dos conjeturas. Por un lado, si distintos sistemas legales se han preocupado por resolver el problema de la venganza, la ira, contra los objetos o animales que causaron daño en las víctimas es porque consideraron que ese ánimo de venganza no era un asunto menor, ni pasajero, ni mucho menos algo que se pudiera considerar inexistente. Por otra parte, para los daños causados por animales, y definitivamente para los causados por objetos inanimados, no es razonable suponer, como se hace actualmente, que lo que las víctimas esperan al acudir a la justicia tiene más que ver con la prevención , o la rehabilitación, que con la venganza. 

Son recurrentes los testimonios sobre los efectos durables que producen la violencia, el miedo a la muerte y las amenazas serias sobre las víctimas. Hay, por ejemplo, un conjunto de trabajos de historiadores sobre los efectos mentales producidos por los bombardeos –el efecto se ha denominado shell-shock- durante la primera  guerra mundial. En uno de ellos se señala cómo para los hombres que sufrieron este síndrome se les empezó a poner la etiqueta de desviados. La avalancha de casos que requerían tratamiento psiquiátrico impidió que este fuera efectivo y eso condujo a que la profesión médica y algunos escritores los asimilaran a las distintas categorías de degenerados de la época [141].

Se sabe que la experiencia de la guerra corroe la habilidad para olvidar y que el pasado traumático empieza a determinar el pensamiento y el comportamiento de los sobrevivientes. Se ha llegado a sugerir que la primera guerra fue una causa de la segunda en la medida en que generó una nueva idea de guerra y pérdida totales [142]. Otro estudio argumenta que la primera guerra fue un verdadero catalizador del movimiento surrealista, cuyos miembros, escritores y artistas, pertenecieron en su mayoría a la generación de la primera guerra. Además, señala que es difícil considerar como simple coincidencia el hecho que muchos de ellos fueron doctores y enfermeras durante la guerra.

En síntesis, parece haber una base sólida para pensar que las secuelas de los ataques violentos pueden ser indelebles y que, por esta razón, el supuesto de base sobre el comportamiento de las víctimas adoptado tanto por la economía del crimen como por el derecho penal, son inadecuados. En particular, parece razonable plantear que una de las solicitudes de las víctimas hacia el sistema penal, fuera de la búsqueda de protección, es la retribución.

7.3   – Los límites a la disuasión racional
Si se acepta que el centro de control de la acción del individuo puede cambiar de lo emotivo a lo racional o a lo regido por reglas -y que bajo ciertas circunstancias se puede dar un verdadero atajo entre el estímulo y la acción que, por decirlo de alguna manera, desconecta la capacidad del control racional- surge como corolario que las alternativas para alterar las conductas más eficaces pueden no ser las orientadas de manera exclusiva por el centro racional sino aquellas, emotivas o normativas, dirigidas al centro que efectivamente controla la acción. La neurología plantea que ciertos estímulos registrados de manera inconsciente pueden ser más eficaces que los conscientes. Así, sólo para las decisiones racionales podrían tener efecto los incentivos racionales, como por ejemplo las sanciones contempladas en las leyes. Si las conductas tienen un gran peso cultural, o un fuerte componente emocional, se puede predecir que será insuficiente un incentivo racional para alterarlas.

En otros términos, la alteración de las conductas, mediante incentivos, parece más eficaz cuando va dirigida al centro de control –instintivo, emotivo, racional, social- peculiar a esa acción. Un comportamiento emotivo, por ejemplo el ataque a una compañera ocasionado por los celos, es poco factible que pueda ser alterado apelando a la racionalidad que es una facultad que, en el momento del incidente, tendrá un control limitado sobre la acción. No sorprende así la situación, imposible de explicar con el modelo de elección racional, de individuos, aparentemente buenos ciudadanos, que agreden fatalmente a sus parejas e inmediatamente después se entregan a las autoridades, o se suicidan.

Un punto importante de la biología del miedo es que debe haber una experiencia emocional previa para que quede registrado efectivamente un recuerdo. La memoria cognitiva es frágil mientras que, por el contrario, la emotiva puede ser indeleble. En otros términos, varios años de lecturas de argumentos acerca de la racionalidad de no adoptar una conducta pueden ser menos eficaces que el recuerdo de una simple emoción negativa como respuesta a esa conducta. Así, parecería más determinante, en la configuración de la actitud de los individuos ante la ley, una serie de recuerdos emocionales negativos asociados con las conductas indeseables, que el conocimiento cognitivo detallado sobre  las consecuencias de incumplirla.

7.4   – Hombres y mujeres ante la ley
7.4.1      – Estatus y número de parejas, e hijos
Para los hombres, en distintas culturas y épocas, se han observado siempre importantes diferencias en la posibilidad de acceso a los recursos. Esta disparidades, por lo general, están asociadas con otras aún más marcadas en la posibilidad de reproducirse. Desde el punto de vista de la reproducción, el estar en los niveles más bajos de la escala económica y social nunca ha sido un rasgo adaptativo para los hombres. Incluso puede implicar la posibilidad real de no tener herederos. Por el contrario, el poder y la riqueza, una posición favorable en la escala social, han estado generalmente acompañados no sólo de un alto potencial de reproducción, sino de numerosas mujeres, y proles.

En la actualidad, los líderes de las distintas sociedades, primitivas e industrializadas, siguen logrando acceso a más de una mujer y llegan a tener hijos con más de una. Hasta no hace mucho tiempo, la asociación entre poder y número de mujeres e hijos era bastante directa. Aún en las sociedades modernas se mantiene una relación entre el estatus de un hombre y sus oportunidades sexuales.

De las observaciones anteriores se pueden derivar dos corolarios de interés para el derecho de familia, susceptibles de contraste empírico. El primero es que parecen más probables los incidentes de infidelidad masculina entre los hombres con mayores ingresos, y con mayor razón, dentro de este grupo, en aquellos cuya pareja no genera ingresos. El segundo es que los hombres con mayores ingresos, o con gran potencial para generarlos, tienen más posibilidades de casarse que los hombres de escasos recursos. Por lo tanto, los hombres casados tendrían, en promedio, unos ingresos superiores a los solteros. Este resultado, que para los especialistas en comportamiento sexual es uno de los más elementales, parece ser un absoluto misterio para los economistas de la familia. Tratando de salvar el esquema de la elección racional, dentro del cual algo como un instinto especial de las mujeres para detectar futuros ingresos en el momento de casarse sería visto como una herejía, se ofrecen complejas explicaciones, como que el matrimonio torna a los hombres más productivos –a pesar de las mayores restricciones de tiempo- o que el mercado discrimina a favor de ellos,  tal vez para compensar la discriminación en contra de las esposas [143].

7.4.2      – Violencia doméstica
El análisis de varias de las decisiones críticas de la pareja que interesan al derecho –embarazo prematuro, aborto, divorcio- debe iniciarse con la consideración de una asimetría en términos de los costos de las decisiones, que se deriva a su vez del vínculo de los hijos con la madre, más estrecho que con el padre. Tanto en el embarazo, como en el aborto, como en el divorcio, la responsabilidad última, y los costos, recaen fundamentalmente sobre la madre y es fácil predecir que habrá comportamientos oportunistas del padre. Esta asimetría no es racional, ni es útil pensar que simplemente con un sistema de incentivos se podrá equilibrar el poder de negociación de las partes. En ningún otro campo parece tan urgente empezar a considerar de manera explícita las diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres como en el de la violencia doméstica.

El reconocimiento de ciertas diferencias básicas de comportamiento entre hombres y mujeres, derivadas de sus distintas estrategias sexuales, permiten comprender algunas posibles fuentes de conflicto cuya inadecuada o inoportuna resolución puede llevar a situaciones de violencia en la pareja.

Hay algunos puntos que vale la pena simplemente mencionar, y que tienen que ver con las disposiciones básicas hacia el sexo; o con los cambios diferenciales de esas actitudes a lo largo del tiempo, que pueden ser una fuente de conflicto; o con lo que parece ser una mayor asociación directa del sexo con la violencia en los hombres que en las mujeres. Son dos los aspectos que vale la pena destacar. El primero es la tendencia de los hombres a considerar a las mujeres como su propiedad. El segundo, relacionado con el anterior, es el problema de la infidelidad y en particular, el de los incidentes que producen celos y las acciones violentas que pueden resultar.

El hecho que en diversas culturas, y en distintas épocas, los hombres hayan considerado a las mujeres como una de sus propiedades parece ser bastante más que una metáfora. Para la reproducción el recurso escaso y valioso es el que aporta la mujer quien es, además, la responsable de una mayor inversión parental (IP), antes y después del nacimiento. Esto hace que, entre los hombres, se produzca no sólo una competencia por el recurso escaso sino que quien logra acceso a dicho recurso se vea enfrentado al problema de protegerlo, contra la competencia, reclamando derechos, títulos, sobre ese recurso y buscando monopolizarlo.

En la mayor parte de las sociedades sobre las cuales se dispone de información se dan indicios de esta noción de la mujer como una propiedad del hombre: el matrimonio es algo socialmente reconocido; el adulterio se considera equivalente a una violación de la propiedad; se valora la castidad femenina; la idea de proteger a la mujer está asociada con protegerla del contacto sexual y por último, se considera la infidelidad femenina como una provocación e incluso como una justificación para las respuestas violentas [144].

La preocupación por la exclusividad sexual, o por los ataques a esa exclusividad, es lo que normalmente se entiende relacionado con el fenómeno de los celos. Los celos han sido considerados como una característica de la personalidad, una emoción particular, una pasión. La típica dimensión que se excluye de un esquema de elección racional. En las teorías evolutivas, por el contrario, las causas y consecuencias de los celos, y su papel en la búsqueda de la exclusividad en las relaciones de pareja son fundamentales.

Se sabe que existen diferencias sustanciales en las situaciones que provocan celos entre los hombres y entre las mujeres, lo que soporta la idea de temores y estrategias diferenciales para el mantenimiento de la pareja. También es copiosa la evidencia a favor de la idea que el tema más recurrente en los incidentes de violencia, aún letal, en la pareja es el de los celos y en particular los masculinos.

No es posible a partir de un esquema de elección racional explicar que, por ejemplo, el período de embarazo, o la etapa post-parto, sean de mayor riesgo para que la mujer sea agredida por su pareja. La simple inclusión en el análisis de la idea de los celos masculinos, el temor de adulterar la relación con un elemento extraño, es tal vez una vía razonable para dar cuenta de asuntos aparentemente irracionales que ocurren entre las parejas.

7.4.3      - La violencia entre hombres jóvenes
Uno de los resultados recurrentes en los trabajos empíricos sobre violencia es el de la asociación positiva entre esta y los indicadores de desigualdad.  En la mayoría de estos trabajos también se encuentra que los niveles de pobreza no ayudan a explicar las diferencias que se observan en las tasas de homicidio. El esquema de elección racional no brinda buen soporte teórico para estas asociaciones. Eventualmente, se podría elaborar un argumento que llevara a la consideración de la violencia como una forma extrema de redistribución de los recursos.  En esas líneas la predicción sería la de individuos pobres atacando individuos de un mayor nivel económico.  Lo que por lo general se observa es precisamente lo contrario: muchachos jóvenes, de escasos recursos, matándose entre sí.

Una de las pocas aproximaciones teóricas sugestivas, junto con las teorías de la tensión –strain theories- de la criminología, la suministran las disciplinas de la evolución.  La lucha por los recursos sólo se torna violenta cuando están en juego las posibilidades reproductivas de los machos. A la desigualdad en la repartición de la riqueza se debe agregar un desequilibrio importante en el mercado de las parejas para que surja la violencia.  La violencia se da entre los hombres porque entre ellos, mucho más que entre las mujeres, el acceso a los recursos es más determinante del éxito reproductivo.  Además, es la única explicación para una de las características más reconocidas y universales de la violencia, su diferente incidencia por géneros.

7.5   - Historias de vida y delincuencia juvenil
En forma paralela a, e independiente de, los desarrollos de las neurociencias que de manera escueta se resumieron atrás, los estudiosos de la delincuencia juvenil han venido proponiendo un esquema de análisis cuyos componentes básicos no sólo tienden a desafiar las visiones tradicionales de la criminología adscritas a los paradigmas clásicos del comportamiento -el seguimiento de normas o la elección racional- sino que son consistentes con las ideas expuestas sobre los procesos de formación de preferencias. En términos generales, el planteamiento básico se puede resumir en los siguientes puntos: (i) son varias las dimensiones de los comportamientos problemáticos cuyo origen se puede remontar a edades muy tempranas (ii) las conductas problemáticas se desarrollan siguiendo una secuencia temporal (iii) hay bastante continuidad en esas conductas (iv) por lo general, los problemas leves anteceden a los graves, y ciertos incidentes pueden servir de catalizador del agravamiento de las conductas (v) creer en la legitimidad del “orden moral” inhibe la aparición de ofensas leves pero, a su vez, las transgresiones leves afectan la credibilidad en el “orden moral” [145].

A nivel individual, la premisa básica de este esquema es que “los jóvenes de distintas edades tienen distintas capacidades y distintos repertorios de comportamientos para la expresión de las conductas problemáticas” [146]. Como una aproximación burda, se puede tratar de representar sobre un eje temporal la posible secuencia en la que se manifiestan los problemas.

Una consecuencia de este marco analítico es que, a nivel agregado, la prevalencia de las distintas conductas será inversamente proporcional a la gravedad de las mismas. Es más que razonable suponer, y así lo corroboran los datos, que a medida que aumenta la gravedad de las conductas disminuye el número de individuos susceptibles de adoptarla. De hecho, la evidencia disponible sugiere que en cualquier sociedad moderna hay muchas más infracciones de tráfico que, en su orden,  robos, atracos, secuestros, o asesinatos políticos. Si se adopta el supuesto, conservador, que a cada infracción corresponde un infractor se tiene ya esta relación decreciente entre gravedad de la acción y número de eventuales transgresores. Se puede incluso plantear la existencia de quiebres cualitativos, por ejemplo al pasar de evasión a corrupción, o de robo a atraco. Si se tiene en cuenta, además, el fenómeno de la reincidencia la relación inversa es aún más marcada. La diferencia de órdenes de magnitud en el número de personas susceptibles de incumplir las normas en un extremo y otro de esta escala no es despreciable: para algunas infracciones se puede decir que los agresores potenciales son del orden de uno de cada dos ciudadanos. En el otro extremo, los eventuales autores de atentados terroristas serían, aún en las sociedades más afectadas por este tipo de conducta, menos de uno por cada millón de habitantes.

En este contexto, y como se analiza en detalle en otro capítulo, se puede señalar una de las mayores limitaciones de la llamada economía del crimen para el estudio de la violencia y es la insistencia en utilizar el mismo instrumental analítico tanto para las infracciones leves como para los crímenes más graves. Mientras que, por ejemplo, el derecho penal y la criminología se han preocupado ante todo de las conductas, las más graves, para las cuales la sociedad ha considerado pertinente imponer una pena, un castigo, la economía del crimen - en su vertiente teórica- parece preocupada con el problema más general de cualquier tipo de infracción intencional a la ley.  La tendencia a dar el mismo tratamiento teórico a cualquier tipo de trasgresión, incluyendo en una misma categoría ciertas conductas no penales junto con ataques criminales graves tales como el secuestro o el asesinato, parece haberse dado desde los orígenes de la economía del crimen.

A nivel más específico, Loeber propone superar la tradición –tanto penal como analítica- de clasificar a los jóvenes sobre la base de su primera ofensa seria y analizar el desarrollo de su historial, basado en la mezcla de conductas problemáticas pasadas en lugar de un solo incidente. A partir del estudio sistemático de muestras longitudinales de jóvenes en algunas ciudades norteamericanas, de manera bastante ecléctica e inductiva Loeber plantea  la existencia de tres posibles senderos –pathways- hacia la delincuencia juvenil. El primero, el llamado sendero manifiesto, representa la vía que se sigue desde las agresiones menores –molestar a alguien, pelear- a las peleas físicas y eventualmente a la violencia. El segundo sendero, el secreto, estaría constituido por trasgresiones cubiertas –mentiras, robos pequeños- seguidas de vandalismo y luego de ataques serios a la propiedad. El último sendero propuesto por Loeber sería el del desafío a la autoridad. Para América Latina, y como una continuación de este último, vale la pena considerar la búsqueda de un protector –individuo u organización- a quien se pueda acudir inicialmente para resguardarse de las reacciones –como las sanciones legales- ante las ofensas.

No sobra señalar de manera explícita en qué medida este planteamiento desafía tanto la aproximación sociológica tradicional –las circunstancias sociales que empujan al joven hacia la delincuencia- como el esquema de la elección racional, el del joven perfectamente informado de las consecuencias de sus actos que decide delinquir. Lo que se propone como caricatura alternativa, más realista, y más consistente con el conocimiento que se tiene ahora sobre el funcionamiento del cerebro, es la de un individuo que –constreñido por las normas, atento a los estímulos pero también sujeto a sus emociones, a sus pasiones y a sus acciones pasadas- va trazando un camino peculiar e individual que, en últimas, ayuda a explicar sus conductas [147].

 

Son varias razones por las cuales, en buen número de circunstancias que conciernen a los adolescentes, parece más convincente como explicación del comportamiento, sobre todo del de los no trasgresores, la noción de normas de conducta internalizadas -de reacciones emotivas, viscerales, y automáticas-  que la alternativa de la evaluación exhaustiva de las consecuencias para un cálculo de beneficios y costos previo a la acción. En términos escuetos, más adecuada que la tradicional caricatura del individuo racional que, dependiendo de las circunstancias, decide si cumple o no la ley, parece aquella de dos grupos de individuos: el primero constituido por individuos que respetan las normas de convivencia, que le temen a la ley, y ni siquiera se detienen a hacer cálculos sobre los costos y beneficios de incumplirlas y el segundo, integrado por aquellos que ya infringieron una o varias normas, que le perdieron el temor a la ley, que la incumplen, y para los cuales sí parece razonable suponer cálculos racionales previos a la acción. Parece conveniente suponer que estos dos grupos se dan para distintos tipos de conductas y que la importancia relativa de cada grupo en el total de la población varía de acuerdo con la gravedad de la conducta. Analíticamente no parece conveniente confundir estos dos grupos y conviene iniciar el análisis con el primero [148]

Ante la observación que en la mayoría de sociedades, incluso aquellas con muy altos niveles de violencia, es mucho mayor el porcentaje de individuos que cumplen las normas que el de aquellos que las infringen, y que ese porcentaje es directamente proporcional a la gravedad de la conducta que la norma pretende controlar vale la pena preguntarse por qué ocurre eso. Cuando se trata de responder a esta pregunta -por qué, por ejemplo, la casi totalidad de los individuos de una población no mata a otras personas- una explicación basada en el conocimiento del código penal por parte del individuo, o en el supuesto aún más precario, de la información sobre la efectividad del sistema judicial como un insumo para el cálculo de las consecuencias de la acción, no resiste un análisis serio. No es razonable suponer que el individuo está sujeto a incentivos, o que recibe estímulos, sobre los cuales se sabe que no tiene información.

En ese sentido, se puede plantear –y esto es algo que se puede contrastar con la evidencia- que el código penal no hace parte de los elementos que entran en la educación corriente de los jóvenes, como si lo hacen asuntos más generales como no hacer daño a otros, o preceptos religiosos, o la idea de que las normas se cumplen y que no matar es una de esas normas. Aún más inadecuado es el supuesto de que los jóvenes, antes de ser infractores, tienen una idea clara sobre la probabilidad de ser capturados, que es una magnitud sobre la cual en la mayoría de sociedades nadie tiene conocimiento, tratándose en últimas de un parámetro que en la práctica no existe para quienes no infringen la ley. Aún para los infractores se puede pensar que, a nivel individual, es una variable dicótoma: o está razonablemente seguro de que para determinada acción no será capturado y procede a delinquir o le asigna un valor alto a esa probabilidad y pospone la acción para otra oportunidad. La analogía con el sistema de precios, tal como proponen los economistas, es desafortunada en este caso, puesto que no existe un conocimiento socialmente compartido sobre la magnitud del parámetro.

Es más razonable pensar que es por otras vías –moral, religiosa, cívica- que se inculca en la mayoría de los jóvenes la noción de que hay ciertas cosas que no se deben hacer. El conjunto de refuerzos susceptibles de ser utilizados a lo largo de la educación para hacer respetar las normas es amplio, puede incluso incluir argumentos racionales, pero es muy probable que esté basado en buena parte tanto en el ejemplo como en un larga dosificación de pequeños premios y castigos por parte de la familia, del sistema escolar y del grupo social.

Como se señaló, un punto decisivo de los hallazgos recientes sobre los efectos del miedo en el funcionamiento del cerebro es que debe haber una experiencia emocional previa para que quede registrado efectivamente un recuerdo. La memoria cognitiva es frágil mientras que, por el contrario, la emotiva puede ser indeleble. Así, parecería más determinante, en la configuración de la actitud de los individuos ante las normas, y la ley, una serie de recuerdos emocionales -negativos asociados con las conductas indeseables y positivos con las deseables-, que el conocimiento cognitivo detallado sobre  las consecuencias de cumplirla o no.

Un segundo punto tiene que ver con el reconocimiento que cualquier incidente violento, aún desde el punto de  vista del infractor, es una situación cargada de emociones, sobre todo cuando se trata del que se comete por primera vez. Es claro que el primer incidente que se comete, el inicio de un sendero, es el de mayor interés analítico: es lo que define el ingreso al grupo de los infractores. Y es el paso que resultaría importante prevenir. Independientemente de la motivación del individuo para cometer su primer crimen serio, o para ingresar en una pandilla organizada, es más que razonable suponer que se trata de una acción con un enorme componente emotivo. La observación de que los criminales reincidentes, y en particular los homicidas, recuerdan con particular claridad y precisión el primer crimen que cometieron, sugiere que este quedó bien registrado en la memoria -por ejemplo por efecto de la adrenalina liberada- y que por lo tanto se puede pensar que se trataba de una situación con una fuerte carga emocional. Distintos testimonios de ex-guerrilleros colombianos también sugieren que la decisión crítica de unirse a la guerrilla, que es un momento que también se recuerda con gran precisión, se tomó a raíz de un evento, como una manifestación política, con un fuerte componente de refuerzo emocional. Es difícil de aceptar la idea de que el primer homicidio, o el paso crucial de unirse a una pandilla, es el resultado exclusivo de una evaluación beneficio-costo hecha con cabeza fría por el sistema cognitivo de un adolescente. O, para irse al otro extremo de las ciencias sociales, que se trata de una especie de destino ineludible dictado por los antecedentes sociales o familiares del individuo.

Existen razones para pensar que se trata de una decisión con un alto contenido emotivo. Son múltiples los argumentos teóricos, y empieza a haber evidencia, a favor de la idea que, para las conductas violentas como el homicidio, cuestiones tan variadas como las perspectivas sexuales del individuo, la percepción de su posición en la jerarquía social, el deseo primario de afiliarse a un grupo, contribuyen a explicar la probabilidad de ocurrencia de este evento crucial: pasar del conjunto de quienes respetan las normas al de los  infractores.

Lo que sugiere la biología de las emociones es que en tales circunstancias se limita el control de lo cognitivo sobre la acción. Así, aún suponiendo que el individuo conoce plenamente las sanciones asociadas con la conducta, o la probabilidad de ser arrestado, supuestos que como se argumentó resultan precarios, se puede suponer que la importancia de tales consideraciones cognitivas como determinantes de la conducta se ve disminuida por el control que cabe esperar asume el sistema automático del miedo sobre la acción. Un corolario de esta observación es que la idea de la disuasión marginal puede tener mayor efecto en aquellas conductas en las cuales es concebible un lapso de tiempo, y unas circunstancias no emotivas, suficientes para alterar la acción, como en el caso de secuestro y homicidio. Por el contrario, el supuesto que en el momento de un atraco el infractor, probablemente bajo control del piloto automático de la supervivencia, alcanza a recordar que el homicidio tiene una pena más alta que la conducta en la que ya está embarcado, es bastante más precario. Si se tiene en cuenta que la memoria cognitiva es bastante más frágil que la emotiva se puede plantear que los eventuales mecanismos para disuadir ese tipo de conducta, cuando funcionan, es porque han sido registrados de alguna manera en la memoria emocional.

7.6   – Comportamiento criminal
Por muchos años la criminología fue fundamentalmente una disciplina derivada de la sociología. Los avances recientes en el estudio de los comportamientos criminales hacen inevitable el giro hacia una análisis interdisciplinario, que incluya las neurociencias y se enmarque en el paradigma de la evolución natural de las especies. Se puede considerar que la base biológica de ciertas conductas antisociales está ya debidamente establecida. El papel del cerebro sobre el comportamiento es crítico puesto que allí se recibe, codifica, almacena y utiliza la información sobre el entorno para controlar las conductas. Vale la pena, a título de ejemplo, revisar algunos de los temas para los cuales el esquema de análisis propuesto puede ser útil como soporte del derecho penal. También parece válido plantear como inquietud si estos nuevos desarrollos, hasta ahora limitados a las conductas criminales –uno de los aspectos más sistemáticamente estudiados del comportamiento- no pueden extenderse a otras áreas de la conducta humana de interés para el derecho, como los accidentes, los derechos humanos o los contratos.

7.6.1      – El crimen como estrategia adaptativa
La teoría del comportamiento criminal más consistente con el esquema propuesto es la sugerida por Rowe (1996) quien plantea que el crimen es el resultado de la evolución de una estrategia de comportamiento que maximiza el esfuerzo de mating y minimiza el de parenting. La primera razón es que los altos niveles de esfuerzo de parenting tienden a entrar en conflicto con las actividades productivas no criminales. Además, los rasgos que evolucionaron para maximizar el mating también promueven el crimen. Estos rasgos incluyen un alto impulso sexual, preferencia por la novedad en ese mismo terreno, deficiencia de vínculos afectivos fuertes, capacidad para disimular las verdaderas emociones y uso de la agresión para disuadir rivales potenciales. Así, existiría un rasgo que caracteriza el esfuerzo relativo mating/parenting y que implicaría una predisposición  genética para dar prioridad a una de las dos estrategias. Este rasgo se exhibiría en una variedad de comportamientos no necesariamente criminales.

Para probar su teoría, este autor propone algunas hipótesis eventualmente contrastables: el rasgo sería hereditario, sus indicadores estarían asociados tanto a nivel de genotipo como de fenotipo, su evolución se habría visto más favorecida en los machos que en las hembras y los indicadores que muestren las mayores diferencias entre géneros serán aquellos que mejor predigan el rasgo en un mismo sexo. Aunque aún no se dispone de información sistemática sobre este rasgo en los seres humanos, como se postula una estrecha asociación con los comportamientos criminales, Rowe propone utilizar la incidencia de estos últimos como variable proxy para contrastar las hipótesis.  Como candidatos a indicadores del rasgo del mating, propone la capacidad de engaño, la agresividad, la falta de empatía, la impulsividad y la preferencia por la variedad sexual. Indicadores del parenting serían, a su vez, la honestidad, la no-agresión, la empatía, el auto control y la monogamia.

Para tres de los indicadores propuestos de mating –impulsividad, agresividad y capacidad de engaño- estudios con gemelos han mostrado evidencia de ser hereditarios; además, los gemelos idénticos muestran mayor concordancia en las tendencias criminales que los mellizos. Las conductas criminales aparecen entre hijos de criminales adoptados por otras familias, a pesar de la falta de contacto con sus padres biológicos.

Por otra parte, los delincuentes en Estados Unidos, comparados con el resto de la población, muestran tendencia a iniciar su vida sexual en una edad temprana y a ser más activos y promiscuos [149]. Un patrón similar de asociación entre conductas violentas y actividad sexual se ha encontrado en encuestas de auto-reporte entre jóvenes de Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana [150]. Resultados similares aparecen para el mismo tipo de encuesta en Colombia [151]. Bajo esta perspectiva, la mayor incidencia de conductas criminales entre los hombres que entre las mujeres sería una extensión de la diferencia de estrategias de reproducción. Para las últimas es inevitable, como se vio, la tendencia a optar por el parenting en lugar del mating. Un par de estudios con gemelos en los Países Escandinavos tienden a dar apoyo a la noción de diferencias en los determinantes genéticos del crimen entre hombres y mujeres [152].

Otra característica que parece tan universal, y tan difícil de explicar con las teorías tradicionales, como las diferencias de género de los comportamientos criminales es que su incidencia decrece con la edad. Como regla general, las tasas de criminalidad siguen de cerca la proporción de hombres jóvenes en la población [153]. De acuerdo con Rowe (1996) este cambio en las conductas criminales a lo largo de la vida coincide con la modificación temporal de la estrategia del mating hacia la del parenting que maximiza la adaptabilidad (fitness).  Para ser exitosa como estrategia, la del mating debe emprenderse temprano en la vida. En alguna medida, la rebelión adolescente refleja diferencias básicas en la percepción de los intereses reproductivos entre padres e hijos, y la reproducción temprana favorece, ante todo, a los adolescentes en detrimento de sus padres. 

7.6.2      - La reincidencia
Uno de los fenómenos mejor documentados en el ámbito de las violaciones a la ley y, simultáneamente, uno de los más problemáticos para el derecho es el de la reincidencia de las conductas, en particular las más violentas, entendida como la aparente predisposición de algunos individuos para, una vez iniciados en cierta infracción, volverla a cometer de manera repetida. En EEUU, cerca de las dos terceras partes de los criminales condenados son arrestados de nuevo antes de los tres años de ser puestos en libertad [154].

Para esto se puede pensar en varias explicaciones. La primera, racional, sería una forma de preferencia revelada: si ya se cometió un crimen es porque la evaluación de los costos y beneficios resultó favorable, ante cualquier incidente potencial en dónde se den los mismos beneficios y costos se adoptará la misma conducta. En la segunda, habría una posible variación y es que se da un refuerzo para nuevas conductas, por adicción o por aprender haciendo, e incluso por acumulación de enemigos. El esquema de análisis propuesto puede aportar una tercera [155] y es por la vía del interpretador. Una vez que se comete el primer crimen, así sea impulsivo, el cerebro empieza a ofrecer, ex-post, argumentos a favor de lo que se hizo. Como que la víctima se lo merecía, o que las normas que prohíben la conducta no son justas. Lo más razonable es suponer que se combinan estos factores.

7.6.3      – Serotonina, violencia y estatus
Son varias las implicaciones del estudio de la serotonina sobre el comportamiento que interesan al derecho penal. Se ha encontrado, por ejemplo, que los bajos niveles de serotonina, combinados con perturbaciones en el metabolismo de la glucosa, son recurrentes en los individuos condenados por homicidio impulsivo. Este tipo de conducta extrema es más probable bajo la influencia de drogas o alcohol. Además, estas deficiencias bioquímicas sirven para predecir reincidencia en individuos previamente condenados por violencia impulsiva [156].

En una extensión de estudios realizados con otras especies se ha encontrado, en los seres humanos, una fuerte relación entre rango social y los niveles de serotonina en la sangre. El efecto aparece diferencial dependiendo de ciertas características psicológicas y rasgos de la personalidad: en los individuos agresivos o muy competitivos –los llamados maquiavélicos- la relación entre serotonina y estatus social es fuertemente positiva. Para los individuos más deferentes –los denominados moralistas- la relación es muy negativa. También se ha observado que los efectos de la serotonina sobre el comportamiento dependen tanto de la situación social como del rango del individuo; los líderes tienden a niveles más altos de serotonina que los seguidores o subordinados (followers) [157]. En algunos animales se han detectado efectos aún más complejos: cuando se reducen experimentalmente los niveles de serotonina los subordinados –y no los dominantes- tienden a atacar a los individuos “socialmente inapropiados” sugiriendo que los bajos niveles de serotonina se asocian con dificultades para controlar los comportamientos impulsivos [158].

De manera más general, se ha sugerido que los bajos niveles de serotonina se asocian con la tendencia a evitar el riesgo y el peligro, mientras que los niveles altos implican una mayor propensión a tomar riesgos [159].

7.6.4      – Los secuestradores y sus víctimas
Se ha vuelto común entre algunos analistas la idea de que el secuestro es “un negocio más”, que debe ser analizado con las herramientas tradicionales de la economía [160]. Tanto desde el punto de vista de los agresores, como el de la víctima, como de las autoridades que buscan controlar tal actividad, la pretensión de asimilar el secuestro a una simple actividad económica no es la más adecuada. Como tampoco parece adecuado establecer una tajante distinción entre los secuestros económicos (motivación egoísta) y los políticos (motivación altruista). En buena parte de los casos se da una compleja y variada mezcla de móviles, como bien lo ilustra un comandante del ELN cuando uno de los rehenes de un secuestro masivo le pregunta si se trata de un asunto económico o político: “Primero, es retención, y segundo, no sabemos. Puede ser político o también puede ser económico … O pueden ser los dos. La verdad es que eso yo no lo sé”   [161].

El planteamiento del secuestro como un simple negocio es problemático puesto que para que la actividad se consolide como una industria se requiere, por el contrario, que sus ejecutores estén afiliados a una férrea organización, con un alto grado de adoctrinamiento orientado precisamente a minimizar la búsqueda de beneficios particulares en aras de los intereses del grupo. No es coincidencia que la expansión del secuestro en América Latina se haya dado en forma paralela a la de los grupos guerrilleros, con motivación política. Tampoco es casualidad que, en Colombia, la geografía del secuestro, incluso la del apresuradamente atribuido a la delincuencia común, sea la del conflicto armado.

Así, el esquema típico de un secuestro no es, como en los delitos corrientes, el de un individuo criminal contra una víctima; se trata en este caso de una organización contra individuos que, además, y como resultado de esa experiencia, muestran enormes dificultades para actuar de manera racional, para aprender de la experiencia de otros y, con mayor razón, para coordinar sus acciones y constituirse como grupo.

Es interesante observar cómo, en Colombia, los grupos que pudieron consolidarse como secuestradores constituyen casi ejemplos de texto de lo que Coser denominó instituciones voraces. En particular, el éxito de la actividad ha dependido de varios aspectos que muestran que estas organizaciones han logrado una adhesión incondicional de sus miembros. Uno, atenuaron por completo los intereses económicos individuales de quienes ejercen una de las funciones más delicadas del secuestro, la de vigilar al rehén. Dos, secuestrando primero extranjeros o ejecutivos de multinacionales, y luego víctimas urbanas en el sector rural, mantuvieron siempre la imagen de víctimas totalmente foráneas no sólo al grupo sino a la población del entorno en el que actuaban. Fue precisamente cuando la guerrilla adoptó la lamentable práctica de la pesca milagrosa, con la cual mandaron el mensaje que cualquiera podía caer cuando la actividad empezó a mostrar dificultades irreversibles. Tres, relacionado con el anterior, bloquearon la posibilidad de empatía entre las víctimas y quienes las vigilaban. Cuatro, descriminalizaron e incluso legitimaron la actividad haciéndola asimilable a un impuesto que se cobra a las clases pudientes. Con estos logros, que implicaron una absoluta armonía entre los intereses individuales y los del grupo, se minimizaron los problemas de agencia, uno de los asuntos críticos de una actividad como la del secuestro. Si a esto se suma la minuciosa división del trabajo que se desarrolló al interior de la actividad se entiende la total difusión de la responsabilidad individual que se alcanzó para los distintos componentes de cualquier secuestro.

Por el lado de las víctimas, es difícil imaginar un ejemplo más claro de manipulación de las emociones individuales, en particular del miedo, para alterar las acciones colectivas, en este caso para bloquearlas hasta el punto de impedir un conocimiento común mínimo para enfrentar, prevenir, negociar o simplemente sobrellevar un secuestro. 


[1] Cooter y Ulen (1998) página 24..
[2] Landsburg, Steven E (1995). The Armchair Economist : Economics and Everyday Life. Free Press.
[3] Friedman, David (1990) Price Theory: An Intermediate Text. South-Western Publishing Co
[4] Stigler (1992) p. 180
[5] Que las preferencias individuales sean racionales significa que son reflexivas, completas, transitivas, exógenas y continuas
[6] Véase Sunstein et al. (1998), Thaler y Mullainathan (2000), Thaler (1996).
[7] Ulen (2000), Thaler (1996) y  (Ulen et al., 2000)
[8] Elster (1983)
[9] Al respecto ver los trabajos de Herbert Gintis e incluso los más recientes de Gary Becker.
[10] Copleston (1995). Historia de la Filosofía 8. De Betnham a Russell. barcelona: Ariel. Página 20. Mill, John Stuart (1863). Utilitarianism. En http://www.utilitarianism.com/mill1.htm.
[11] Nussbaun (1997).
[12] Ledoux (1998). Rolls  (1998).
[13] Rolls (1998) op. cit.
[14] Ver por ejemplo Friedman D (1990)
[15] Krösi et al. (2000).
[16]  Friedman D (1990)
[17] Baird (1997)
[18] Esta sección está basada en Bobbio (1992). Las gráficas y diagramas son propios.
[19] Se adopta la propuesta de la Nueva Economía Institucional (NEI) de diferenciar las instituciones (o reglas del juego o conjunto de normas de conducta) de las organizaciones (o jugadores, o conjunto de individuos que adhieren, aceptan o son sometidos a esas reglas del juego). Ver North (1990)
[20] Las distintas propuestas para conciliar las eventuales contradicciones o dilemas entre los intereses individuales y los del grupo no se analizan en esta sección.
[21] Bobbio (1992) página 69
[22] Bobbio (1992) página 116.
[23]  Bobbio (1992) página 123.
[24] Ver por ejemplo Elster (1991) El Cemento de la Sociedad. Barcelona: Gedisa,  o Elster  (1986) The Multiple Self. Cambridge: Cambridge University Press o Elster, Jon (1997) Egonomics.
[25] Elster (1999)
[26] La extensión de dos conductas típicamente emotivas –el instinto de supervivencia y el ánimo de venganza- podría hacerse para explicar ciertas conductas corporativas.
[27] “Las personas desean ser racionales y se desilusionan cuando descubren que no lo son. No obstante, en la práctica, el ideal se viola en forma periódica y las personas incluso pueden llegar a sentir orgullo al hacerlo. Dos fuentes importantes de ese mecanismo irracional son las normas sociales y las emociones ... Las normas sociales pueden lograr que las personas actúen en contra de sus propios intereses. Es más, las emociones son capaces de hacer que una persona actúe en contra de su propio interés y de las normas sociales” Elster (1997) página 90
[28] Aún en este caso, la economía está empezando a aceptar que el efecto no es simétrico.
[29] Esta es una de las principales dificultades del enfoque económico para entender adecuadamente el derecho, sobre todo el de ascendencia hispana y cristiana, dónde este tipo de intercambios han sido, y continúan siendo, abierta y explícitamente rechazados.
[30] Sin excluir la posibilidad de cruces entre estos centros, por ejemplo alterando mediante normas de comportamiento algunas conductas basadas en las emociones o los instintos.
[31] Esta idea no es novedosa para ningún juez, o sistema legal de occidente que, por ejemplo, distingue claramente entre un homicidio pasional cometido por un cónyuge engañado, uno racional cometido por un secuestrador y uno regulado desde afuera, como el cometido por un soldado en una acción militar. En las ciencias sociales, también se ha establecido ya entre quienes estudian la violencia una distinción entre la impulsiva, emotiva, y la instrumental  racional.
[32] Ver Gazzaniga (1998) o Ledoux (1998).
[33] Citados por Hirshman pag 44 y 45
[34] Elías y Dunning (1992) página 60.
[35] Elias y Cunning (1992)
[36] Elias y Cunning (1994) página 39
[37] Salvo indicación contraria, todas las citas de esta sección están tomadas de Hirschman (1997) con traducción propia.
[38] En Vigilar y Castigar. Foucault (1998)
[39] Foucault (1998) p. 53.
[40] Foucault (1998) p. 79
[41] Foucault (1998) pág 63 y nota 45.
[42] Foucault (1998) págs 57 y 58.
[43] Esta sección está basada en Revel (1991)
[44] Citado por Revel (1991) p. 172
[45] Ibid. P. 176
[46] Revel (1991) p. 176
[47] Citado por Miró (2004) pp. 495 y 496
[48] Coase (1994
[49] Giddens (1971). “The individual in the writings of Emile Durkheim. Archives Europeenes de Sociologie, Vol 12, 210-28.
[50] Homans, George (1958) “Social Behavior as Exchange”. American Journal of Sociology, 63: 597-606. Citado por Ritzer, George (1993). Teoría Sociológica Contemporánea. Mac Graw Hill.
[51] Coleman (1990), página 13. Traducción propia.
[52] López Novo (1993)
[53] Arrow K (1967) "Values and Collective Decision-Maging" en Laslett P & Runciman W.G. (1967) "Philosophy, Politics and Society" Blackwell. Traducción propia
[54] North (1990).
[55] Ver por ejemplo Ayres, Clarence (1978). The Theory of Economic Progress : A Study of the fundamentals of Economic Development and Cultural Change. New Issues Press, Western Michigan U, 3rd Ed o Gordon, Wendell (1965) The Political Economy of Latin America. Columbia U Press
[56] López Novo (1993)
[57] Douglas (1986) p. 48. Traducción propia
[58] Ibid p. 4.
[59] Elster  (1990)
[60] Hayek (1973)
[61] Los trabajos realizados por el alemán Arnold Gehlen. Ver referencias en Vanberg (1994)
[62] Tversky  y Kahneman (1990)
[63] Coser (1978) p. 14
[64] Ibid p. 16
[65] Ibid p. 19
[66] Ibid p. 80
[67] Ibid p. 107
[68] La parte inicial de esta sección está basada en Cosmides, Leda y John Tooby (2001). "Evolutionary Psychology: A Primer" Center for evolutionary psychology http://www.psych.ucsb.edu/research
[69] El término en inglés “evolutionary psychology” parece que no debe traducirse como psicología evolutiva, pues esta denominación estaría reservada para la rama de la psicología iniciada por Piaget.
[70] Masters y McGuire (1994) página 5. Traducción propia
[71] Esta sección está basada en el Capítulo “Brain Basics” de Allman (2000) y en menor medida en LeDoux (1998)
[72] LeDoux (1998) página 104.
[73]  Cosmides et al (1992)
[74] Citado por Wright (1994) pág 33. Traducción propia.
[75] p. 115 de la versión Clásicos de Grecia y Roma, Alianza Editorial.
[76] Ellison, 2001, On fertile ground, citado por Shlain (2003) p. 11
[77] Shlain (2003) p. 21
[78] Ibid p.19
[79]  Bateman J.A (1948). “Intrasexual selection in Drosophila” Heredity. Citado por Wright (1994) pág 40, traducción propia.
[80] Williams, George (1966). Adaptation and Natural Selection. Citado por Wright (1994) pág 41, traducción propia.
[81] Traducción de “fit” en términos de supervivencia.
[82] Williams, George (1966). Adaptation and Natural Selection. Citado por Wright (1994) pág 41, traducción propia.
[83] Trivers (1972) “Parental Investment and Sexual Selection”. Citado por Wright (1994) pág 42, traducción propia.
[84] Buss y Scmitt (1993) “Sexual Strategies Theory: An Evolutionary Perspective on Human Mating”. Psychological Review 100. Citado por Buss (1994).
[85] Publicada por Donald Symons en 1979 en The Evolution of Human Sexuality. Citado por Wrangham (1994).
[86] Malinovski, Bronislaw (1929). The Sexual Life of Savages in North-Western Melanesia. Citado por Wrangham (1994) página 45. Traducción propia.
[87] Buss (1994) página 25. Traducción propia.
[88] El País 26 de Marzo de 2000, página 34.
[89] Citado por Wrangham y Peterson (1996).
[90] Citados por Buss (1994)
[91] Le Doux (1998) Página 125.
[92] Ledoux (1998) Página 130. Traducción y subrayados propios.
[93]  Ledoux (1998) página 224. Traducción propia.
[94] Ledoux (1998) página 252. Traducción propia.
[95] Ledoux (1998) Página 142. Traducción propia
[96] Ledoux (1998) página 150.
[97] Ledoux (1998) Página 204. Traducción propia
[98] McGaugh y otros (1995). “Involvement of the Amygdala in the regulation of memory storage”. Citado por Ledoux (1998)
[99] Ledoux (1998) Página 245. Traducción propia.
[100] Esta sección está basada en Ledoux (1998),  Damasio (1994) y (1999) y Gazzniga (1998)
[101] Le Doux (1998) Página 19
[102] Ver las referencias en Ledoux (1998) páginas 112 y 113.
[103] Esta sección está basada en Damasio (1994), Gazzaniga (1998) y Ledoux (1998), 
[104] Gazzaniga (1998) página 22.
[105] Nisbett, R.E y Wilson, T.D. (1977). “Telling more than we can know: Verbal reports on mental processes”. Psychological Review 84, 231-59
[106] Ledoux (1998) página 59. 
[107] Ledoux (1998) página 62. Traducción propia.
[108] Zajonc, Robert (1980). “Feeling and Thinking: Preferences need no inferences”. American Psychologist 35, 151-75. Citado por Ledoux (1998) página 53
[109] Ledoux (1998) página 212. Traducción propia
[110] Gazzaniga (1998), página 26. Traducción propia.
[111] Esta sección está basada en Salcedo et. al (2006)
[112] Gallese et. al (2004) p. 396
[113] Sober y Wilson (2000)
[114] Dawkins (1989) p. 11
[115] Ridley (1996) p. 165
[116] Wrangham y Peterson (1996) pp. 195
[117] Brown, Roger (1986). Social Psychology. 2nd ed N.Y.: The Free Press
[118]  Darwin, Clarles (1871). The Descent of Man and Selection in Relation to Sex , Vol I. Traducción propia..
[119] Ridley (1996).
[120] Citado por Gighlieri (1998)
[121] Ledoux (1998) página 176. Traducción propia.
[122] Gighlieri (2000) Página 63.
[123] Gighlieri (1998) página 63.
[124] Elkman, Paul (1980). “Biological and cultural contributions to body and facial movement in the expression of emotions. En Rorty, A.O (1980)  Explaining Emotions. Berkeley: Univrsity of California Press. Citado por Ledoux (1998)
[125] Ver Ledoux (1998) Página 118.
[126] Elster (1997) página 23
[128] Durkheim (1893a) p. 124
[129] Durkheim (1893a) pág 125. Traducción y énfasis propios.
[130] Weber (1994) pág 503. Enfasis propio.
[131] Durkheim (1893a) pág 125. Traducción y énfasis propios.
[132] Weber (1994) pág 503.
[133] Elster (1992) página 144.
[134] Esta terminología es la propuesta por Elster (1999) p. 38
[135] De Waal (1996)
[136] Esta idea fue propuesta por David Hamilton (1963). “The Evolution of Altruistic Behavior”. American Naturalist . Citado por Wright (1994).
[137] Daly y Wilson (1988) p. 226.
[138] Weber (1994) pág 103.
[139] Citado por Holmes (1991), pág 19. Traducción propia.
[140]  Holmes (1991) página 29.
[141] Mosse (2000)
[142] Leed (2000).
[143] Ver los trabajos sobre el “mercado del matrimonio” en Tommasi y Kathryn Ierulli  (1995).
[144] Ver Wilson Margo y Martin Daly (1992). “The Man Who Mistook His Wife for a Chatel” en Barkov et. al (1992) pp. 289 a 326.
[145] Ver por ejemplo Loeber (1996) o Roché (2000). Tremblay (2000) es bastante crítico de la idea que las ofensas leves anteceden a las más graves y argumenta, por ejemplo, que el prototipo de la ofensa grave –las agresiones físicas que son muy corrientes según él entre los niños desde las edades más tempranas- anteceden a otras formas de violencia, como la verbal o la psicológica, evidentemente  menos serias.
[146] Loeber (1996) página 3 – Traducción propia
[147] En la jerga económica se tendría así el temido escenario de las preferencias no sólo variables sino endógenas.
[148] No sobra anticipar que la pregunta crítica, qué es lo que determina que se pase de un grupo al otro, no quedará resuelta de manera satisfactoria. De todas maneras, es útil analizar separadamente ambos grupos.
[149] Para los EEUU Ellis, L (1987). Criminal Behavior and r/K selection: An extension of gene-based evolutionay theory. Deviant Behavior, 8 149-176. Citado por Rowe (1994).
[150] Ver Rubio (2004, 2006).
[151] Chaux y Llorente (2004).
[152] El Swedish Adoption Study y el equivalente llevado a cabo en Dinamarca. Citados por Rowe (1994).
[153] Siegel (1998) p. 53
[154] Siegel (1998). Para una revisión reciente de los trabajos en distintos países, y en distintos ámbitos, ver por ejemplo, Sanmartín (2004)
[155] Adicional a posibles carcateristicas mentales tales como anomalías neurológicas, peculiaridades cognitivas, o la baja capacidad para experimentar el miedo, que pueden explicar algunas conductas criminales.
[156] Linnoila et. al (1994)
[157] Madsen (1994).
[158] Masters (1994)
[159] Cloninger, Robert (1986). “A unified biosocial theory os personality”. Psychiatric Developmenst 3: 167-226 citado por Masters y McGuire (1994) p. 11
[160] Tal vez el trabajo más representativo de esa tendencia es el de Rachel Briggs (2001). The kidnapping business. London: The Foreign policy Centre
[161] La pregunta la hace uno de los cautivos del avión Fokker de Avianca proveniente de Bucaramanga y secuestrado el 12 de Abril de 1999. Kalli, Leszli (2000). Secuestrada. Diario de una joven secuestrada por la guerrilla colombiana. Madrid: Espasa Hoy p. 15