Cual amante furtivo, el M-19 no ha contado todo


Los del Eme optaron por la estrategia del que engaña a la esposa y le cuenta, pero sólo a medias

Alguna vez le pregunté a mi amigo Arturo, casado con Tere y mujeriego, si no le aburría inventar disculpas cada vez que tenía un affaire. Me reveló su secreto: contarlo todo. Aclaró que él relata sólo los hechos: “estuve en tal parte con Fulanita”. Si le toca hablar de un encuentro, que ya contado no alcanza la categoría de mentira, inventa una razón, la que sea. “Cubierto en lo esencial, cualquier carajada sirve, nunca estoy fuera de base”. Para la aventura de varias semanas en el apartamento de una nueva amante, visitándola día de por medio, le dijo a Tere que allá se la pasaba porque le estaba ayudando a una colega con los pliegos de una licitación. Hasta le dio el teléfono. Sin sorpresas, todos tranquilos. “Si uno se aferra a los hechos, contados por uno mismo, mantiene el control y no lo corchan en pormenores”.
La estrategia de Arturo ha sido la adoptada por el M-19 para escribir su historia. Cuentan las audacias y, ya blindados, les agregan cualquier carajadita para explicar lo incontrastable, por qué lo hicieron. Así, cual esposa engañada que sabe en donde y con quien anda el marido, la opinión pública (des)orientada por unos medios seducidos por el Eme, les ha creído a pie juntillas todas sus explicaciones, aún las más alucinantes. En lo fáctico están cubiertos. Y eso les ha dado credibilidad: nada los sorprende, suenan sinceros.

En distintos escritos del M-19 es clara la misma maniobra. Para el robo de armas del Cantón Norte, el tráfico de droga, los secuestros, las visitas a la finca de Escobar, las estrechas relaciones con paramilitares en Puerto Boyacá o el contacto permanente con Cuba a través de Barbarrojapersonaje clave de los servicios de inteligencia, han contado los hechos y ellos mismos sugieren la interpretación bien pasteurizada, masticada para dummies. La razón más traqueada ha sido "eso era por la paz" pero hay otras perlas.  
Arturo ha sido consistente en su estrategia y le cuenta a Tere lo básico de sus aventuras, así sean en otras ciudades. Los del Eme han sido más descuidados, y sobre algunas movidas por fuera guardan silencio. Es por ahí que podrían quedar fuera de base. Los pupilos ecuatorianos del M-19, la gente de Alfaro Vive Carajoque fue entrenada en Colombia y a quienes transmitieron la tecnología del secuestro, ha sido menos taimada, cuenta detalles y muestra arrepentimiento por algunos horrores. Patricia Peñaherrera, comandante quiteña del Eme, relata las técnicas vietnamitas utilizadas para el asalto a un cuartel militar. “Entramos a que todos se mueran, el aniquilamiento total le llamaban ellos. Y eso es un combate muy duro, porque cuando llegas las personas reaccionan, ellos también están formados para reaccionar militarmente con fusiles, granadas, explosivos y eso se volvió una explosión terrible, un incendio, volaban los techos, las sillas, las camas, las personas. Sí, tengo el recuerdo de que es como un infierno”. Difícil encontrar una carajada  para explicar travesuras de ese calibre.

De todas maneras, los del Eme tomaron las riendas del relato e interpretación de sus andanzas en una guerra sucia que contribuyeron a gestar y a mantener. La han edulcorado afirmando ex post que jugando a varias bandas no buscaban el poder sino que trabajaban por la paz. Tanto ex militantes como herederos como seguidores son prolíficos. La producción intelectual no cesa, lo que en últimas delata cierta inseguridad con la ficción que armaron. El evidente sesgo no es inocuo. Ha traído secuelas  incómodas que no contribuyen a esclarecer lo que pasó, ni a la justicia, ni a la paz que heredó la suciedad de la guerra. Si lo único que quedara de Pablo Escobar fueran los relatos de Popeye, el Osito, Alba Marina, Virginia Vallejo y el abrazo de Juan Pablo con los hijos de Galán, los Pepes que mataron al según sus allegados líder popular se recordarían como los monstruos que fueron y tal vez desplazarían la retoma de Palacio en el ranking de la infamia. 

Lo más conmovedor es que cuando podrían enredarse, pues sus “explicaciones” son estrafalarias, se considera irrelevante un mínimo de análisis, o la consulta de otras fuentes para corroborar si lo que han dicho es cierto. El frágil convencimiento se renueva simplemente volviéndoles a preguntar, a ellos mismos. A Antonio Navarro se le hacen entrevistas periódicamente y se le pide, por si acaso no ha quedado bien claro, que confirme una vez más si él sabía o no de la toma al Palacio de Justicia. 
Así hace Tere cada vez que se angustia con algún chisme. Vuelve a preguntar, para que Arturo la tranquilice: "¿amor, seguro que a esa mujer la veías para ayudarle con la licitación?". Él, por supuesto, siempre la reconforta. 

No entiendo por qué Arturo no cuenta todo de frente, simplemente por respeto a Tere. Es seguro que no lo dejará, y ambos vivirían más tranquilos. Comprendo aún menos que los del M-19 ya amnistiados, reintegrados, fogueados en la política, respetados y hasta presidenciables admirados, insistan en subestimarnos, en tratarnos como a esposa cornuda e ingenua. Ya podrían darse cuenta de que el auditorio interesado en la historia del conflicto y en la lógica de sus acciones no es menor de edad. Los tiempos cambian. Ahora, por ejemplo, sería oportuna la historia de una guerrilla que pudo hacer la paz por haber traficado con droga en lugar de secuestrar. Antes de que lleguen los archivos de Barbarroja Wikileaks podrían contar los pormenores de su estrecha relación con Cuba. Además de indignarse porque aún no se hace justicia con los desaparecidos de Palacio, contando la verdad de la toma contribuirían a que se aclaren los hechos. Esa esquiva pero necesaria madurez del debate le daría un nuevo aire a los enredos que no dejan de zumbar e incordiar. Sin verdad no habrá justicia, ni reparación. Ni siquiera parece haber sosiego. La situación es absurda. Es como si dentro de unos años Arturo, ya divorciado o viudo, siguiera inventando carajadas sobre sus andanzas y vetando ciertas películas por ser un espectáculo alrededor de la infidelidad. 

Unas tímidas sugerencias en SUPERborrador

(De nuevo lo siento, pero mi oficio me ha dejado la tara de siempre terminar un informe haciendo algunas recomendaciones)

1) El límite de los 1000 caracteres debe hacerse respetar a toda costa y hacer imposible incumplirlo auto respondiéndose. Son agotadores para el bloguero y los lectores los discursos interminables. 1000 sobran para hacer preguntas o hacer una crítica puntual. Más ya es ruido equivalente a los abusivos que en los seminarios aprovechan el micrófono para tener el auditorio cautivo que jamás lograrían por mérito propio. Vale la pena pensar en la teoría de las "ventanas rotas"  ("broken windows"): el efecto devastador que produce sobre la gente la sensación de que las normas leves de convivencia se pueden violar. La lógica es, más o menos, "si no nos controlan esto tan simple, déle que todo vale"

2) Reitero la propuesta que le hice a Juanita durante la campaña de Superamigos en el sentido que sólo ellos, los donantes, deberían poder hacer comentarios. La he masticado y cada vez estoy más convencido. Expongo dos argumentos:
- Lo gratuito no simplemente pasivo tiende al deterioro. La gente no aprecia lo que no le ha costado nada, por el contrario, siente que merece siempre más. El "free-rider" que además es cliente exigente así lo ilustra
- hay un enorme volumen de literatura económica que demuestra cómo pagos pequeños, casi infinitesimales tienen un enorme poder para reducir numéricamente la demanda. Y eso le convendría al foro: bajar la cantidad, para que el bloguero pueda atenderla,  subir la calidad y que realmente haya debate. El esquema como está no es viable, o es un espejismo. No hice el ejercicio pero valdría la pena averiguar qué porcentaje de los comentarios responden los blogueros. Tal como está el foro es una ilusión que además puede resultar costosa. Lo digo con pleno conocimiento. Por echarme la responsabilidad de responderle a todos, a mí me agotó. No sólo en tiempo sino en energía y tranquilidad mental

3) Para filtrar los insultos, los ataques y las impertinencias de los comentarios lo único viable es delegar esa función en los mismos blogueros. Nadie más tiene suficiente incentivo y criterio para hacerlo. Me imagino la reacción: eso huele a censura. Pero si LSV confía en alguien para que diga con total independencia lo que quiera en público se puede confiar en esa misma persona la limpieza de su espacio. Además, puede haber un mecanismo intermedio que podría resultar atractivo. Sería algo así: el bloguero lee sus comentarios, encuentra uno que  decide que  debe estar en su sitio. No lo borra directamente, sino que lo manda a una especie de papelera provisional (por ejemplo durante un mes) en donde quedará explícito que el bloguero lo mandó allá, por tal razón.  Así tanto el bloguero como el autor del comentario quedan expuestos al escrutinio público y, además, el comentarista afectado puede eventualmente pedir revisión. Allí ya podría intervenir LSV pero para manejar un número mucho menor de casos. El comentarista que insulta va aprendiendo que hacerlo tiene costos
El otro motivo por el que sería que el bloguero limpie su espacio es que a veces uno se embarca en interminables intercambios que en la práctica son privados. Esos cruces hacen para otras personas casi imposible leer los comentarios. Si una de las razones para mandar algo a la papelera es "conversación terminada" nadie se ofende y el espacio queda depurado de ruido.

4) El tema de los anónimos es leonino para el bloguero. Es una muestra de asimetría de derechos con el comentarista. Se podría pensar en dejar el espacio actual de los blogueros plenamente identificados para que allí sólo participen los comentaristas ibidem (la idea de que sean sólo Superamigos además  garantiza que allá no se cuelen anónimos como Fulano de Tal).  Es razonable prever que la calidad de ese foro, con menor cantidad, con posibilidad de hacer limpieza (que podría ya ser redundante) aumentará notoriamente. Simultáneamente, y para la igualdad de derechos, se podría pensar en una sección de blogs con máscara en dónde tanto bloguero como comentaristas puedan usar seudónimo

¿Qué sigue?


Los periodistas experimentados lo han diagnosticado adecuadamente, necesito madurar. Algo he logrado con esta valiosa experiencia en la Silla.  No tengo ningún inconveniente en reconocer que me falta mucho, casi todo, por aprender de feminismo, perdón de feminismos. Pero también salgo convencido de que se trata de una de las áreas del debate político y del conocimiento con un mayor volumen de mitos acumulados, que a punta de intolerancia han logrado aislarlos de un debate transparente. Se han arrinconado y escondido las preguntas más relevantes. 

Aunque le enerve a las dogmáticas, a pesar de mi ignorancia, gracias a este blog me invitaron a varios seminarios sobre temas de género, lo que muestra que sí hay demanda por nuevas visiones. Tengo interés y trabajo para rato.

Saldré a buscar algo bien distinto, probablemente más light, o más académico, o más cloaca, o menos agitado o poco concurrido. En todo caso, nada que se parezca al foro de la Silla. Y esa afirmación no me compromete a perpetuidad. Es bien probable que en algún momento, con más cancha y callo, y tal vez con un grupo silencioso de lectores fieles que no hacen bulla, vuelva a acercarme a esta berraquera de directora. A pedirle que me de tribuna para desafiar algunas sub-doctrinas feministas de moda. 

¿Por qué no acepto las disculpas y empiezo a escribir de nuevo en la Silla ya?


La tranquilidad y muchas tareas pendientes no son la única razón para no hacer borrón y cuenta nueva ante las disculpas de Olga Lucía y las mucho más sinceras y convincentes de Juanita.

En alguna ocasión un colega de trabajo se partió una pierna. Le pregunté qué le había pasado y me repondió: no le voy a contar el accidente, sino la reacción de mi hija cuando se lo conté. “¡Uy, papá! ¡Qué oso!”

Quienes discutimos los asuntos de trabajo con los hijos y tenemos la responsabilidad de darles ejemplo debemos ser en extremo cautelosos con los osos.  No se les puede transmitir el mensaje que uno renuncia de mentiras, por hacerse el difícil y a la semana siguiente sigue como si nada. Es irrelevante en este momento si acerté o cometí un error al colgar esa renuncia. Ya lo hice públicamente, y considero que eso es serio. 

¿Seminarios reales o foros virtuales?


Sigo prefiriendo el debate y los seminarios en la universidad. Y lo digo simplemente para llamar la atención sobre lo mucho que un foro como el de LSV puede aprender de allá. Con notorias excepciones, en la universidad alguien ya se hizo cargo de los saboteadores y casi nunca la discusión se va por las ramas y con malos modales, así quien exponga sus ideas esté desafiando otras.  

Con las actuales reglas del juego, el incentivo evidente para el bloguero es no pararle bolas a los comentarios, o sea que no hay verdadero debate. Como, además, los foristas con quien pude dialogar se cuentan con los dedos de una mano (e intuyo que mi caso no es el único) la pregunta que me hago es si el debate no se ha convertido en realidad en un simple ritual con más costos que beneficios. 

Inquieta pensar que los foristas sean no sólo una franca minoría numérica sino, también, una minoría con excesivo poder sobre las decisiones estratégicas y editoriales de la Silla en detrimento de los lectores discretos, la mayoría ignorada. La manera como, por ejemplo, unos pocos "free-riders" activistas lograron quitarle cualquier posibilidad de dientes a la campaña de las donaciones es ilustrativa.

Se da la tentación, imperceptible pero permanente, de satisfacer con lo que se publica a una pequeña pero vociferante fracción del auditorio que, eso es evidente, manifiesta su gusto por lo que quiere oir. Un buen ejemplo es el de “55 minutos de los falsos positivos” cuyo resumen del conflicto colombiano es digno de un pasquín y no de un medio de comunicación serio. 

¿Por qué renuncié a defender el piropo?


Por el testimonio de Bat. Así de sencillo. Y lo destacable es que en el foro está registrada la bitácora detallada de ese cambio de posición.
-       Yo desafío a Bat para que me cuente una situación concreta en la que se haya visto sometida por el poder masculino.
-       Ella me relata el caso de la Virgilio Barco.
-       Me resulta imposible volverle a hablar del Esgar.
-       Kathy Porto me pregunta. “Mauricio: esta pregunta es un tanto atrevida. Crees que Bat te hablará de su intimidad?”.
-       Yo le respondo a Kathy: “Lo hizo, y se me volvió un autogolazo. A golpes se aprende”.
-       A Bat le respondo: “No me la pone fácil Bat, pues es imposible hacer consistente una "defensa del piropo" con ese incidente que usted cuenta. Sería absurdo salirle con el consabido "no ha debido contestarle" pues usted está en todo su derecho de manifestarse como lo hizo. Sin atenuantes, ese tipo encaja perfectamente entre quienes buscan ejercer dominio sobre una mujer extraña basados en la amenaza. Me puso un polo a tierra y se lo agradezco.
-       Al día siguiente, Bat, luego de un peculiar piropo “mi flor del fango ideológico” me agradece por adoptar una posición de “escucha”
-       Por mi parte duré todo el día rumiando el asunto y así se lo manifiesto “no he dejado de pensar en su caso. Valdría la pena que usted se pusiera en contacto con las de Atrévete, por una razón simple: el dilema sobre lo que se debe hacer en Bogotá ante un piropo aparentemente inofensivo … Su breve relato me hizo click. Creo que ya guardaré en un cajón los recuerdos del Esgar”
-       Uno de los más notorios camaleones manifiesta que se trata de una buena noticia pero ya muestra dudas (¿envidia?) que un solo testimonio, y no sus brillantes disertaciones, me haya hecho cambiar de opinión.

A raíz de los debates, pensé que un cálculo utilitarista (buscar el máximo bienestar para el mayor número de personas) sugeriría no defender el piropo. Se puede pensar que lo que ganan ellos echándolos es inferior a lo que pierden algunas de ellas oyéndolos y/o evaluando si el piropo que no le gustó lo debe responder (aumentando el riesgo de una escalada) o debe tragarse el sapo. Por esas dos razones sumadas decidí escribir un “me retracto” u “otra voz” o “cambié de opinión” o “renuncio a la defensa”. Estaba en esas cuando el incidente con Olga Lucía y me pareció que no debía dejar eso sin hacer. Por eso uní las renuncias.

Lo más revelador de este incidente fue la pelada de cobre de Marcela Gómez, de Atrévete Bogotá,  a quien le pedí disculpas públicamente (ya las borré, no las merece). El dogmatismo puede ser muy autoritario. A ella no le basta con que yo pida disculpas, me retracte y le pida a Bat que hable con ellas. No, Marcela exige siempre más. Ella tampoco cree que haya podido ser el testimonio de Bat y no los de Atrévete lo que me haya hecho cambiar de opinión.  

No veo nada extraordinario en defender una posición para luego de una discusión, un largo período de reflexión y un testimonio convincente renunciar a hacerlo. Los iluminados sí. Ellos saben no sólo lo que uno debe pensar sino cómo debe llegar a su sabiduría y cual es el procedimiento indicado para arrepentirse o como ellos quisieran, convertirse totalmente. Realmente da susto que personajes tan fundamentalistas adquieran más poder. 

¿Por qué me voy?


Porque quedé aburrido con el incidente. Así de simple. En la carta le atribuí a Olga Lucía intencionalidad para llegar a eso y hoy con cabeza fría ya no lo haría. Estoy de acuerdo en que el asunto, tomado aisladamente, se podía superar. Pero no pasó así. Después de rumiar mi reacción, y además de disfrutar la ligereza de estos últimos días, pienso que podría tratarse de una gota que rebosó la copa, tal vez una disculpa a la que me aferré para salirme de un esquema insostenible. Es físicamente imposible ser bloguero de LSV echándose encima la responsabilidad de atender todos los comentarios, incluso los saboteadores. 


Cuando estoy seguro de poder decir “eso no se hace” simplemente me alejo de quien lo hizo.  Y eso no es hacerme la víctima sino tener claro cuales son el entorno de trabajo y las reglas del juego que me satisfacen y cuales no. Si algunas ven en eso el mismo victimismo que he criticado, allá ellas. LSV puede estar tranquila que fuera de mi airada reacción ante el incidente, y esta sincera crítica al foro, no denigraré jamás de un entorno al que le invertí con gusto y pasión casi todo mi tiempo y energía por cerca de nueve meses.

En buena parte, percibí a Olga Lucía como la representante del “cliente difícil” que me costó tanto trabajo manejar. En mi humilde opinión en este foro faltan preguntas pertinentes y flexibilidad ante voces discordantes. Sobran regaños y pesadeces que progresivamente impiden que el bloguero se deje de plantear las preguntas relevantes por lidiar con el ruido.

La segunda gran lección sobre la naturaleza del foro -y aquí evidentemente ya excluyo a Olga Lucía como representante- después de los "free-riders" que exigen no diferenciarlos de los donantes, son los camaleones y las hienas que surgieron con mi renuncia. Les agradezco porque me tranquilizan y reafirman ante mi decisión. 


En materia de tolerancia, capacidad de empatía, autocrítica y cara valiente ante los errores, tanto a mí como a este foro nos queda aún mucho por aprender de la directora de LSV. No creo ser injusto si señalo que es en el foro de LSV donde son más comunes las expresiones de auto alabanza que marginan  la autocrítica y la capacidad para detectar pequeños errores y corregirlos.  

¿Me fuí de LSV porque me censuraron, alteraron o impidieron publicar un post?


Por supuesto que no. Dije textualmente: “si un columnista cualquiera hubiese recibido el tratamiento que sufrí de la editora de la Silla en un medio reconocido como de derecha, o pro-establecimiento, la denuncia de “¡censura!” no se hubiese hecho esperar … (OL) logró aburrir a quien escribe … y ahora habrá una editora disgustada, enervada y dispuesta a armar un destemplado tierrero”. En ningún momento dije que me cambiaron o impidieron colgar un artículo, o que lo harían, algo que es técnicamente imposible pues cada bloguero cuelga directamente lo que escribe sin que en LSV se sepa lo que uno publica antes de que salga en la página.  Cuando Olga Lucía o Juanita llegan a la oficina mi entrada normalmente ya ha sido vista por los muy trasnochadores y los lectores europeos.

En la discusión que siguió a la columna de la discordia, la palabra censura no aparece ni una sóla vez. Si tal hubiese sido el motivo de mi renuncia  habría hecho la acusación en caliente. Y Olga Lucía se habría defendido, pero ese tema no se tocó.

En el foro que sigue a la renuncia, por el contrario, fuera de mi hipotética ¡censura! de un medio de derecha, el término aparece ya veinte veces.  Un solo forista dice que sí hubo censura y el resto o bien me acusan de haberme sentido censurado, o bien discuten el alcance del término o bien aclaran que en la Silla no hay censura.  En el foro se deformó un poco lo que realmente pasó. 

¿Por qué no pude mejorar mis ilustraciones?


Vengo de una familia de pintores y dibujantes, estudié también bellas artes y diseño y como mi objetivo era “exasperar a un grupo de lectores” y a mi clientela de comentaristas, trolificando el foro de LSV, mi staff de ilustradores encontró la combinación adecuada de tipo de letra y filtro de Photoshop para enervarlos. Mi departamento de recursos humanos estaba ya contactando a un experto en foros que nos ha iluminado con sus sabias observaciones para lograr un impacto aún más devastador. 



¿Qué aporta el debate entre una minoría de comentaristas a la mayoría de los lectores?

Una de las preguntas que más me hice desde el inicio del blog es ¿qué tan representativos del universo de los lectores son quienes escriben comentarios? Pienso que no los representan bien ni en número ni en características. Están sobre representados los extremos. Un bloguero más experimentado que consulté opina lo mismo. El sólo hecho que sean los extremos los que se manifiestan ya sesga el debate y lo vuelve un contrapunteo de posiciones irreconciliables. Es probable que no sea esa la discusión que le interese más a la mayoría de los lectores, o la que permita vislumbrar soluciones a los problemas. Como hemos aprendido con el aborto, no es de los profundos debates de principios universales  de donde salen soluciones concretas y factibles para las mujeres que enfrentan un embarazo no deseado. La discusión bizantina va por un lado y los abortos siguen ocurriendo.

También en el medio universitario unas pocas personas acaparan el debate.  Mi estimativo es que uno acaba interactuando con algo así como el 10% del auditorio. La proporción de comentarios por cada lectura en LSV  es bien baja. Varia entre el 0.6% y el 2.5% siendo en extremo optimista, pues está basada en las “más comentadas” sobre las “más leídas”. Además dentro de los comentarios están los del bloguero y algunos foristas que se repiten. Haciendo el paralelo con un seminario en una universidad, es como si una o dos personas marcaran la pauta en un auditorio de doscientas personas. Me parece exagerado.


¿Qué tan influyente es esta indudable minoría numérica? Puede ser determinante. Conmigo lo fue. Tengo varias entradas que nunca colgué por física hartera de lidiar con los comentarios. No se puede hablar de censura, pero también es ingenuo señalar que se trata de libertad total de expresión. Los comentaristas, el 1% de los lectores, van definiendo y configurando lo que quieren oír y el bloguero progresiva e imperceptiblemente se adapta a ese auditorio. Mª Jimeza Duzán lo denomina autocensura. “Más peligroso que la censura es la autocensura, lo que está llevando a los periodistas a producir lo que a las audiencias les gusta y no lo que el país necesita saber”.

Un punto crítico es que los defensores a ultranza del pensamiento único son los que muestran mayor vocación por participar en el debate, para saboteralo. Sobre todo si pueden hacerlo protegidos por el anonimato. Aquí la comparación con los saboteadores en la universidad es  pertinente: una pequeñísima minoría con enorme capacidad para hacer ruido.

Es una ingenuidad pretender que puede haber libertad de expresión sin ciertos controles. La economía ya ha discutido ad-infinitum lo restrictivas que son las condiciones para que el laissez-faire conduzca a un resultado socialmente deseable. También es un error pensar que lo que funciona en los EEUU o Europa funcionará igual en Colombia.

En el otro extremo los contertulios con los que el bloguero acaba estableciendo un diálogo constructivo son pocos, poquísimos. Ante la pregunta ¿cuantos contertulios habituales tiene que realmente aprecie? Otro bloguero me mencionó explícitamente tan sólo cuatro personas de las cuales dos hacen parte de mi trío de foristas habituales. 

La gran diferencia entre el foro virtual y el universitario radica en que dentro del segundo se han logrado controlar los saboteadores, de forma o de fondo. Sería interesante investigar bien, para aprender, la naturaleza de ese filtro que debe ser una mezcla de presión social, vergüenza por el cara a cara, institucionalización y algo de autoridad bien entendida.

El activismo anónimo y la libertad de expresión

El tono displicente de algunos comentarios es en extremo desagradable.  El campeón fue reth2002.

Traté de enviarle un email para dialogar. Cometí el error de consultar su perfil sin estar conectado y no encontré allí su dirección. En google encontré que @reth2002 es la cuenta twitter de Mauricio Noguera, abogado especialista en  LGBT, que trabaja o trabajó en Dejusticia, y estuvo inscrito como usuario en la Silla como reth2002.


En la actualidad  reth2002 conserva las fechas pero no más datos biográficos. Pasó de usuario identificado a disfrutar las mieles del anonimato.

El punto que quiero descatar es que reth2002, el más agotador y agresivo forista de mi blog, no corresponde al perfil de alguien que trabaje en una de las entidades más abiertas al diálogo del país. Ante la inconsistencia, le escribí un par de mensajes a su correo de Dejusticia. Supuse que el seudónimo lo usaba en la actualidad alguien que había suplantado a Mauricio Noguera.

Noguera no me contestó, pero sí lo hizo a un mensaje enviado por una amiga con mejores dotes detectivescas. Y en efecto, reth2002 es Mauricio Noguera con máscara: un abogado supuestamente abierto al debate, colaborador del think tank jurídico más prestigioso del país es simultáneamente un tenaz saboteador del foro en la Silla Vacía.

El mensaje de respuesta a la Inspectora Clouseau fue sugestivo. Sin tener nada que ver con la razón por la que ella lo contactó, a lo primero que hizo alusión Noguera, con inocultable satisfacción, fue a mi renuncia como bloguero de la Silla. Yo me pregunto, dejando bien claro que eso no es censura, ¿y qué nombre se le pone al activismo que no descansa hasta aburrir las voces que le disgustan? 

Lo más irónico es que si algo distingue al  gremio LGBT es su hipersensibilidad con el lenguaje. En una de mis entradas sobre ese tema, me atreví a utilizar el término “disforia de género”. La respuesta no se hizo esperar: podría herir la susceptibilidad de alguien. Un bloguero no debe hablar de disforia –el opuesto de euforia- para un niño que no quiere serlo, pero el activista LGBT disfrazado si puede afirmar que el bloguero es misógino.

Por si las moscas, quiero dejar bien claro que mi crítica se dirige exclusivamente a reth2002-Noguera y en ningún momento pretendo extenderla a otros activistas u organizaciones LGBT. 

¿Qué aporta el anonimato?


Las facilidades y garantías a los clientes  incluyen la posibilidad de hacer comentarios de manera anónima. Basta imaginar la calidad del debate en una universidad gratuita en la que a la entrada hubiera un amigable letrero “escoge tu máscara para participar en las discusiones”.

Me parece arriesgado comparar una voz anónima con otra que no lo es. Un economista diría que si los costos marginales de opinar son cercanos a cero –eso permite el anonimato- los beneficios marginales estarán por ese entorno. O más abajo. Los seudónimos no sólo violan el principio de simetría de derechos entre el bloguero y los comentaristas sino que atentan contra la calidad del debate. 

La prehistoria de este blog son un par de blogs personales, con el mismo nombre de los actuales, pero firmados con un seudónimo, Ovidio M Calderón. La razón del anonimato era que para esos blogs había recopilado testimonios íntimos de personas cercanas que se sintieron más seguras cuando les garanticé que ni siquiera se podría establecer un vínculo a través mío. En la primera ronda de charlas con Juanita para salir en la Silla, su condición fue tajante e inapelable: con firma o nada. Como yo había prometido a las personas entrevistadas que no aparecería mi nombre, dejamos así y seguí escribiendo como Ovidio. Sólo cuando abandoné el seudónimo Juanita me dio el visto bueno para el blog.

No logro entender la lógica de rechazar un bloguero anónimo y permitir comentaristas que sí lo sean. He intercambiado con Juanita algunas inquietudes sobre este tema y ella ofrece el siguiente argumento a favor. El seudónimo ofrece protección a quien “no quiere que sus comentarios de una época de la vida lo persigan para siempre. Porque uno va cambiando y lo que piensa hoy quizá es muy diferente de lo que pensará en dos años y no quiere tener esa huella tan larga” (en google). Mi contraargumento es simple: entonces el bloguero debería tener el mismo derecho. Yo ya quedé marcado con mi defensa del piropo. Y es posible que parte de la actitud de algunos lectores hacia mí dependa de mis escritos anteriores. Una implicación es que el no tener seudónimo exige mayor cautela con lo que se escribe, algo que le ayudaría a este foro. Ovidio M Calderón era aún más impertinente que Mauricio Rubio.

Parece de Perogrullo, pero es bueno ponerlo en blanco y negro: no puede haber un debate serio con una de las partes enmascarada.  Los encapuchados en las universidades están en menesteres diferentes al debate. Sabotear o someter el debate a presiones indebidas es un riesgo con los anónimos en el foro. Para algunas personas sólo interesadas en debatir el seudónimo resulta cómodo, pero estoy seguro que no indispensable.  El riesgo de deterioro que facilita el anonimato es más que un temor infundado. Para mostrarlo tengo una evidencia. Es una sola, pero ilustrativa.  

¿Por qué la Silla trata al comentarista como un cliente tan especial?


En los foros universitarios hay simetría de derechos entre quien prepara la sesión y el auditorio. En el foro de La Silla Vacía no hay esa reciprocidad. Algunos comentaristas son como el cliente de un servicio que exige y exige. “El cliente es rey y siempre tiene la razón”, pero en este caso sin ninguna contraprestación. 

Algunos clientes se sienten intocables. Así lo muestran algunas respuestas a la entrada en la que me atreví a llamar gorrones a quienes lo habían sido en la campaña de donaciones a la Silla. 

En un medio universitario se asiste a los seminarios que interesan, a los que no no, pero no se va a uno con cuyo enfoque o contenido no se está de acuerdo para sabotearlo.  La equivalencia que se ha hecho a la ligera entre el saboteador de un seminario y un conferencista provocador es tan absurda que no merece detenerse a contra argumentarla.

Nunca supe cómo manejar los “clientes difíciles”. Como lo han hecho explícito, hay foristas que simplemente dejaron de leerme facilitándome la tarea. No todos colaboran no leyendo. El ejemplo de reth2002  es revelador de  un virus de este foro.

Otro perfil de “cliente difícil” es el que piensa que el tiempo del bloguero es ilimitado y responder comentarios su actividad prioritaria. Con frecuencia se siente por encima de las reglas, como los 1000 caracteres. El indudable campeón, Felipe Salcedo, se tomó la friolera de siete espacios consecutivos todos a tope. Cometí la indelicadeza de no contestar todas sus inquietudes. No tuvo reparo en mandarme un mensaje privado exigiéndome que hiciera la tarea: "Mauricio, como veo que ha respondido a otros comentarios pero no los últimos míos le voy a enviar aquí de nuevo mis últimos comentarios a ver si por aqui me da respuesta".

A caballo regalado se le examinan a fondo los dientes para que los arreglen, parece ser el lema. Esa desfachatez -ni siquiera pago pero exijo- no se ve en otros sitios. Como se podía sospechar, tales personajes miraron para otro lado durante la campaña Superamigos. Uno de ellos, el mismo campeón quedó ofendido por no haberle dedicado más esfuerzos.  Otra, no satisfecha porque no seguí el ritual que ella exige para los cambios de opinión y las disculpas, es aún más severa “el blog de Mauricio es de los que hacen daño a la sociedad”.

Un forista tal vez decepcionado por las “ventanas rotas” se despide de la Silla dando gracias “por la paciencia y por no regañar nunca y dejar que uno despotrique como un endemoniado”. ¿Cuál sería la reacción ante quien se sale de una universidad o un seminario con esa reflexión? Imposible no percibir ahí un ambiente nocivo para un debate con altura. 

¿Por qué me fui de la SIlla Vacía?


Tengo poca experiencia en medios de comunicación y por eso me es útil para saber qué terreno piso hacer comparaciones con entornos más familiares, sobre todo en el momento de las evaluaciones. En varias dimensiones una comunidad virtual como la Silla Vacía tiene similitudes con el entorno universitario, y más específicamente con el de los seminarios, en donde no hay un esquema profesor que enseña alumno que aprende sino de pequeños foros en los que se discuten temas sin mayor jerarquía. Aún bajo ese esquema horizontal y por definición no autoritario hay ciertas reglas que hacen viable el diálogo y el debate. El ejercicio de comparar el foro de la Silla Vacía con las discusiones  que se dan en una universidad puede ser útil para plantear algunas preguntas que permitan refinar las reglas que faciliten y estimulen el debate.

LAS PREGUNTAS DIFICILES


LAS FÁCILES












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LAS PREGUNTAS DIFICILES

¿Por qué la Silla trata al comentarista como un cliente tan especial?

Una de las características de los foros universitarios es la relativa simetría de derechos entre quien prepara la sesión y el auditorio. No se lo que ocurre en otros medios virtuales, pero en este no hay reciprocidad. Una proproción de los comentaristas se sienten como el cliente de un servicio que exige y exige y exige. Es tal vez un legado de lemas comerciales como  “el cliente es rey, o siempre tiene la razón”. Lo insólito de algunos foristas es que exigen que se les atienda sin ofrecer a cambio mayor contraprestación. Es un paso más allá de leer prensa gratuitamente.

Hay clientes comentaristas que se sienten intocables. Así lo muestran algunas respuestas a la entrada en la que me atreví a llamar gorrones a quienes lo habían sido en la campaña de donaciones a la Silla. “Rubio dice que el que no dona es un gorrón. Yo creo que si hay cuasiultrajamiento”. "Lo que sí molesta es que vengan a uno a tratarlo de gorrón, de pedigueño, casi de pegado por no donar". Después, el término gorrón autoriza a este cliente insatisfecho para acusar al bloguero. "No lo leí de a mucho y dejé la silla de su blog vacía después de que profiriera insultos contra mí". Se considera ofensivo, inapropiado y brusco que un bloguero llame las cosas por su nombre pero a la vez válido que el comentarista trate mal a un bloguero, o afirme que lo insultó.

Eso no ocurre en un medio universitario en donde el criterio es más simple: se asiste a los seminarios que interesan, a los que no no, pero no se va a uno con cuyo enfoque o contenido no se está de acuerdo para sabotearlo. El auto halago en el foro de la Silla, “somos especiales”, “somos los mejores” es un mal síntoma. No contribuye a preguntarse permanentemente cómo se podría mejorar, ni a reconocer que hay saboteadores que hacen difícil la tarea del bloguero. La equivalencia que se ha hecho a la ligera entre el saboteador de un seminario y un conferencista provocador es tan absurda que no merece detenerse a contra argumentarla.

Nunca supe cómo manejar los “clientes difíciles”, ni tengo idea qué proporción de los lectores representan, pero diría que es exigua. Como lo han hecho explícito, hay foristas que, como la discreta mayoría de lectores, simplemente dejaron de leerme. A esas personas  les estoy agradecido pues me facilitaron la tarea. Pero no todos son así. El ejemplo de reth2002 que expongo en detalle más adelante, es revelador de lo que considero un virus de este foro, que si no se controla puede contagiar.

Otro perfil de “cliente difícil” menos dañino pero definitivamente agotador es el que piensa que el tiempo del bloguero es ilimitado y responder comentarios su actividad prioritaria. Con frecuencia se siente por encima de las reglas que facilitan el debate, como los 1000 caracteres por comentario. Tuve uno que se tomó la friolera de siete espacios consecutivos todos a tope, o sea algo tan largo como la misma entrada. Aunque los leí, cometí la indelicadeza de no contestar todas sus inquietudes. No tuvo reparo en mandarme un mensaje privado exigiéndome que hiciera la tarea: “Mauricio, como veo que ha respondido a otros comentarios pero no los últimos míos … le voy a enviar aquí de nuevo mis últimos comentarios … a ver si por aqui me da respuesta”.

A caballo regalado se le examinan a fondo los dientes para que los arreglen, parece ser el lema. El cliente insatisfecho con una camisa que resulta distinta a sus expectativas exige que le alarguen las mangas, sin siquiera tener en cuenta que le ha salido gratis. La sección femenina de esta miscelánea es más peculiar. Allá llegan las fanáticas a mandar hacer blusas a la medida, e incluso a solicitarle al vendedor que cambie la fachada de su casa.

Esa desfachatez -ni siquiera pago pero exijo- no creo haberla visto en ningún otro lugar. Como se podía sospechar, tales personajes miraron para otro lado durante la campaña Superamigos. Uno de ellos, está ofendido por no haberle dedicado más esfuerzos “siempre huyó mis debates, públicos y privados (no respondió mis emails)”.  Otra, no satisfecha por el ritual que la doctrina exige para los cambios de opinión y las disculpas, es aún más severa “el blog de Mauricio es de los que hacen daño a la sociedad”.

El mismo forista indignado por que no contesté sus emails privados llega a su climax con la siguiente perla. “me da la impresión que MR modificó también el texto de su entrada “La violencia sexual….” justo en la parte donde se hablaba de cifras de violencia en Colombia (donde se gestó la polémica!)”

¿Cómo se puede mantener un diálogo o debate con semejante clientela?

Un forista tal vez decepcionado por las “ventanas rotas” se despide de la Silla dando gracias “por la paciencia y por no regañar nunca y dejar que uno despotrique como un endemoniado”. ¿Cuál sería la reacción ante quien se sale de una universidad o un seminario con esa reflexión? Imposible no percibir ahí un ambiente nocivo para un debate con altura.

¿Qué aporta el anonimato?

Las facilidades y garantías a los clientes para atraerlos han sido generosas e incluyen la posibilidad de hacer comentarios de manera anónima. Basta imaginar la calidad del debate en una universidad gratuita en la que a la entrada hubiera un amigable letrero “escoge tu máscara para participar en las discusiones”.

La justificación que se le ha dado al anonimato es algo como “aquí lo que importa es lo que se diga, no quien lo diga”. Me parece arriesgado comparar una voz anónima con otra que no lo es. Un economista diría que si los costos marginales de opinar son cercanos a cero –eso permite el anonimato- los beneficios marginales estarán por ese entorno. O más abajo. Los seudónimos no sólo violan el principio de simetría de derechos entre el bloguero y los comentaristas sino que atentan contra la calidad del debate. 

La prehistoria de este blog son un par de blogs personales, con el mismo nombre de los actuales, pero firmados con un seudónimo, Ovidio M Calderón. La razón del anonimato era que para esos blogs había recopilado testimonios íntimos de personas cercanas que se sintieron más seguras cuando les garanticé que ni siquiera se podría establecer un vínculo a través mío. En la primera ronda de charlas con Juanita para salir en la Silla, su condición fue tajante e inapelable: con firma o nada. Como yo había prometido a las personas entrevistadas que no aparecería mi nombre, dejamos así y seguí escribiendo como Ovidio. Sólo cuando abandoné el seudónimo Juanita me dio el visto bueno para el blog.

Aún no logro entender la lógica de rechazar un bloguero anónimo y permitir comentaristas que sí lo sean. He intercambiado con Juanita algunas inquietudes sobre este tema y ella ofrece el siguiente argumento a favor. El seudónimo ofrece protección a quien “no quiere que sus comentarios de una época de la vida lo persigan para siempre. Porque uno va cambiando y lo que piensa hoy quizá es muy diferente de lo que pensará en dos años y no quiere tener esa huella tan larga” (en google). Mi contraargumento es simple: entonces el bloguero debería tener el mismo derecho. Yo ya quedé marcado con mi defensa del piropo. Y es posible que parte de la actitud de algunos lectores hacia mí dependa de mis escritos anteriores. Una implicación es que el no tener seudónimo exige mayor cautela con lo que se escribe, algo que le ayudaría a este foro. Ovidio M Calderón era aún más impertinente que Mauricio Rubio.

Parece de Perogrullo, pero es bueno ponerlo en blanco y negro: no puede haber un debate serio con una de las partes enmascarada.  Los encapuchados en las universidades están en menesteres diferentes al debate. Sabotear o someter el debate a presiones indebidas es un riesgo con los anónimos en el foro. Para algunas personas sólo interesadas en debatir el seudónimo resulta cómodo, pero estoy seguro que no indispensable.  El riesgo de deterioro que facilita el anonimato es más que un temor infundado. Para mostrarlo tengo una evidencia. Es una sola, pero ilustrativa.  

¿El activismo anónimo puede afectar la libertad de expresión?

El tono displicente de algunos comentarios es uno de los recuerdos desagradables de este blog.  Escarbando los foristas que habían logrado indignarme, me encontré con el campeón: reth2002.

Traté de enviarle un email para dialogar y preguntarle qué era lo que le aportaban al debate algunos de sus comentarios. Cometí el afortunado error de consultar su perfil sin estar conectado como usuario y por lo tanto no encontré allí su dirección.  Salí a buscarlo en Google. Encontré que @reth2002 es la cuenta twitter de Mauricio Noguera, abogado especialista en  LGBT, que trabaja o trabajó en Dejusticia, y estuvo inscrito como usuario en la Silla como reth2002

En la actualidad el usuario reth2002 de LSV conserva las fechas de nacimiento e inscripción de Noguera, pero no da más datos biográficos. O sea, pasó de usuario plenamente identificado a disfrutar las mieles del anonimato.

El punto que quiero descatar es que reth2002,  el más agotador y agresivo forista de mi blog, en ningún caso corresponde al perfil de alguien que trabaje en Dejusticia, una de las entidades más serias y abiertas al diálogo del país.

Ante tamaña inconsistencia, le escribí un par de mensajes a su correo de Dejusticia y, por si acaso, a otras dos personas de la misma institución. El deplorable nivel de los comentarios de reth2002 me permitía suponer que el seudónimo lo usaba en la actualidad alguien que había suplantado a Mauricio Noguera.

Noguera no me contestó, pero sí lo hizo a un mensaje enviado por una amiga con mejores dotes detectivescas que las mías. Y en efecto, reth2002 es Mauricio Noguera con máscara. Así, un abogado supuestamente serio para debatir con él, colaborador del think tank jurídico más prestigioso del país es simultáneamente un tenaz saboteador del foro en la Silla Vacía.

El mensaje de respuesta a la Inspectora Clouseau es sugestivo en cuanto a las motivaciones de reth2002. Sin tener nada que ver con la razón por la que ella lo contactó, a lo primero que hizo alusión Noguera, con inocultable satisfacción, fue a mi renuncia como bloguero de la Silla. Yo me pregunto, dejando bien claro que eso no es censura, ¿y qué nombre le pondremos, materile rile ro, a ese activismo que no descansa hasta aburrir las voces que le disgustan? 

Lo más irónico de este caso es que si algo distingue al  gremio LGBT es su hipersensibilidad con el lenguaje. En una de mis entradas sobre ese tema, me atreví a utilizar el término “disforia de género”, que leí en un artículo español. La respuesta no se hizo esperar, eso tan rudo de pronto podría herir la susceptibilidad de alguien. Un bloguero no debe hablar de disforia –el opuesto de euforia- para un niño que no quiere serlo, pero el activista LGBT disfrazado si puede afirmar que el bloguero es misógino, o sea que “odia a las mujeres, manifiesta aversión hacia ellas o rehúye su trato” (RAE)

Por si las moscas, quiero dejar bien claro que mi crítica se dirige exclusivamente a reth2002-Noguera y en ningún momento pretendo extenderla a otros activistas u organizaciones LGBT.

¿Qué aporta el debate entre una minoría de comentaristas a la mayoría de los lectores?

Una de las preguntas que más me hice desde el inicio del blog es ¿qué tan representativos del universo de los lectores son quienes escriben comentarios? Mi impresión es que no los representan bien ni en número ni en características. El lector para el bloguero no sólo es un misterio. Es peor, es una figura deformada por unos pocos comentaristas, entre quienes están sobre representados los extremos: los que están muy de acuerdo con las ideas expuestas y, aún más, quienes están en total desacuerdo. Le hice esa pregunta a un bloguero más experimentado, Carlos Cortés, y me contestó lo mismo. El sólo hecho que, independientemente de la opinión del bloguero, sean los extremos los que se manifiestan ya sesga el debate y lo vuelve un contrapunteo de posiciones irreconciliables. Es probable que no sea ese el debate que le interese más a la mayoría de los lectores, ni a la política pública. Como hemos aprendido con el aborto, no es de los profundos debates de principios universales sobre el momento preciso de incicio de la vida entre los dos extremos del abanico ideológico de donde salen soluciones concretas y factibles para las mujeres reales que simplemente quieren enfrentar un embarazo no deseado. La discusión bizantina va por un lado y los abortos siguen ocurriendo.

En el medio universitario también hay una gran mayoría que no participa y unas pocas personas acaparan el debate, normalmente los estudiantes de mejor nivel.  Mi estimativo después de muchos años en la universidad es que uno acaba interactuando con algo así como el 10% del auditorio en una clase y bastante más en un seminario. Acabo de confirmar cual es la proporción de comentarios por lectura y quedé sorprendido al cuantificar lo baja que es. No cambia mucho entre blogueros actuales y retirados ni con las historias. Varia entre el 0.6% y el 2.5% siendo en extremo optimista, pues está basada en las “más comentadas” sobre las “más leídas”. Además dentro de los comentarios están los del bloguero y algunos foristas que se repiten. Haciendo el paralelo con un seminario en una universidad, es como si una o dos personas marcaran la pauta en un auditorio de doscientas personas. Me parece exagerado.

¿Qué tan influyente es esta indudable minoría numérica? En mi opinión puede ser determinante. Conmigo lo fue. No tengo reparo en señalar que tengo varias entradas listas desde hace tiempo que nunca colgué por física hartera de lidiar con los comentarios. Sería impreciso hablar de censura, pero también es algo ingenuo señalar que se trata de libertad total de expresión. Los comentaristas, el 1% de los lectores, van definiendo y configurando lo que quieren oír y el bloguero imperceptible e informalmente se va adaptando a ese auditorio. Mª Jimeza Duzán lo denomina autocensura. “Más peligroso que la censura es la autocensura, lo que está llevando a los periodistas a producir lo que a las audiencias les gusta y no lo que el país necesita saber”.

Un punto crítico es que los fanáticos, los defensores a ultranza del pensamiento único son los que muestran mayor vocación por participar en el debate, para saboteralo. Sobre todo si pueden hacerlo protegidos por el anonimato. En un par de ocasiones  una columna mía produjo la inscripción de una usuaria para atacarme. Aquí la comparación con los encapuchados en la universidad es más que pertinente: se trata de una pequeñísima minoría pero con enorme capacidad para hacer ruido. Permitir que actúen no conduce a un saboteo aleatorio entre corrientes de pensamiento.

Es una ingenuidad pretender que puede haber democracia y libertad de expresión sin controles. La economía ya ha discutido ad-infinitum lo restrictivas que son las condiciones para que el laissez-faire conduzca a un resultado socialmente deseable.

En el otro extremo, después de lidiar con el ruido, los contertulios con los que el bloguero acaba estableciendo un diálogo constructivo, que como en la universidad también tienen muy buen nivel, son pocos, muy pocos, poquísimos. Es llamativo que ante la pregunta ¿cuantos contertulios habituales tiene que realmente aprecie? Carlos Cortés mencionara explícitamente tan sólo cuatro personas de las cuales dos hacen parte de mi trío de contertulias habituales, de las que realmente aprendí con el diálogo.

La gran diferencia entre el foro virtual y el universitario radica en que dentro del segundo se han logrado controlar los saboteadores, de forma o de fondo. Allá un erth2002 es más Mauricio Noguera. Sería interesante investigar bien, para aprender, la naturaleza de ese filtro que debe ser una mezcla de presión social, vergüenza por el cara a cara, institucionalización y algo de autoridad bien entendida. No ocurre a menudo en la universidad, pero puede surgir la necesidad de solicitarle a alguien que por favor se salga pues está impidiendo el desarrollo de la discusión.

Parte de lo que me molestó del incidente con Olga Lucía -esto no es una crítica a ella sino a una regla informal- es que cuando ya había escrito el equivalente a solicitarle a alguien que no vuelva al seminario que no le interesa tuve que corregir esa respuesta pues, al mirar su perfil, me enteré de que era la editora de la Silla. Haciendo el paralelo con la universidad, fue algo como enfrentar a una persona difícil y al increparla uno se entera que desempeña quien sabe qué funciones en la decanatura o la rectoría. Opino que es una situación demasiado informal, bastante incómoda para el bloguero y confieso no haber sabido cómo manejarla.

LAS FÁCILES

¿Por qué no pude mejorar mis ilustraciones?

Vengo de una familia de pintores y dibujantes, estudié también bellas artes y diseño y como mi objetivo era “exasperar a un grupo de lectores” y a mi clientela de comentaristas, trolificando el foro virtual más transparente y modesto del país, mi staff de ilustradores encontró la combinación adecuada de tipo de letra y filtro de Photoshop para enervarlos. Mi departamento de recursos humanos estaba ya contactando a un experto en foros que nos ha iluminado con sus sabias observaciones para lograr un impacto aún más devastador.

¿Me fuí de LSV porque me censuraron, alteraron o impidieron publicar un post?

Por supuesto que no. Dije textualmente: “si un columnista cualquiera hubiese recibido el tratamiento que sufrí de la editora de la Silla en un medio reconocido como de derecha, o pro-establecimiento, la denuncia de “¡censura!” no se hubiese hecho esperar … (OL) logró aburrir a quien escribe … y ahora habrá una editora disgustada, enervada y dispuesta a armar un destemplado tierrero”. En ningún momento dije que me cambiaron o impidieron colgar un artículo, o que lo harían, algo que es técnicamente imposible pues cada bloguero cuelga directamente lo que escribe sin que en LSV se sepa lo que uno publica antes de que salga en la página.  Cuando Olga Lucía o Juanita llegan a la oficina mi entrada normalmente ya ha sido vista por los muy trasnochadores y los lectores europeos.

En la discusión que siguió a la columna de la discordia, la palabra censura no aparece ni una sóla vez. Si tal hubiese sido el motivo de mi renuncia  habría hecho la acusación en caliente. Y Olga Lucía se habría defendido, pero ese tema no se tocó.

En el foro que sigue a la renuncia, por el contrario, fuera de mi hipotética ¡censura! de un medio de derecha, el término aparece ya veinte veces.  Un solo forista dice que sí hubo censura y el resto o bien me acusan de haberme sentido censurado, o bien discuten el alcance del término o bien aclaran que en la Silla no hay censura.  En el foro se deformó un poco lo que realmente pasó.

¿Por qué me voy?

Porque quedé aburrido con el incidente. Así de simple. En la carta le atribuí a Olga Lucía intencionalidad para llegar a eso y hoy con cabeza fría ya no lo haría. Estoy de acuerdo en que el asunto, tomado aisladamente, se podía superar. Pero no pasó así. Después de rumiar mi reacción, y además de disfrutar la ligereza de estos últimos días, pienso que podría tratarse de una gota que rebosó la copa, tal vez una disculpa a la que me aferré para salirme de un esquema insostenible. Es físicamente imposible ser bloguero de LSV echándose encima la responsabilidad de atender todos los comentarios, incluso los saboteadores. Hasta el final le respondí a reth2002, a pesar del desagrado y rabia que me producía. Es probable que el simple descubrimiento de saber quien se agazapaba bajo ese seudónimo me hubiese llevado a la misma saturación. Hay ciertas cosas que no aguanto y no me da vergüenza reconocer que tengo ese tipo de intolerancia. Cuando estoy seguro de poder decir “eso no se hace” simplemente me alejo de quien lo hizo. Si, por poner un ejemplo absurdo, en la universidad un buen día llega el rector a mi oficina y suelta un par de gatos renuncio ipso facto, independientemente de las intenciones que hubiera tenido para hacerlo. Diría lo mismo, me aburrí aquí. Y eso no es hacerme la víctima sino tener claro cuales son el entorno de trabajo y las reglas del juego que me satisfacen y cuales no. Si algunas ven en eso el mismo victimismo que he criticado, allá ellas. LSV puede estar tranquila que fuera de mi airada reacción ante el incidente, y esta sincera crítica al foro, no denigraré jamás de un entorno al que le invertí con gusto y pasión casi todo mi tiempo y energía por cerca de nueve meses.

En buena parte, percibí a Olga Lucía como la representante del “cliente difícil” que me costó tanto trabajo manejar. En mi humilde opinión en este foro faltan preguntas pertinentes y flexibilidad ante voces discordantes. Sobran regaños y pesadeces que progresivamente impiden que el bloguero se deje de plantear las preguntas relevantes por lidiar con el ruido.

La segunda gran lección sobre la naturaleza del foro -y aquí evidentemente ya excluyo a Olga Lucía como representante- después de los gorrones que exigen no diferenciarlos de los donantes, son los camaleones y las hienas que surgieron con mi renuncia. Por un lado les agradezco porque me tranquilizan y reafirman ante mi decisión. Por otro me permiten pronosticar que si LSV no toma medidas intencionales contra ese pequeño porcentaje de ese pequeño 1%, el deterioro del foro será inevitable. En materia de tolerancia, capacidad de empatía, autocrítica y cara valiente ante los errores, tanto a mí como a este foro nos queda aún mucho por aprender de la directora de LSV. No creo ser injusto si señalo que es aquí donde son más comunes las expresiones de auto alabanza y  auto exclusión, que considero siempre perversas simplemente porque van marginando poco a poco la autocrítica y la capacidad para detectar pequeños errores y corregirlos.  

¿Por qué renuncié a defender el piropo?

Por el testimonio de Bat. Así de sencillo. Y lo destacable es que en el foro está registrada la bitácora detallada de ese cambio de posición.
-       Yo desafío a Bat para que me cuente una situación concreta en la que se haya visto sometida por el poder masculino.
-       Ella me relata el caso de la Virgilio Barco.
-       Me resulta imposible volverle a hablar del Esgar.
-       Kathy Porto me pregunta. “Mauricio: esta pregunta es un tanto atrevida. Crees que Bat te hablará de su intimidad?”.
-       Yo le respondo a Kathy: “Lo hizo, y se me volvió un autogolazo. A golpes se aprende”.
-       A Bat le respondo: “No me la pone fácil Bat, pues es imposible hacer consistente una "defensa del piropo" con ese incidente que usted cuenta. Sería absurdo salirle con el consabido "no ha debido contestarle" pues usted está en todo su derecho de manifestarse como lo hizo. Sin atenuantes, ese tipo encaja perfectamente entre quienes buscan ejercer dominio sobre una mujer extraña basados en la amenaza. Me puso un polo a tierra y se lo agradezco.
-       Al día siguiente, Bat, luego de un peculiar piropo “mi flor del fango ideológico” me agradece por adoptar una posición de “escucha”
-       Por mi parte, haciendo carpintería, duré todo el día rumiando el asunto y así se lo manifiesto “no he dejado de pensar en su caso. Valdría la pena que usted se pusiera en contacto con las de Atrévete, por una razón simple: el dilema sobre lo que se debe hacer en Bogotá ante un piropo aparentemente inofensivo … Su breve relato me hizo click. Creo que ya guardaré en un cajón los recuerdos del Esgar”
-       Uno de los más notorios camaleones manifiesta que se trata de una buena noticia pero ya muestra dudas (¿celos?) que un solo testimonio, y no sus brillantes disertaciones, me haya hecho cambiar de opinión.

Esa misma noche le digo a Mª José, mi esposa, que me va a tocar escribir un “me retracto” u “otra voz” o “cambié de opinión” o “renuncio a la defensa”. Estaba en esas cuando el incidente con Olga Lucía y me pareció que no debía dejar eso sin hacer. Por eso uní las renuncias.

Lo más revelador de este incidente fue la pelada de cobre de Marcela Gómez, de Atrévete Bogotá,  a quien le pedí disculpas públicamente (ya las borré, no las merece). Los invito a leer sus reacciones que reflejan lo profundo y autoritario que puede ser el dogmatismo. A ella no le basta con que yo pida disculpas, me retracte y le pida a Bat que hable con ellas. No, Marcela exige siempre más. Ella quiere una blusa gratuita y no le basta con el prêt-à-porter. La quiere hecha a la medida, y exige incluso que altere mi blog. Ella tampoco cree que haya podido ser el testimonio de Bat y no los de Atrévete lo que me haya hecho cambiar de opinión. Los segundos me inspiraron, por lo inocuos y clasistas, para defender el piropo. El agitado debate, y en particular la sólida argumentación de Bat, por supuesto que me pusieron a reflexionar y el tipo de la Virgilo Barco dio el puntillazo final. 

No veo nada extraordinario en defender una posición para luego de una interminable discusión y un testimonio sincero y convincente renunciar a hacerlo. Los iluminados sí. Ellos saben no sólo lo que uno debe pensar sino cómo debe llegar a su sabiduría y cual es el procedimiento indicado para arrepentirse o como ellos quisieran, convertirse totalmente, cual hermano cristiano. Entre esos y los de Lourdes o Fátima me quedo con los segundos que ya no son los de las cruzadas. Realmente da susto que personajes tan fundamentalistas adquieran más poder. En el fondo tienen la misma mentalidad de los chantajistas: si ya cedió ese poquito es porque es débil, exijamos más. Dan grima.

¿Dónde se debate mejor?

Sigo prefiriendo el debate y los seminarios en la universidad. Y lo digo simplemente para llamar la atención sobre lo mucho que un foro como el de LSV puede aprender de allá. Con notorias excepciones, en la universidad alguien ya se hizo cargo de los saboteadores y casi nunca la discusión se va por las ramas y con malos modales, así quien exponga sus ideas esté desafiando otras.  En lugar de insistir en que “aquí en la Silla la cosa es diferente” vale la pena preguntarse si se podría mejorar la discusión, y cómo.

Con las actuales reglas del juego, el incentivo evidente para el bloguero es no pararle bolas a los comentarios. Como, además, los foristas con quien pude dialogar se cuentan con los dedos de una mano (e intuyo que mi caso no es el único) la pregunta que me hago es si el debate no se ha convertido en realidad en un simple ritual con más costos que beneficios. Los foristas, en particular un sub-conjunto reducido de los de LSV, son la clientela más difícil que he conocido.

Me inquieta pensar que sean no sólo la franca minoría que son sino, también, una minoría con excesivo poder sobre las decisiones estratégicas y editoriales de la Silla en detrimento de los lectores discretos, que son la mayoría ignorada. La manera como, por ejemplo, unos pocos gorrones activistas lograron quitarle cualquier posibilidad de dientes a la campaña de las donaciones es ilustrativa.

Se da la tentación, imperceptible pero permanente, para satisfacer con lo que se publica a una pequeña pero vociferante fracción del auditorio que, eso es evidente, manifiesta su gusto por lo que quiere oir. El mejor ejemplo que se me ocurre es el de “55 minutos de los falsos positivos” cuyo resumen del conflicto colombiano es digno de un pasquín y no de un medio de comunicación serio. No sorprendió que fuera muy aplaudido, salvo por AlvaroH un historiador, para quien “como aquí la visión superficial del conflicto es la que importa, casi nadie tiene el menor interés en asumir una mirada crítica frente al documental”.  El tratamiento que se le ha dado en La Silla al delicadísimo problema del juicio a los militares por la retoma es en mi opinión desequilibrado. Para informar sobre las fallas de los fallos, que evidentemente las ha habido, han sido más balanceados otros medios.

¿Por qué no acepto las disculpas y empiezo a escribir de nuevo en la Silla ya?

La tranquilidad y muchas tareas pendientes no son la única razón para no hacer borrón y cuenta nueva ante las disculpas de Olga Lucía y las mucho más sinceras y convincentes de Juanita.

En alguna ocasión un colega de trabajo se partió una pierna. Le pregunté qué le había pasado y me repondió: no le voy a contar el accidente, sino la reacción de mi hija cuando se lo conté. “¡Uy, papá! ¡Qué oso!”

Quienes discutimos los asuntos de trabajo con los hijos y tenemos la responsabilidad de darles ejemplo debemos ser en extremo cautelosos con los osos.  No se les puede transmitir el mensaje que uno renuncia de mentiras, por hacerse el difícil y a la semana siguiente sigue como si nada. Es irrelevante en este momento si acerté o cometí un error al colgar esa renuncia. Ya lo hice públicamente, y considero que eso es serio.

¿Qué sigue?

Los periodistas experimentados lo han diagnosticado adecuadamente, necesito madurar. Algo he logrado con esta valiosa experiencia en la Silla.  No tengo ningún inconveniente en reconocer que me falta mucho, casi todo, por aprender de feminismo, perdón de feminismos. Pero también salgo convencido de que se trata de una de las áreas del debate político y del conocimiento con un mayor volumen de mitos acumulados, que a punta de intolerancia han logrado aislarlos de un debate transparente. Se han arrinconado y escondido las preguntas más relevantes. Varios de los comentarios a mi renuncia hacen palpable la intransigencia de algunos en este foro. Pretender que eso no tenga consecuencias sobre el ánimo de un bloguero para permenecer allí es de una ingenuidad sideral. Si en alguna universidad dejaran que personas de ese nivel de intolerancia sabotearan un seminario impunemente en poco tiempo no quedarían conferencistas.

Aunque le enerve a las dogmáticas, a pesar de mi ignorancia, gracias a este blog me invitaron a varios seminarios sobre temas de género, lo que muestra que sí hay demanda por nuevas visiones. Tengo interés y trabajo para rato.

Como me ocurría hace años después de cualquier noviazgo saldré a buscar algo bien distinto, probablemente más light, o más académico, o más cloaca, o menos agitado o poco concurrido. En todo caso, nada que se parezca al foro de la Silla. Y esa afirmación no me compromete a perpetuidad. Es bien probable que en algún momento, con más cancha y callo, y tal vez con el mismo grupo silencioso de lectores fieles que no hacen bulla, vuelva a acercarme a esta berraquera de directora. A pedirle que me de tribuna para desafiar algunas sub-doctrinas feministas de moda.